domingo, 25 de octubre de 2026

DECODIFICANDO A BUKELE. UN VIAJE POR EL SALVADOR

Por Claudio Sánchez. Octubre de 2026.

El Salvador, una república de juguetería velardiana, resultó una cajita de sorpresas para mí, ahora que le visité. Estas líneas intentan decodificar un rasgo en particular: la recuperación del estado de derecho y la derrota del crimen organizado a manos de Nayib Bukele, su presidente.


BINAES, Biblioteca Nacional de El Salvador.

Una desdibujada victoria mexicana sobre la violencia que le martiriza ¿podría inspirarse en el régimen de La Habana? No lo creo porque tampoco creo que la izquierda como régimen de Estado viva un momento de agudeza intelectual que le ilumine; la derecha y el centro ideológicos también muestran signos de fatiga mental. A ese "oriente" ya ni rumbo ni rumba les mueve. Si nos bajara del norte una intervención directa, solo desataría los furores nacionalistas sin producir los resultados deseados. Nos limitaríamos a barrer las cenizas nacionales que queden. El estado mexicano post revolucionario fue el faro modélico de Latinoamérica, pero desde hace más de una década es una cáscara de nuez a la deriva que pierde el tiempo y el territorio ignorando toda teoría del estado que le ilumine un rumbo hacia puerto seguro. El régimen lleva años entre las sucias olas creadas por su propia revoltura de principios políticos dogmáticos, pésima administración pública y corrupción impune y creciente. Es hora, pienso, de que mire para otro lado, en busca de la brújula perdida. No todo es fuerza letal, también se requiere de la vieja y nueva sabidurías políticas, con malicia y audacia, pero sin prejuicios.


"No hay para dónde", te responde cualquiera al que le preguntes: –"¿Para dónde nos hacemos, tú?"

Buscamos estar sobre un territorio pacífico donde impere la ley, pero estamos cansados de brincar de aquí para allá, esquivando a los extorsionadores por teléfono, a los narcomenudistas, a los plantones y bloqueos y temiendo que en cualquier momento nos cobren derecho de piso por vivir aquí. La pesadilla es que un funcionario del estado nos ponga una tarifa por respirar, es decir un tributo, un impuesto más alto, una "mordida" inevitable. Ya cansa tanta resignación. ¿Cuántas páginas más le quedan al catálogo del horror, de la saña, de la desaparición forzada? ¿Quién demonios se quedó con la factura luego de "vendernos" al crimen organizado?


Palacio Nacional, ahora Museo Nacional de Historia

Nunca se me habría ocurrido volver la mirada hacia El Salvador, que siendo un país tamaño "Pulgarcito" agonizaba ante un problema tamaño "Goliat", igualito al que nos carcome desde hace tiempo. Mi buena suerte me condujo a conocer de viva voz en campo su situación que comenzó a mejorar tras una audaz maniobra política de su presidente Nayib Bukele; después tuve que buscar el contexto sociopolítico con lupa porque me intrigaba el favorable estado de ánimo con que me recibía la sociedad de esa nación. Resumamos: Bukele llega al poder cuando gobiernos de derecha y de izquierda sacaban la lengua fatigados e incompetentes como estadistas, pero obesos de dineros malhabidos. La izquierda panfletaria fue el resorte que lo impulsó, pero Bukele creó su propio partido político, para no ser rehén de unos y otros. El crimen organizado le dijo de la peor manera que ellos eran el verdadero poder popular por la fuerza de su violencia. Toda violencia de esas tallas es ciega y torpe. La bofetada de las pandillas fue durísima contra el régimen constitucional, que habría caído hecho pedazos si no se le ocurre recurrir a una figura plasmada en la Ley misma: declarar terroristas a los maras e imponer el estado de excepción. Conlleva la cadena perpetua a los líderes maras.


Bukele fue audaz y veloz. Al tener el dominio de los tres poderes del Estado tuvo margen para imponer sanciones proporcionales a la casi claudicación del estado de derecho salvadoreño. Su realidad no es tan distinta de la mexicana, si bien hay matices. Bukele llegó al poder apoyado por la izquierda del antaño grupo guerrillero Farabundo Martí, que se convertiría en partido político abandonando la lucha armada tras los Tratados de Chapultepec, en 1992. El padre del actual mandatario era el cerebro publicitario de la transformación de la clandestina guerrilla comunista en un partido político legal. Cuando Bukele sustituyó a su padre al frente de la agencia publicitaria que les contrató, les hizo llegar al máximo poder mediante el manejo de la propaganda publicitaria. Pero el fracaso de su gestión ante el cada vez más extenso predominio territorial de los maras no fue del mensajero, sino porque los antiguos guerrilleros prefirieron convertirse de la noche a la mañana en aristócratas millonarios y pseudoempresarios. Se repetía el viejo patrón bananero de formar una nueva élite despótica que veía primero por sí misma para perpetuarse en el poder. La contradicción ética la pudieron ver y sentir quienes votaban, menos los votados, entretenidos como estaban en su festín político.


Centro Histórico restaurado

La guerra civil entre el Frente Farabundo Martí, de izquierda, y gobiernos de derecha tutti fruti, dejaron a esa nación molida como picadillo con hemorragias (1980-1990's). Es innecesario mencionar cuál facción fue más cruel que la otra, más violenta, más ciega. Mientras la guerrilla arrasaba con aldeas enteras por supuestamente "colaborar" con su enemigo reaccionario, éste asesinaba al obispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero, por criticar los excesos de ambos bandos. Aun se ven en ruinas manzanas cercanas al Centro Histórico. Comenzó el éxodo hacia los bajos fondos de Estados Unidos. En tanto ilegales, los jóvenes salvadoreños tuvieron estrecho contacto con grupos amafiados que monopolizaban el tráfico ilegal de cuanta cosa se imagine el lector. Desde mujeres para la prostitución hasta armas de guerra. Al atravesar por Guatemala y México siendo extorsionados por las policías, el narco, los munícipes, los transportistas, etcétera, se les fue haciendo más dura la piel. Alcanzarían a perfeccionar su crueldad y rencores sociales sobreviviendo en territorio norteamericano luchando por hacerse de territorios "propios", los que ahora el gobierno norteamericano está recuperando aplicando la fuerza sin miramientos. Una de sus armas es la deportación masiva. Los maras fueron empujados hacia México, donde dejaron escuela antes de ser empujados más lejos, Guatemala. A su paso no tuvieron miramientos para mostrar sus crueldades. Guatemala también los "barrió" hacia su patria y una vez en ésta, decidieron que sería "su territorio" a fuerzas. No dudaron de enfrentarse a las leyes e instituciones de su propio país, es decir a su policía, ejército y gobiernos electoralmente formales. Lo hicieron sobornando toda la "escalera del sistema", lo mismo de arriba para abajo que de abajo para arriba. Una década les bastó para imponer sus usos y costumbres: el cobro de piso calle por calle, vecindad por vecindad, puesto ambulante por puesto ambulante, casa, rancho, changarro, fábrica, migrantes. Todo el mundo tenía que pagarles la "protección" que prometían darles para que una pandilla rival no se metiera con ellos y les doblara los tributos. Pero desde luego, son insaciables. Intoxicados todo el tiempo, la violencia era su modo gentil de tratar a los demás. Al ver que el negocio les prosperaba, reclutaron a adolescentes que alcanzarían a "titularse" como confiables asesinos que extendían su "territorio". El estado nacional ya ni siquiera iba en reversa, simplemente se estaba haciendo humo, pues desde la Suprema Corte hasta los policías recibían dinero de ellos, me platican los ciudadanos de a pie. La impunidad absoluta fue su mayor logro "político". Dudo en llamarlo así, pero mientras sometían con crueldad al electorado, a su élite judicial le sobaban la mano todo lo que pudieron. Así fueron esclavizando al estado salvadoreño, por igual la derecha que la izquierda, pues desde 2001 su moneda nacional es el dolar americano, así que ninguna facción ideológica le hizo el fuchi a la billetiza verde o a la amenaza descarada de las pandillas, convertidas en ejércitos despiadados tipo Mad Max: tatuados desde la mollera hasta la planta de los pies con alegorías a la muerte de los demás, a la sangre de sus rivales y al poder tiránico de ellos.


Centro Histórico restaurado


No llegó en su momento hasta nosotros el horror de su prolongada carnicería a manos de pandillas con y sin ideología. Sin embargo, ya es imposible no sentir pasos en la azotea pues han venido cayendo otros estados nacionales en esa agonía, sin que se revierta un milímetro la ocupación territorial del crimen organizado, de cuello blanco, de políticos sin escrúpulos y del sistema en general. La del crimen organizado fue la dictadura salvadoreña del sadismo absoluto, la compasión la redujo a idolatrar a la muerte "santificada", la empatía toda y la tolerancia estuvieron entre sus primeros descuartizados, porque esencialmente eso les caracteriza: desprecian a la persona, todo humano que no sea mara es repugnante para su existencia; ni siquiera entre sí se toleran las pandillas. Son máquinas diseñadas para infringir el mayor daño imaginable a los "otros". Se tatúan lágrimas en los ojos, pero no dejan de patearnos por "sus huevos". La constitución es el omelet sancochado con su crueldad que desayunan, comen y cenan... o más bien cenaban bajo el manto protector de los "derechos humanos", convertidos en ramplonería. Esta figura filosófica que ennoblece a todo estado nacional moderno la usaron a su favor para salir de la cárcel, pero siendo ellos un estado de facto, con "usos y costumbres" propias, no la consideraban frente a los demás. Su ley de la selva no contiene "derechos humanos".

En El Salvador la constitución no había muerto, solo la secuestraron para extorsionar a todos, sin distinguir edad, sexo, religión o ideología. Comenzaron por esclavizar a los más pobres con el "derecho de piso": vendedores ambulantes, diableros, antojerías, changarros... A los desamparados de siempre. Y el Estado miró para otro lado. Fue un bocado fácil y mayúsculo para los bien organizados pandilleros. Siguieron con la clase media: taxistas, pequeños comerciantes, arrendadores, profesores de escuela, profesionales por su cuenta. Fueron el segmento con mayor ingreso lo que incrementó los dígitos del tributo violento. Y el Estado miró para otro lado. Escalaron hacia la clase política del Estado nacional, incluidos los tres poderes republicanos y éstos miraron hacia otro lado, pero además cerraron la boca pero abrieron sus carteras en lo oscurito: engrosaron su nómina de sobornados. Esclavos de cuellos blancos, al fin y al cabo.

Los "maras" son pragmáticos y letales. Lo único que los "mataba" era su ambición ilimitada: eran los dictadores tribales del país. La Constitución podría hablar encantadoramente, hacer sus rituales cívicos con pompa y circunstancia, pero siempre la última, la totalitaria, era la palabra del líder mara.

Hasta que una oscura noche salieron a matarse entre pandillas y fue un golpe de mano que bien podríamos llamar "la noche de los cristales rotos de San Salvador". La recuerdan el taxista, el guía, el repartidor de pizzas, la meserita de la fonda, fue una noche en que hasta su propio récord de muertes rompieron, yendo invictos.

Entre el 25 y 26 de marzo de 2022 el número de homicidios y feminicidios les puso en unas cuantas horas como la nación más violenta del mundo. Un título de "campeonato" deshonroso que sí divulgó lal prensa internacional. Una mancha imborrable y aborrecible del tipo Caín. Esa noche ya no había hacia dónde mirar, excepto hacia sí mismos temblando de miedo, horror e impotencia. Cada uno se prometió ser el sepulturero de sus hijos o de sus padres. Fueran las horas apocalípticas de toda una nación casi casi derrotada, pero... Esa república que ganó su independencia de España el mismo día que México y que cabría en los distritos de Juchitán y Tehuantepec, en el último round habría de pararse de la lona para nockear a sus verdugos.

Ni el partido Farabundo Martí, comunista, ni el partido Arena, militarista de derechas, tenían ya presencia ideológica más que en su papel membretado. En realidad habían gobernado contándose cuentos de hadas mutuamente y si alguno sonreía era gracias al "Chapulín Colorado", más que al aumento de decimales en el PIB nacional, que se hundía en el chiquero en que se daban de garrotazos solo en los periodos electorales.

"Eso era antes"... escuché de la gente común de San Salvador, la misma que me había recomendado probar las pupusas (tlacoyos) y la horchata helada de maní, inédita para mi paladar, como desconocido me era lo doloroso de su calvario social ante una violencia tolerada y evolutiva por años y años de indecisiones.

–"Ya probamos de derecha, de izquierda... todos son iguales. Ellos acaban millonarios y nosotros quedamos igual y los maras como reyes intocables", me comentaban. Se refirieron a sus gobernantes una vez que la guerra civil terminó con un pacto en 1992 donde se partidizaron legalmente todas las ideas políticas cuyo fin era la paz y prosperidad de su nación. Pero "¿estamos en riesgo de una dictadura?", se preguntan a sí mismos. Sí, se habla de eso a raíz de que el partido fundado por Bukele tiene desde 2024 la aplastante mayoría en la Asamblea Nacional. "Esa es la cuestión, dicen escépticos, pero hasta ahorita vivimos y trabajamos con total tranquilidad. Ahora es distinto que antes. Se acabaron las extorsiones, los secuestros y los desaparecidos"... Enmudezco.


Amplían sus atractivos turísticos con sus sabrosas degustaciones de cervezas nacionales

"Ahora era distinto"... acentuaban su expresión ufanos ante mí. Se puede andar a cualquier hora del día en cualquier lugar. Se puede llamar a la policía y no le extorsionarán. El Centro Histórico se reconstruye a paso veloz. Han multiplicado el turismo. La economía gira al ritmo del dólar americano desde 2001 y del bitcoin desde 2021. Durante el COVID-19 tuvieron unos 5 mil muertos nada más pese a ser la nación latinoamericana más densamente poblada por kilómetro cuadrado, y fueron la primera nación que aplicó las vacunas, que se inyectaron según el orden alfabético de sus carnets de identidad adaptando su enorme Centro de Convenciones en Hospital Covid. Al ser mínimo el contagio nacional decidió el presidente convertirlo en el hospital mayor y mejor equipado del país. Se dieron el lujo de darle miles de dosis a sus vecinos de Honduras y cada familia salvadoreña fue recibiendo vía transferencias bancarias hasta trescientos dólares para paliar los efectos socioeconómicos de la pandemia. Tras ello, retomaron su producción de café –exquisito– y habiendo hallado el nicho del turismo en toda Centroamérica, están yendo por él a paso veloz, más aun que Costa Rica, antigua joya de la corona de la antigua República Centroamericana, ahora contagiada de la violencia mara. Su reto es ser el nuevo Cancún de la región. No solo se quitaron al SarsCov-2 de encima, sino a los maras, esa desenfrenada epidemia aun más letal pues según cifras de Bukele cobraron 120 mil víctimas, si bien no se pudieron incluir a cientos de desaparecidos.

Era obvio que preguntase yo el cómo le hicieron. Sus respuestas salían del corazón, pero sin datos ni fechas. Al regresar a Oaxaca me puse a espulgar por internet el qué, el cómo, el quiénes, etc. Me dejaron intrigado y una espina clavada en mi mente, pues a mi entender vamos resueltamente por el mismo "callejón del muerto" del que ellos ya salieron.


Sala de lectura infantil con la escuela de Harry Potter

Sala de entretenimiento para lactantes

UN DOMINGO EN SAN SALVADOR BAJO EL "REGIMEN DE EXCEPCIÓN"

Yo miraba su Centro Histórico, a cuyo costado está la Central de Abastos, antiguo bastión de pandilleros cuando "trabajaban" sin permitir que ni una mosca pasara a sus territorios sin pagar "su piso". Es domingo que me devuelve a la "suave patria" de toda provincia: el paseo dominical aprovechando el buen clima del atardecer: bonitas casas antiguas –restauradas o en el proceso– cafés aromatizando la brisa, un palacio de gobierno altivo que parecía haber sido traído desde la Atenas de Pericles, vendedores ambulantes, pedigüeños, saltimbanquis de distinto pelaje, escuadras de policía en todas direcciones resguardando el orden... música guapachosa a la distancia, parejas moviendo el tropical "esqueleto", una catedral de dimensiones majestuosas, de similar estilo que el de nuestra Señora de los Pobres –colonia Reforma–, pero tres veces mayor. Vino a mi recuerdo el asesinato durante una misa del obispo Romero, quien reposa en esa iglesia, asesinado en 1980 por agentes de la derecha radical. Pero también me pregunté: ¿No murió en Guadalajara el cardenal Posadas a manos del crimen organizado, en 1993?... Imposible no ir comparando nuestra historia en paralelo, conforme avanzo observando el arribo masivo de familias al Centro Histórico.


Tarde de domingo

Gente de todas las clases socioeconómicas acudían al paseo, pues se delimitó como exclusivamente peatonal no hace mucho. Si el palacio nacional tocado con banderas nacionales lucía como un viejo caballero pero rejuvenecido, pronto vimos los bíceps de la BINAES, la joya de la que todos los sansalvadoreños hablan: la "Biblioteca Nacional de El Salvador". Es como ver de frente a dos barcos de crucero, uno junto al otro. Naturalmente fui a conocerlo. Las dos primeras plantas son familiares. La norma de uso gratuito es que los padres que lleven a sus hijos deben leer juntos al menos durante una hora para poder gozar de las instalaciones que son de primera. Y así sucede. No hay coersión, sino estimulación llevada por docenas de monitores que guían al sansalvadoreño en la gigantesca jungla de libros que les construyeron con alguna ayuda de China. En cada rincón hay una estimulación temática: fábulas clásicas y modernas ilustradas, las novelas de Harry Potter con la "estación de tren" de la escuela de Howgarts, cómics de Batman y Superman, la saga de Starwars que atrae a los adolescentes y jóvenes. En el piso superior encontré su sección de gastronomía y me puse a revisarla con esmero. Algunos ejemplares que tienen los tengo yo, pero me faltan muuuuchos más, así que es una sección seria y seleccionada con bibliografía moderna. En el último piso, el quinto, había en desarrollo la presentación de un libro de literatura local. El edificio tenía más gente que supermercado en quincena. Yo no podía creerlo.

La ciudad de San Salvador luce sin grafitis, con todos los edificios públicos iluminados. Tampoco hay bloqueos de calles, ni marchas de protesta ni plantones.. Yo buscaba con cierta ansiedad un kiosko de periódicos y revistas, o una librería, pero no hallé ninguno. Circula la prensa digitalmente, pero el género "caricatura política" ha desaparecido de ellos, quizá la sátira y otros géneros también. Bukele se ha encargado de acelerar la transición a una vida cotidiana digitalizada y concentrada en los celulares. Los "Uber" son taxis que cobran la mitad de lo que un ruletero con coche de color amarillo. Docenas de pizzerías y hamburgueserías de cadenas trasnacionales y aun de venta de tacos al pastor atienden a miles de antojadizos. Pregunté a los policías por una fonda famosa y recomendada por su caldo de gallina: "Típico Margo". Sacaron sus celulares y consultaron la más cercana. No. No había cerca ninguna, pero en su lugar había una equivalente de cocina popular: "Típicos Minita". Su oferta del día tipo comida corrida al gusto: plátanos fritos, "casamiento" o arroz con frijoles refritos de excelente sabor, pupusas, guisados varios, con carnes, con vegetales, con pollo empanizado, la proteína de la que son voraces comelones, ensaladas y flanes. La oferta de bebestibles con los refrescos de las marcas ya conocidas más los "frescos", es decir sus aguafescas. Solicitamos la "horchata de maní", tintineando de hielos, más tortillas... –¿Cuántas?, preguntaron... Éstas eran como las gorditas del Istmo: de diez centímetros de diámetro y gruesas como de siete milímetros, pero de buen sabor, aunque es imposible hacerse un taco con ellas. Luego las "pupusas", su antojito nacional. La clásica lleva la masa de maíz Maseca –no se complican la vida con nixtamalizar–, rellena de frijol negro en pasta y refrito, mezclado con quesillo rallado, que me recordó a los tlacoyos que se comen en el Estado de México. San Salvador fue parte austral del imperio mexica y por lo tanto de su imperial cocina, supongo. Se habló náhuatl hasta principios del siglo XX y se prohibió por ley en los 1930's, así como usar la indumentaria indígena tradicional (de influencia tlaxcalteca) y el ingreso por sus fronteras de la raza negra y sus descendientes mestizados, así como de "turcos" (de Medio Oriente en general, quizá por ser islámicos). Ignoran la raíz lingüística de la voz "pupusa", pero la mitomanía la ubica como "náhuatl"... Por encima la "pupusa" se debe cubrir con repollo en escabeche, igual que las garnachas istmeñas. Sus salsas picantes son deplorables y no tienen remedio, quizá por el clima. Ignoran las cualidades del chile o ya las olvidaron, pese a que los aztecas fundaron una guarnición, suburbio que hoy se llama "Mejicanos", que perteneció al hoy Departamento de Cuscatlán, hasta 1521. De ese Departamento fue donde surgió el "fenómeno Bukele", primero como presidente municipal que se hizo un atractivo slogan: "mil días, mil obras públicas", o algo así. Era natural que algunos reflectores de los medios los dirigiesen hacia él.

Volvamos al "Minita". Te ofrecen café de olla, pero el clima tropical te obliga a hidratarte, así que una horchata de cacahuate/maní resulta hipnótica. Por unos instantes el cerebro emplea energías tratando de descifrar los ingredientes de la receta, teniendo en paralelo la de Casilda. El veredicto pasa del hemisferio izquierdo al derecho y viceversa hasta que bien hidratadas las neuronas se relajan ya campeonas y emiten su puntaje: son una aguafresca exquisita e inédita. Inolvidable. Luego me entero de que su comida para la fiesta patronal de la Virgen de la Asunción es yuca frita y un guisado de chicharrones y moronga. Absorbido ya por la mancha urbana, "Mejicanos" fue el lugar que los españoles dieron a sus aliados en la conquista de lo que hoy es Centroamérica y antiguamente una prolongación de la Capitanía de Guatemala: tlaxcaltecas, acolhuas y mexicas.


Mausoleo a Morazán

Repuestas las energías con el banquete de "Típicos Minita" hay que volver al "zócalo" porque dos cosas llaman mi atención: Thriller de M. Jackson a todo volumen y con bailarines y además la sugerencia de visitar el "Mausoleo al General Morazán (1792–1842).", la última obra pública en el corazón de esa nación. La entrada es gratis, a diferencia del Palacio Nacional, convertido en museo pero con demasiada gente dentro. Morazán fue héroe de aquella ilusión masónica que quería que Centroamérica fuera una sola república federal. Hondureño de nacimiento, caudillo de aquí y allá, resultó otro profeta sin tierra. Fue fusilado en Costa Rica, pero pidió ser enterrado en el actual San Salvador. Es referente del liberal del siglo XIX, republicano, federalista, constitucionalista, comecuras, general, caudillo y mártir civil. Una guardia de cadetes en traje de gala, un sable y una antorcha encendida a perpetuidad, todo en medio de un edificio del orden dórico, con vivos en oro, son el nuevo altar a la patria y hay una larguísima cola para entrar. Es otra maniobra política del presidente y le está funcionando: fortalecer el civismo nacional; es una manera comprobada de cohesionar al pueblo alrededor del caudillo que inclina la cabeza ante la valentía de un prócer sacrificado, pero la levanta ante el sanguinario mara. El culto cívico–ético está en marcha y su incienso llenará la vida escolar y la civil, espero. Me llama la atención que lo que resguarden los cuatro cadetes no sea una urna funeraria, sino un sable de caballería, curvado, estilo siglo XIX, cromado y afilado.

Pero El Salvador tiene otro mártir, de un calibre igual de potente pero que predomina en el alma de los nacionales: Es el de san Oscar Arnulfo Romero (1917-1980), heraldo de la "opción preferencial por los pobres", como lo fue don Bartolomé Carrasco Briseño (1918-1999), arzobispo en Oaxaca. Su mausoleo está a cien metros de distancia en línea recta, en la cripta de la catedral. Mientras el neo–morazanismo empieza a despegar, el culto al santo Romero pervive sin mengua. Bukele ha completado el rumbo mítico de su régimen. El Salvador tiene estos símbolos que sus vecinos no: Dios y Patria, como firmaban Juárez y otros liberales mientras afianzaban la segunda independencia nacional.


Catedral por dentro y por fuera

Asesinar a monseñor Romero en 1980 desató el infierno de facciones liberales y conservadoras en ese pequeño país, del cual la consecuencia natural fue la emigración masiva de salvadoreños a los bajos fondos gangsteriles de Estados Unidos.

Pasaron cuarenta y dos años de incubación de malos gobiernos, malas conductas, pobreza en todo: educación, salud, economía, tecnología, autoestima nacional. Ya estaban mal y se puso peor al comenzar EEUU la deportación masiva de maras, pandillas de "latinos" tatuadas barrocamente y ferozmente tribales, que aprendieron el modelo americano de las "gangas"o gángsteres de los suburbios de las grandes capitales norteamericanas. Aterrizaron en Centroamérica, tierra virgen en ese sentido y obtuvieron rápidamente un crecimiento exponencial de su dictadura del terror. En su patria tan maltrecha la corrupción de todo el aparato de gobierno aceitó su maquinaria destructiva. Bastaba sobornar a las autoridades menores (policías, ministerios públicos, fiscales) o secuestrarlas y desaparecerlas. Ante los funcionarios de alto rango funcionó bien la amenaza y el soborno. Ya ni siquiera tenían que esconderse pues la policía quedó ciega selectivamente, al igual que el poder judicial. Cada salvadoreño estaba seguro que si no era esa mañana cuando el autobús lo llevara al trabajo sería en la tarde cuando volvía que los pandilleros de tal o cual mara abordaran a todos con el clásico grito: "¡Ya se la saben...!" Adiós carteras, celulares, collares, tenis... todos los días. Hasta aquella fatídica noche sangrienta de los "cristales rotos" tropicales en que la disputa por el "control de territorios" les hizo enfrentarse entre sí a las dos pandillas más despiadadas en tres departamentos distintos. No solo la capital estaba infestada de gángsteres tropicales, sino hasta la población más alejada del palacio nacional.

En la madrugada del día después, el 27 de marzo de 2022, el país amaneció con el decretazo de "régimen de excepción" publicado por la Asamblea a solicitud del presidente Nayib Bukele, quien recurrió a una figura preestablecida en la Constitución mediante el Decreto 333. "Régimen de excepción" significa "detenciones sin orden judicial, ampliación del plazo de la detención administrativa hasta 15 días y suspensión de la libertad de asociación, así como la intervención de telecomunicaciones". Suena a dictadura, pero el trajín cotidiano en San Salvador que me tocó ver y escuchar no parece estar sudando esas "excepciones", al contrario, porque le fueron aplicadas a grupos delictivos bien identificados. La Asamblea lo renueva mes tras mes, cumpliéndose casi cuatro años de ser el marco legal que persigue a los delincuentes y no a la población en general, ni a los oponentes políticos ni periodistas que continúan señalando las carencias públicas.

La biografía política de este joven mandatario merece una paciente mirada. Hay muchas fuentes en internet dado que su prensa emigró a lo digital durante y después de la pandemia. Eso explica que no haya encontrado un solo kiosko para adquirirla. El presidente debe poseer un grado sutil de inteligencia y activismo, aunque no acabó la carrera de abogado por hacerse cargo del despacho publicitario que fundó su padre. Debe tener un sexto sentido político que le dotó de buen olfato político, porque se ha salvado de varias crisis caminando siempre por el filo de la espada. Cuando ha estado acorralado políticamente por ésta o aquélla razón, salta por encima del precipicio y triunfa. Es un auténtico "Spiderman" de la realpolitik. Nació el 24 de julio de 1981, de padre palestino convertido años después al islam, y de madre católica quien se mantuvo en su fe. Casado con Gabriela Rodríguez (n. 1985), quien fuera bailarina de ballet clásico y ahora es promotora de los derechos de las mujeres.

Gabriela de Bukele


El madruguete del Decreto 333 fue como un "uppercut" para el crimen organizado, confiado en que tenía contra las cuerdas al rival. Pero Bukele ya había aprendido algunas "suertes" para salir invicto. Había sido presidente municipal de Cuscatlán y luego de San Salvador abanderando al partido del Frente Farabundo Martí y a partidos pulgarcitos. Luego, a pesar del partido izquierdista que estaba gobernando la nación sin contener la violencia del crimen organizado, que le interpuso todas las "piedras" legalistas que pudo y tensó alocadamente todas las correas políticas, se alzó con el triunfo como presidente de la república para el periodo 1919-2024. Los salvadoreños creen ahora que fue el hombre indicado en el momento indicado al usar toda la fuerza del estado, legal o semilegalmente, para parar la hemorragia nacional, ya entonces alarmante. Que no se reconozca ni de izquierda ni de derecha le rinde frutos.

A mí me parece que conduce a su república como a una "ciudad–estado", pero a lo moderno. Su "investidura presidencial" es la de un joven innovador y relajado que viste camisetas a lo Steve Jobs presentando el iPhone. Es un político que va apoyándose de la innovación tecnológica y que fundó su propio partido llamado "Nuevas Ideas", dejando atrás a los partidos históricos, a quienes venció mediante las redes sociales. Tiene su página en Facebook (https://www.facebook.com/nayibbukele) con 16 millones de seguidores. La población total de ese país rebasa un poco los seis millones. En México la población es de 133 millones y el muro de la presidenta acumula 6.9 millones de seguidores (https://www.facebook.com/ClaudiaSheinbaumPardo/?locale=es_LA). En su avatar ella no mira de frente sino hacia la izquierda en el retrato oficial de su página en Facebook.


Presidente Nayib Bukele

Bukele te recibe en el aeropuerto con su retrato oficial en el que sonríe y te mira directo a los ojos como si estuviera graduándose de su Máster en Ciencias Políticas. Su pecho va cruzado por la banda presidencial. Posee una barba color azabache y cerrada como una jungla. Esquiva todo tipo de corbatas. Prefiere ir con la blanca camisa abierta. En las escenas donde el protocolo debe ser relajado prefiere las camisetas negras que usan los grandes "influencers" de Silicon Valley, porque él mismo se considera uno. Zelenski (actor, comediante, guionista y presidente de Ucrania, 1978) observa esta misma etiqueta. Cuando es de gala el asunto, porta una chaqueta oscura ornamentada de destellos, de inspiración militar, que ni Michael Jackson cuando subió a recibir el Grammy de 1984. En cuanto a recursos expresivos es un esgrimista contundente que no pierde los estribos.

Tres años antes que Trump hizo que la Asamblea Nacional salvadoreña declarara a los maras como "terroristas". Lo son, en realidad. Su maniobra política del "estado de excepción" también parece haber inspirado a Trump a la hora de enfrentarse a Irán. Luego barrió calle por calle, vecindad por vecindad, cerro por cerro, aldea por aldea, escondite por escondite, extrayéndolos. Trump mandó al ICE a hacer algo similar. Hoy tiene en el CECOT, Centro de Confinamiento del Terrorismo, a unos setenta y cinco mil pandilleros... y sigue creciendo este número, pues la cacería dice que no ha acabado. La dieta de los antiguos verdugos son frijoles, tortilla y agua. Cero "pupusas", cero "horchata de maní"... Pero el efecto "mara/cucaracha" contaminó severamente a Honduras y Guatemala... y quizá al sur de México más de lo que sabemos.

–"Uno de los pandilleros, de 16 años, me cuenta el taxista que me lleva a comprar café, cercenó las dos manos de su abuela porque no le dio dinero para su droga. La abuelita sobrevivió. Sigue haciendo "pupusas" con sus muñoncitos para sostenerse... El nieto no volverá a ver la luz del sol", me dice con aire de triunfo. Las "pupusas" callejeras valen dos por un dólar (nueve pesos mexicanos cada una).

Bukele piensa al respecto que agarró a un paciente con cáncer metastásico y que su función era aplicarle quimioterapias para salvarlo. Esa es su alegoría política. Fue reelegido (2024-2029) sin una sola marcha de protesta tras devolver la tranquilidad a su país, porque de ser el campeón mundial de la violencia con 106.3 asesinados por cada cien mil habitantes en 2015, hoy puede presumir su reducción a 1.9 víctimas de la violencia residual.

El Salvador es un país de extremos desde su conquista por Pedro de Alvarado. Pero ahora me resulta un conejito que no solo corre más rápido, sino mejor, hacia un destino que todos anhelamos: la paz, la prosperidad pública, la confianza mutua y el número ideal de desaparecidos: cero.

Hay que volver los ojos hacia ese foco centroamericano con un presidente ecléctico que toma decisiones y las aplica ipso facto, sin el repelús de si las maquilla con polvo de la izquierda o rimel de la derecha. Al revisar su prensa de estos días me entero que ha mandado fuerza militar a Haití para rescatar a cuatro soldados salvadoreños secuestrados por las pandillas que allí son el "gobierno de facto". Les ha dicho algo así como: "Si aquí acabé con las maras, sé como fumigarlos". La extraterritorialidad de su combate al "cáncer metastásico" de los pandilleros es un riesgo político, pero a él le gustan esos escenarios y sabe nutrirse de ellos. ¿Qué pasaría si en lugar de Haití decimos México?

Debe valer la pena intentar conocerlo más a fondo. A mí me dejó más reflexiones de las que le pedí a esa nación y su historia reciente. Recordé cómo en distintas épocas del siglo XX a México le decían los sudamericanos "la Atenas de América Latina". Hoy, ¿cuál símil usarán, si es que lo hacen? México expolió a todos los centroamericanos que huían de la violencia de sus países. Sin embargo nos tratan con cariño por ser mexicanos y la gente sencilla en El Salvador nos halaga repitiéndonos frases como "Se me chispoteó", "síganme los buenos", "chusma, chusma, chusma"... y todos acabamos sonriendo. Pero nadie recuerda otras máximas que nuestra clase política no cesa de escupir como pompas de jabón: "El respeto al derecho ajeno...", "La patria es primero...", "Abrazos, no balazos"... que a nosotros ya solo nos entran por una oreja para salir por la opuesta.


Arquitectura histórica restaurada



Extrapolando mi conocimiento de la teoría del estado, parece ser que la democracia sin adjetivos no lo es todo ni lo mejor. Como escribió Bertrand Russell ("Historia de la Filosofía Occidental", p. 308, Austral), acerca de un gobierno republicano eficiente en la antigua, sangrienta y ambiciosa Roma, un gobierno que funcione debe tener una mezcla "ideal de elementos monárquicos, aristocráticos y democráticos". Lo que hizo Bukele en su país parece poseer esa "mezcla ideal" o algo similar. En los hechos fue un pasar desde la teoría del estado en un pizarrón hacia el estado moderno pragmático: aplicó legalmente la "violencia legítima" que contemplan todas las constituciones modernas contra quienes lo intenten destripar desde dentro. Bukele se atrevió a hacer en la vía pública lo que Max Weber y Thomas Hobbes resolvieron en los pizarrones que se tenía que hacer bajo circunstancias como las que socavaron su nación y le explotaron aquella noche de marzo 25-26 de 2022 en que también quedaron cicatrizadas a puñaladas las dos caras del viejo régimen panfletario e incompetente: la izquierda y la derecha. Su acierto político fue decidir que el pandillero que te cobra por vivir no puede pedir los mismos derechos que tú tienes a la vida, porque suena bonito en la abstracción, pero no cuando te degollan; quizá sea un silogismo jurídico sin solución ética. La ética es la ciencia menos exacta de todo el universo, pero es la más citada por los abusivos. Las maniobras de Bukele exhibieron la ausencia del Estado de Derecho, no su vigencia. Así se levantó de la lona... Y yo me planteo una alegoría explícita: ¿cuál es su "Sistema Operativo"? Porque actúa como un periférico autónomo, desconectado a una "tarjeta madre", sin dejar de pertenecer al mismo "ecosistema" operativo. El ejemplo me ayuda a exponer una de las diferencias entre él y la Presidenta de México, a quien se le critica que se muestra "atada" a una "tarjeta madre" que le dicta instrucciones finales y que ella no puede controlar por sí misma. Desconoce el "wifi político", por llamarlo de un modo moderno.

En este momento Bukele es un campeón para sus connacionales, pero si recordamos la historia, los hombres de estado excepcionales deberían ser prudentes (pero no lo han sido) pues envejecen, se desgastan ante la velocidad de la vida y acumulan enemigos políticos que invierten las horas conspirando para derrocarlos. La historia de América Latina está llena de esos ejemplos. El presidente Nayib reinventó la política latinoamericana y desarrolló un algoritmo social al que yo llamo "Código Bukele", en mi intento por entenderlo. Solo él conoce el "password" para hacer que su código personalísimo de gobernar pueda sobrevivir sin su persona, sin que recurra al método del tirano, y que pueda conducirse hacia una transición suave y ejemplar, legal y pragmática que haga a El Salvador mantenerse en la paz lograda y continuar progresando. Supo restaurar los poderes republicanos. Juárez lo hizo al fusilar a Maximiliano.

Le queda una tarea nada menor: entregar el poder y la fama a alguien que lo supere...


La moderna ciudad de San Salvador




jueves, 10 de septiembre de 2026

lunes, 10 de agosto de 2026

Dilemas y desafíos morales, éticos y cívicos para principiantes. Acceso gratuito

 

 Este libro es de acceso gratuito para profesores y estudiantes de la materia en el Nivel Básico. Lo será por tiempo limitado a través del enlace de descarga que aparecerá aquí mismo. 
Es una herramienta pedagógica para que los jóvenes que ingresen a secundaria se relacionen fácilmente con el tema. 
Además de haber empleado imágenes generadas con IA, los contenidos y las referencias a las fuentes digitales permean sus contenidos. No es doctrinario ni rollero. Va al grano, con lenguaje sencillo de comprender.
Incluye propuesta de exámenes, de coevaluaciones y de debates a realizar en las aulas.

El autor Claudio Horacio Sánchez Islas es Licenciado en Ciencias Humanas por la Universidad Claustro de Sor Juana, con una especialización en filosofía. Tiene experiencia docente universitaria y es un apasionado del tema. su curriculum académico se incluye al final del libro, cuyo ISBN es 978-607-8498-84-0


domingo, 12 de abril de 2026

CARMEN CORDERO AVENDAÑO DE DURAND (1931-2026) Y SUS LIBROS OAXAQUEÑOS


Por Claudio H. Sánchez Islas. Oaxaca, Oax.11 de abril de 2026

§ 1

– ¿Ha pensado escribir sus memorias, doctora?, le pregunté a bocajarro la última vez que nos vimos en su casa de Av. Pino Suárez, casi esquina con Abasolo. Fue unos meses antes de la imprevisible pandemia, cuando ella venía a México al menos un par de veces al año. Por su reacción supe que habría pasado la idea por su corazón pero también adiviné que ella no sabría cómo exactamente abordar un relato en primera persona, cronológico y sentimental, siendo una científica social tan auto severa consigo misma. La etnología que había aprendido en las aulas de la tradición académica francesa la había llevado a observar y platicar con pasión ilimitada con indígenas oaxaqueños, árabes del Magreb, africanos, vietnamitas y cambodianos, pero a la hora de ejercer el autorretrato, esa misma disciplina le había petrificado la pluma en un témpano de hielo metodológico del que no se atrevió a liberarse, así fuera literariamente. En corto, en cambio, en la charla cara a cara, era chispeante y cálida.


Me lo explico pues había cursado la especialidad en una época de oro no solo de las ciencias sociales francesas, sino de la Sorbona misma, además portaba como una marca de hierro candente en la piel su formación de abogada desde el ICAEO, éste también en una época de brillantez magisterial. El hecho de haber sido agente del ministerio público y defensora de oficio le abrió las puertas del infierno que es la injusticia donde se arroja a los marginados, particularmente a los indígenas monolingües, sean triquis, tacuates, chatinos o kjemeres de Camboya. Tenía todo para escribirnos su increíble vida desde el corazón, pero al mismo tiempo, tenía todo para enfriarlo desde el cerebral escrutinio de su misión en la vida: indígenas marginados y mujeres sin escolaridad ni oportunidades.


El aura académica sorbonesca la seguía a donde iba. Cuando llegaba por estas tierras se regaba la especie y su agenda se llenaba de recepciones amistosas y de viajes a los pueblos. En los huecos que le quedaban libres pensaba en nuevos libros y ya que había fraguado un plan editorial me llamaba por teléfono para citarme en su casa a analizar lo que traía entre manos. Solo un par de veces me visitó en mi oficina de Colón 605.


Estaba yo ante la primera oaxaqueña doctorada en La Sorbona de París, universidad legendaria desde el siglo XIII. Fue una etnóloga de la escuela francesa clásica de la segunda mitad del siglo XX, que llamó la atención porque había elegido temas que antes nadie había visto con su mirada de ella, maternal y empoderada. Ella tenía la fuerza intelectual de un buldozer académico en ese campo inexplorado en Oaxaca, si bien el objeto de su estudio en poco tiempo comenzó a perder la inocencia comunal, el conocimiento de su tradición mitológica y la aquilatación de su identidad histórica, incluida las leyes de la costumbre, jamás escritas si bien plausibles, también criticables, pero lo primero era conocer su existencia viva en paralelo a la “justicia actualizada” que pudiera ejercer el estado nacional. Sus pueblos estudiados en Oaxaca presentaban un problema al parecer irreversible: a raíz de ir haciéndose migrantes forzados por la precariedad de su cuna, a los indígenas les hizo querer ser “el otro”. Lo fueron logrando rápidamente asimilándose a leyes ajenas, costumbres impropias, hábitos neoculturales, porque donde un paisano triunfaba en EEUU jalaba a más y más y más y todos no dejaron sino en la melancolía sus tradiciones. Sus descendientes nacidos fuera de las comunidades, fueron empañando la importancia de las costumbres del mundo rural a donde ya no pertenecían, por elección o por recibir una escolaridad extranjera. Pero en los tiempos de entonces ella llegaba hasta sus municipios incómodamente alejados y comenzaba una tenaz excavación en su alma agrícola–rural. De todo tomaba notas, grabaciones, fotos, nombres, fechas, mitos, que luego de una etapa de reflexión y conclusiones les explicaría y les dejaría con la boca abierta. Por eso la apreciaron tanto, porque les contaba quiénes habían sido...


§ 2

De joven debió haber sido una mestiza guapa y con aplomo. Única mujer en un aula oaxaqueña de machos “alfa” que jamás publicaron un libro de buen calibre (la excepción que encuentro es un libro póstumo de sociología de lo oaxaqueño por Fernando Gómez Sandoval). Su generación de ex alumnos del Instituto estuvo llena de compañeros que ocuparon las parcelas de la academia, el gobierno, la política partidista del PRI y los bufetes particulares. Sin embargo alguna ayuda le habrían aportado, quizá a la hora de publicar el resultado de sus investigaciones.


De tez morena, pelo muy negro y recogido, nariz elegante y proporcionada a sus ojos y boca, labios sinuosos de mestiza que pronunciaban el español con cierto acento francés, olvidaba una que otra vez el vocablo mexicano correcto que quería emplear y acababa champurreándolo con el galo. Su francés tenía el mismo eco de castellanismos incrustados. Mediría 1.60 m o poco menos, pero tenía un ego expandido cultivado en la racional urbanidad del barón de Haussmann, un modernizador ilustrado que demolió el París medieval y le modernizó con los aciertos que hoy justifican a la Ciudad Luz.


Carmen Cordero, nacida en 1931, apenas siete meses después del terremoto que sumiría en tinieblas a su natal ciudad criolla, había hecho carrera en el Instituto de Ciencias Artes, entonces coto exclusivo de varones, seguramente con mil limitaciones materiales, pero con los mejores maestros posibles de entonces, todos de formación intelectual afrancesada, aunque portando las “pelucas y casacas” del nacionalismo revolucionario. Si París nació de la cabeza de Haussmann las fiestas del Lunes del Cerro fueron una creación surgida de los intelectuales de la ciudad de Oaxaca de entonces, formados en el ICAEO, en la Normal y en el Seminario. Fue como la urbe de Oaxaca veía risueñamente a los indios de sus regiones. Carmen nunca dejó de ver al indígena porque ella era precisamente una citadina, por lo tanto su mirada era capaz de distinguir que ella era su contraste perfecto, por eso fue más allá del telón de la fiesta popular indígena, o de su servidumbre apenas castellanizada, fue a donde no llegaban sino los pálidos ecos de las bandas de música y halló allí una luz que la deslumbró para siempre: la etnología como herramienta para conocer las costumbres y los comportamientos simbólicos de las culturas arcaicas pero palpitando, fuera en la paz –Oaxaca– o en la guerra –Indochina–.


Era más bien delgada y ágil. Aun a su edad avanzada se decía apta para hacer más trabajo “en campo”. París había deslavado el color cobrizo natural de su tez, pero había acentuado al límite su autoafirmación. Hacía décadas que estaba adaptándose a mundos geográficamente lejanos y acabaría amando a un ciudadano francés. Cuando llegaba a Oaxaca en la primera década del 2000 ya Carteles Editores estaba trabajando a todo tren, pero sabía que era yo hijo del periodista Néstor Sánchez Hernández, defensor de muchas causas indígenas, por eso depositaba su confianza en nosotros. Apenas desempacaba sus maletas y ya la vieja ciudad barroca la llenaba de entusiasmos intelectuales, sin que ella formara parte de una “capillita” de fufurufus. Ella lo que quería era viajar a los pueblos indios, publicar sus últimas investigaciones y le llamaba la atención cómo es que se parecían en algunos rasgos simbólicos las etnias indias nuestras, las antiguas, con las lejanas de Camboya entre las que vivió años en tiempos de zozobra y más tarde las estudió llevada de la mano del mayor experto en la historia y cultura indochina: Lafont. Nuestras charlas se prolongaban porque aderezaba su charla con buenas anécdotas y la enumeración de lugares y personajes que, pensaba yo, alimentarían copiosamente la mente de un escritor de aventuras inverosímiles como Salgari... Y sin embargo eran ciertas. Yo lo sabía porque conocí muchos de los lugares que ella mencionaba y traté a algunos personajes citados por ella, viví fugazmente sus costumbres como reportero y tomaba fotos. Eso que nos era común sostenía nuestros diálogos. El reportero del Oaxaca del siglo XX solía ser un etnólogo amateur y fugaz, si lo deseaba.


Tengo en mi mente algunas fotos que me mostró, donde está con los pantalones arremangados hasta las rodillas platicando sumida en el lodo con campesinos de Vietnam. Probablemente el traductor o su esposo fuera el fotógrafo. Mientras tanto, ella tomaba notas o hacía dibujos. Al fondo, en diversos puntos de los sinuosos surcos otros paisanos del sudeste asiático trabajaban sus arrozales doblando sus espaldas en U, viendo –de reojo– el azul del cielo reflejado en sus cenagales. Todos aparecían usando el mismo tipo de sombrero.


Por mi parte le respondía sus preguntas acerca de cómo se desarrollaba la cultura local, las ediciones que salían y nuestras relaciones con las instituciones gubernamentales de cultura, que ella ya sabía que eran un nido de telarañas, novatos e incompetentes “compadres” o “ahijados” del poderoso en turno. Esa decadencia sin frenos la frustraba siempre. Quizá por eso nunca quiso volver como residente, si bien esta su ciudad al final le abrió sus brazos como un sudario.



No dejaba de comportarse como una académica forjada en el corazón de la Europa de posguerra. Se había casado con un hombre que me recordaba un árbol de pálido follaje, alto, carilargo, seco de carnes y que caminaba siempre a su lado para darle su sombra protectora, llamado Bernard Durand Chastel, cuyo timbre de voz no recuerdo, pues casi no la usó frente a mí. Éste generalmente me abría la puerta de su casa a la oaxaqueña, con pequeñas piezas de alfarería, textiles, muebles de madera, carpetitas y cortinas del estilo de las abuelitas y libreros con puertas vidriadas, de pared a pared. De ellos extraía carpetas, cuartillas, fotos que me mostraba. Supongo era parte de un más amplio acervo que, opino, debería ahora ser resguardado por una institución académica universitaria. En sus piezas interiores seguro tendría más documentos. Pude ver libros que incluso yo había impreso para alguna institución y que prefirió no llevarse a París.


Su casa era estrecha. Tenía un medio patio con columnas toscanas de cantera (quizá antiguas), pero no me convencían de que pudiera ser una casa original. Acaso fue el tercer patio de una propiedad que tuvo que ser dividida pero la reconstruyó buscando recuperar su aire antequerano. Sus muros eran todos color blanco y tenía una servidumbre entrada en años, fiel a su carácter y modos, particularmente los del marido cuya sonrisa jamás apareció en ese lugar mientras yo estuve por allí. Al centro, una semifuente de cantera –no original– y al fondo su recámara con las puertas abiertas de par en par para su mejor ventilación, a falta de ventanas. Por eso la vi desde lejos. La sala de recibir estaba entrando a mano izquierda, con los libreros y credenzas llenos de papeles que ya dije. A veces nos sentábamos bajo su portal de tres lados, a causa del calor. Ella se emocionaba contándome y yo me emocionaba oyéndola. A don Bernard no le interesó nunca que su esposa hablara con un editor local de temas locales, pues jamás se sumó a la charla. Me parecía extraño, porque su padre fue Hubert Bernard Chastel, quien fue condecorado con el Águila Azteca por ser un productivo Director de la Sociedad Benéfica Franco Mexicana, Suiza y Belga (1978–1990). El presidente de Francia le concedió la Legión de Honor y fue Senador de la 5a. República francesa por muchos años. Fue don Hubard quien se mudó a Indochina a servir al protectorado francés que era entonces. Eso habría hecho que el joven matrimonio Durand–Chastel–Cordero–Avendaño se fuera más de una década a vivir a Camboya y a Vietnam, que entonces eran reinos y etnias en conflicto económico y cultural con sus colonizadores Francia y Japón, pero además, desgarrándose entre las ambiciones de comunistas chinos y capitalistas occidentales. Las guerras civiles de esas naciones acabarían por convencerlos de retornar a París, donde Carmen retomaría su interés en estudiar en la Sorbona. Tenía una vida llena de experiencias fuertes, pero su carácter le permitía soportarlo todo y aprender del entorno donde estuviera, mientras su marido se dedicaba a mantener el flujo de hule natural desde esas tierras del extremo oriente hacia la industria llantera en Francia, una tarea que le exigía habilidades de diplomático y de comerciante. Tenía más vínculos con México que los que uno hubiera pensado, pues pasó parte de su juventud en la capital del país.


Un día le pregunté porqué había elegido la Conchinchina para hacer estudios etnológicos. La razón fue el amor a su esposo que tenía su empleo allá. La doctora Cordero me dijo que había sido un importante enviado francés encargado de gerenciar la producción hulera. Gracias a ese floreciente negocio donde su esposo ejercía su trabajo, ella había podido vivir en Vietnam y en Camboya por años, pero no como turista y tampoco sin sobresaltos debido a la creciente inestabilidad política de la región pues la guerra caliente duró entre 1967 y 1975 y se le encimó la de Vietnam que acabó dividiendo a ese país en dos territorios rivales, como Alemania, como Corea.


Nunca llegó como una potencial etnógrafa a secas. Para empezar, la relevancia diplomática/comercial de su marido hacía que la pareja fuera hospedada en palacios y casas burguesas. Compartían mesa y tertulias con reyes y príncipes, embajadores y ricoshomes, toda la aristocracia y la nobiliaria que conformaban la corte misma de aquel inestable reino de fantasía, danzas hipnóticas y trajes de brocados que violentas revoluciones y guerras civiles apagarían con balas y cuchilladas, hambre y ruina. Pero eso vendría después. Doña Carmen parecía mantenerse siempre sobre una alfombra mágica, por encima de la realidad de su territorio e historia, de su atraso socieconómico y sus bellezas arqueológicas, arquitectónicas y urbanísticas. No porque turisteaba, sino porque su mirada sociológica le hacía meterse a profundidad a ciertas comunidades a entrevistar a sus pobladores, llevando guardias y salvoconductos con todo tipo de lacres y timbres, si bien llegar al interior del país no solo era riesgoso, tenía una lengua ininteligible para ella –tanto como el triqui y el tacuate– sino que había que vencer caminos de herradura, junglas densas y senderos mitad lodo mitad serpientes cruzándolas. La sorpresa llegaba de pronto con sus vestigios arqueológicos que aparecían a lo lejos o a la vuelta del camino, como Angkor Wat (sugiero buscar imágenes en intenet), un Teotihuacan camboyano. Ni el clima ni las sabandijas la hicieron rendirse en pos de su curiosidad. Doña Carmen se me convertía en un personaje como Sandokán y eso fue lo que me fascinó y me llevó a hacerle aquella pregunta a bocajarro, mientras me invitaba un agua de limón.


Lo que al matrimonio Durand–Cordero Avendaño les habría las puertas de las tertulias más animadas –así me las imagino– eran los relatos oaxaqueños que salían de la boca de doña Carmen, para ser escuchados por reyes, reinas, príncipes herederos, embajadores y artistas indígenas vietnamitas y camboyanos, creo recordar. Doña Carmen era la forma viva del tlahtolli de turquesa, ese glifo que emana de la boca del narrador como si exhalara un perfume hechicero. Allí sí doña Carmen daba rienda suelta a sus vivencias pues Oaxaca resultaría para sus anfitriones tan exótica e increíble como para ella estar allí y comprender que había ciertos parecidos intraculturales que sentía que debía estudiar más a fondo. Era como oírle contar Las Mil y una Noches oaxaqueñas... solo que flotando en los espejos de agua de los lodazales de arroz de Camboya y expandiéndose como el aroma de la romdoul, esa preciosa flor amarilla que empujaba como entre algodones a Buda hacia el “no/deseo” de las pasiones humanas. Lejos de las aulas de la Sorbona y próxima a la puerta del Nirvana, no tenía porqué ceñirse a ninguna metodología de pizarrón y sin embargo, estaba recibiendo a cambio información etnológica e histórica local muy valiosa, de labios de la clase letrada –educada en Francia– que conformaba esas cortes indonesias.

                        


§ 3

Doña Arcelia Yañiz cayó antes que yo fascinada de esos relatos que escuchaba de su propia boca y que quizás conoció muchos años atrás mediante un intenso carteo que habrían sostenido, pues ya era una periodista hecha y derecha, unos años mayor que ella. ¿Qué oaxaqueña había estado por tierras tan lejanas, tan distintas, tan exóticas y... y con similitudes. Pero eran indígenas asiáticos ya inquietos por la presencia de los aires revolucionarios de independencia y atraídos por el comunismo radical de los Kjemeres rojos, unos trogloditas de una crueldad sin límites a quienes los maoístas les habían lavado el cerebro con cloro y estropajo.


Nuestra gran periodista se subía con ella a su alfombra mágica y se emocionaban juntas hasta el éxtasis. Se lo platicaba a mi padre, don Néstor, por eso yo escuchaba de los fantásticos viajes de Carmen que se comprobaban viéndole usar aquí el típico nón lá, el sombrero de bambú cónico vietnamés, de dos aguas. Se lo contaba a quien le prestara oídos, pero logró algo más concreto doña Arcelia: se dedicó a ser su promotora literaria hasta lograr que se publicara su primer libro en Oaxaca (impreso en CDMX): Un estudio del derecho consuetudinario en Tlacolula, que llamó mucho la atención entre la élite intelectual, la política y quizás un poco menos entre la académica, pues no había aquí más estudios que los que impartía la Universidad Autónoma Benito Juárez: derecho y medicina... y quizás el Seminario, que ya no era un foco intelectual sino una vela con poca parafina. Las ciencias sociales como la etnología llegarían formalmente años más tarde. Si mal no recuerdo Gloria Ruiz de Bravo Ahuja –esposa del gobernador que luego fue secretario de la SEP– intentó innovar la academia provinciana fundando el IISEO, pero ¿alguien recuerda algo de tan promisorio como fugaz esfuerzo? Luego llegó el Instituto de Investigaciones Sociológicas a la UABJO.



§ 4

FONAPAS –institución pública federal– se encargó de imprimir ese libro apaisado en la Ciudad de México, pero lo hizo circular gratuitamente en la ciudad de Oaxaca. Un libro interesante, pero de formato impráctico. Volvió a decidirse por esa forma apaisada de libro cuando escribió sobre el Lienzo posthispánico de San Juan Chicomesúchitl, sierra Juárez, tema que nos entretuvo horas a ambos, hasta que cayó la noche y escuché “toser” al marido a mis espaldas. Fin de nuestro informal simposio.

La doctora Cordero Avendaño de Durand era muy celosa a la hora de recibir el crédito. Exigía que su ristra de apellidos apareciera en su nombre en portada. En ese aspecto no dejó de ser una mexicana en París. No aceptaba un “Carmen Cordero” a secas. Eso revelaba uno de los aspectos que más me intrigaban de ella. Yo no llegaba a los diecinueve años cuando ya había conocido su fama, pero no la traté sino cuando rebasaba yo los cuarenta y la traté durante la pandemia y la post por teléfono, hasta un par de meses antes de su muerte, que me tomó por sorpresa.


Era amena, pero ponía en práctica monólogos circulares que daban cuenta del valor de sus investigaciones y de la necesidad de publicar sus libros: “–He cedido mis derechos autorales al Gobierno del Estado, con tal de que publiquen mis investigaciones. Yo no cobraré un solo centavo. Usted me las tiene que imprimir”, me decía una y otra vez. Así ocurrió y el Instituto Estatal Electoral que dirigía Cipriano Flores Cruz le tomó la palabra y le sufragó al menos tres ediciones. No tenían que ver exactamente con el asunto electoral contemporáneo, pero sí con los usos y costumbres que ejercen a su manera la costumbre de mandar y obedecer, de los derechos y las obligaciones. El primero de ellos fue “La Vara de Mando”, con una bella portada en marrón sobre el que destacaba una foto de un bastón de mando con su listón tricolor empuñado contra el cielo azul. La foto la tomó Ariel Mendoza Baños. Si mal no recuerdo se hizo una reimpresión años más tarde. Explicaba allí que el bastón de mando tenía antecedentes como símbolo de poder de los coquis mesoamericanos. De acuerdo, pero el bastón tal como se ve hoy es también español y si le agregamos un listón tricolor se vuelve en automático republicano e independentista. Un símbolo político del poder, de la autoridad y de su legitimidad jurídica que adoptaron los pueblos indígenas oaxaqueños, herencia de los cabildos españoles.


Luego conocí el libro de sus investigaciones sobre el derecho cosuetudinario de los Triquis (Miguel Ángel Porrúa Editores le publicó ése y otros libros), en la versión en español. La traducción al francés le dio renombre a su trabajo en el claustro académico parisino. A partir de allí, sus investigaciones fueron preferentemente bilingües. En todos ellos aparecía expresada una gratitud reiterada a su mentor, el profesor Dr. Pierre-Bernard Lafont (1926-2008), director de la École Pratique des Hautes Etudes IVe Section del Institute de Sciences Historiques et Philologiques de la Université de la Sorbonne, corazón del Barrio Latino de París. El Doctor Lafont fue un personaje relevante en su tiempo. Experto en el catolicismo medieval francés, se inclinó por escribir la historia de las naciones de Indochina, que eran protectorados franceses y productores de una enorme cantidad de recursos naturales, entre otras las especias que fascinan en la cocina francesa. Era el patriarca académico de un grupo muy selecto de sus alumnos, entre los que contó a su pupila Carmen Cordero Avendaño de Durand, innovadora, rigurosa, esforzada, metódica y puntual… y para entonces más parisina que el queso Brie.



Ese edificio de la Sorbona, que ahora es solo un hermoso salón para titulaciones doctorales, fue antaño el escenario que pisó Carmen Cordero Avendaño para defender ante decenas de académicos sus tesis sobre lo que había escrito del Derecho Consuetudinario o de Usos y Costumbres del Pueblo Triqui. Era joven, me contó, y le temblaban las piernas y se le cerraba la garganta del pavor de pasar al Aula Magna de la Sorbona para sostener sus conocimientos y conclusiones. Fue entonces (en los 1970’s) que desde detrás del acceso al estrado el Dr. Lafont la fue empujando con decisión hasta que la dejó sola frente a todos esos ceñudos varones, pues mujeres no había y extranjeras menos. No viendo sino a aquellos como a “molinos de viento” arremetió con toda su inteligencia y pasó la prueba con sobrados méritos. Desde entonces no sería la misma ni como joven pasante del doctorado ni como mujer. Su temperamento se templó y pudo meterse a las comunidades indígenas muy equipada académicamente. Quién sabe cómo le hizo, porque siendo mujer tuvo que vérselas donde solo el varón tenía voz y voto, pero fue como si los pasara a cada uno por el confesionario, porque les iba sacando las palabras una tras otra y conforme más les jalaba la lengua, más remota era la historia que escuchaba, hasta que se fundía con el mito fundacional de la etnia investigada. De eso se enorgullecía. Había sido inédita su apreciación del mundo entre mágico–chamánico–católico–cósmico de sus estudiados. Allí radicaba su prestigio académico. En lo alto de ese follaje estaba el nido de su orgullo.


Casi nada sabía de los sucesos cotidianos de Oaxaca, excepto por lo que le comunicaban familiares y amigos cercanos. Oaxaca no aparece jamás en las páginas de Le Monde ni Le Figaro voltea a verla. Sin embargo sí estaba enterada del deterioro ecológico de Hierve el Agua, de que se había convertido en el botín disputado por un “caín” y un “abel” que reñían por la lana que cobraban por acceder a lo que se convirtió en una mina de oro para las agencias que organizan tours. A Carmen Cordero le hervía la sangre cuando supo que habían convertido en chapoteadero con paisaje lo que fue un sitio de rituales de pedimento de lluvia en el lejano pasado. Ahora “sus indígenas”, ante quienes siempre se mostró maternalista, no tenían más interés que en estirar la mano y coger las monedas de la tarifa que ellos impusieron a los turistas por ver el santuario que sus ancestros consideraron ombligo causal de su universo. Carmen Cordero veía cómo se enfrentaban entre sí, con saña, y lo peor era saber que el gobierno estatal, en lugar de actuar a favor de la preservación de un santuario prehispánico, se sumó al apetitoso ingreso de turistas con esa tesis de “progresismo económico” que siempre se sacan de la manga, sin escribir antes las reglas de tales futuros ingresos, que acaban por dividir a todos y a no dejar contento a ninguno. Hierve el Agua se convirtió así en un negocio privatizado a favor de dos comunidades indígenas que pelean por el monopolio de “su administración”, sin medir las consecuencias que pueda tener el turismo de masas consumistas en ese territorio proclive a la sequía, cuyo equilibrio ecológico está prendido con alfileres, pues no es una cascada de agua, sino de gotitas de ella petrificadas de tan arcaicas.


Hizo lo que mejor sabía hacer: estudiar, analizar, reflexionar y concluir en el estudio histórico y etnológico de ese pequeño punto detrás de Mitla, sin pasar por alto su contexto arqueológico. Si algo le distinguía era su trabajo en campo, minuciosamente registrado, grabado y fotografiado por ella. Carmen poseía la escuela francesa especialista en ese tipo de estudios, así que yo le publiqué “Cerros Sagrados...” donde analiza los cerros que circundan a Hierve el Agua y en donde cubiertas por la maleza aparecen serpientes de piedra de cientos de metros de longitud, lo que confirmaba sus tesis acerca de la sacralidad de aquel manantial a cuentagotas. Un segundo libro se lo dedicó solo a Hierve el Agua, el “templo mayor” de los cerros sagrados de los alrededores. Una foto de Alejandro Echeverría, muy bella, ilustró la portada. Se veía en escorzo la formación mineral que las gotas de agua fueron labrando por años, como lágrimas secas en el rostro de la impresionante montaña/retablo.



Luego reimprimí sus investigaciones sobre el derecho cosuetudinario de los Tacuates “El derecho consuetudinario indígena en Oaxaca”, tanto en español como en francés, luego “Quelques similitudes entre les civilizations Khmère, Aztèque et Maya”, que fue presentado en París y luego divulgado en Camboya, tanto en la versión en español como en la traducción al francés, que le dio renombre a su trabajo en el claustro académico parisino. El estudio comparado de las civilizaciones le había sido aplaudido por Claude-Lèvi–Strauss (1908-2009), el prefacio se lo escribió su gran amigo el príncipe de Camboya Sisowath Samyl Monipong (1941-2020) y en Oaxaca le había sido de gran ayuda en la preparación del mecanuscrito Carmelita Fernández Mondragón, a quien le da las gracias en las primeras páginas. A partir de allí, ella, quien había ido a conocer las plantaciones de hule, fue reconocida como embajadora cultural de Camboya y le fueron obsequiados cantidad de objetos tradicionales y algunos arqueológicos de aquella civilización, con los que ornamentó su casa de París. Haberla arrojado al ruedo el doctor Lafont hizo que en cada publicación apareciera un agradecimiento hacia su maestro: lo había hecho su amuleto bibliográfico de la buena suerte.


Se enorgullecía de haberse ganado la confianza de las más respetadas autoridades de los pueblos que estudiaba, al grado de que le mostraban sus códices originales, que ella retrataba. Había sido inédita su apreciación del mundo entre mágico–chamánico–católico–cósmico de sus estudiados. París le dio las herramientas metodológicas con que escribiría una decena de libros, teniendo que echar mano de toda la bibliografía en francés que hubiera de esos temas, pues ediciones oaxaqueñas las habría poco tiempo después salidas de las investigaciones de los Doctores Alicia Barabas y Miguel Bartolomé, del INAH-Oaxaca.


Es por eso que su archivo, fototeca y biblioteca eran su orgullo. Pero ¿cómo donarlo a México? ¿Cómo cargar un par de contenedores y mandarlos sobre el mar hasta Oaxaca? No existe ninguna oficina estatal ni municipal que ayude a los estudiosos en ese punto, ni siquiera a los cronistas de sus barrios. Aun no existe un refugio de bibliotecas particulares de intelectuales locales que sean salvados de la violencia de su saqueo y la desaparición en algún basurero de los alrededores.



Hablamos por teléfono en diciembre de 2025, y noté que su frustración era creciente. ¿A donde irían a parar los apuntes, fotos, diagramas, manuscritos, cuadernos de campo y demás que fueron sus herramientas para los estudios que hizo en Oaxaca, Camboya, Vietnam, etcétera?

Era ya una anciana solitaria pues su marido había muerto años antes. Su casa de París, que me hubiera gustado conocer, debió haber estado repleta no solo de libros y documentos, sino de piezas arqueológicas de la antigua Indochina, que funcionarios y mandamases importantes les donaban como gesto amistoso… y quizás para salvarlas del saqueo por las constantes revoluciones y golpes de estado en que vivieron por décadas.

Me preguntaba ella qué podía hacer con eso, porque no quería dejarlos en París. Una universidad de Chiapas se había ofrecido –de palabra, me dijo– adoptar todo su acervo y hacerle un edificio para mantenerlo como un Acervo de Investigaciones especiales, pero ella en el fondo de su corazón quería que eso se lo dijeran en Oaxaca. Nunca sucedió. Sus compañeros del Instituto ya estaban muy ancianos o jubilados como para meterse en un embrollo desconocido. Su esposo, experto en transacciones internacionales, ya había marchado. El Dr. Lafont también. No quería donárselo a un particular, pues quería una institución pública, como la UABJO quizá, como depositaria del trabajo de su vida entera. No sucedió. O más bien no lo sé… No sé qué será de sus colecciones personales de París y de Oaxaca, pues no le conocí descendientes.





Hablamos por teléfono dos horas en enero de 2026. Estaba deprimida. Yo era la oreja en que ella quería vaciar sus temores de vejez y sus muinas por los estragos físicos que se nos acumulan por el tiempo vivido. Así que una catástrofe la aterraba bastante: Su casa entera sería rematada a algún anticuario o echada a un contenedor de basura, imaginaba. Debió haber sufrido ese espectro como una pesadilla bajo el horripilante invierno parisino.


Desde el otro lado de la línea le dije que fuera a la embajada de México y expusiera su caso. Quizá a través de la valija diplomática pudieran retornar algunas cajas con sus documentos. Me contaba que tenía piezas arqueológicas de Camboya y Vietnam, que les habían sido regaladas al matrimonio, hasta que explotó la guerra de liberación contra Francia seguida de las guerras intestinas. El matrimonio retornó a París y las colocaron en su casa, convirtiéndola en un “gabinete de curiosidades”, gracias a ella. Además, mientras el marido se ocupaba de la logística y los negocios, ella se introducía entre la ruralidad del sur asiático y fue descubriendo las similitudes que había en cuanto a mitos, símbolos y costumbres entre las sociedades camboyanas, las aztecas y las mayas. Le publiqué aquel libro breve pero sustancioso de ello. Si aquí hubo una serpiente emplumada, en Camboya también, me contaba… Si aquí hay montañas sagradas como Monte Albán, Angkor Wat es la montaña de montañas sagradas camboyana. Ese libro fue otra estrella más en su frente académica. Pero todo ese valor cultural enfrentaba un futuro de incertidumbre para ella.


El problema se le complicaba día tras día. Me daba la impresión de que la salud mental de doña Carmen estaba divagando sobre su destino inmediato, que había algo que le impedía entrar en acción y salvaguardar sus archivos. Se había tardado demasiado en tomar esa decisión que debe hacerse en la plenitud de la madurez de nuestra voluntad… pero ninguno lo hacemos, es verdad.


–Tiene usted dos opciones, le dije. Dónelos a la Sorbona o traiga a Oaxaca lo que pueda. Las piezas arqueológicas entréguelas en la embajada de cada país y parta de una vez para acá.

–Pero es invierno y se acerca la navidad. Nadie me va a hacer caso, me contestó. Además son muchas cosas las que necesito repatriar.

–¿No hay un colega que le ayude?...


No lo había. No me dió nombre niguno. Nos despedimos prometiéndonos que buscaríamos alguna probabilidad. Yo habría pensado en la Hemeroteca, que fuera el conservatorio de sus archivos académicos y personales, pero como se sabe, la Hemeroteca no tiene expertos en eso. La UABJO puede que prefiera hacer un estadio a levantar una biblioteca de bibliotecas contemporáneas. La Biblioteca Pública Central, ya ausente doña Arcelia Yañiz, no tiene en qué caerse muerta. Ella había pensado en el IAGO, pero Toledo ya había fallecido. Total, un horizonte con puros ceros. Fue entonces que busqué por internet mudanceros internacionales y hallé varios. Tomé el contacto de uno y se lo mandé por el whatsapp. Era mejor que ella que sabía lo que tenía y lo que quería se los explicase, pues no parecía que esa mudanza fuera económica ni la típica de un menage de casa, pero la empresa de mudanzas prometían ponérselo dentro de su casa en Oaxaca, sin un rasguño, pagando lo que hubiera que pagar o descartando lo que no pudiera sacarse del país. Nunca recibí contestación de que hubiera recibido esa información. El celular, la computadora, el internet no los dominaba. Supongo que a sus 94 años de edad le sería riesgoso salir a mancharse los pulmones con el gris y helado invierno de París y buscar asesoría en la embajada nacional.




§ 5

Francisco José Ruiz Cervantes me informó de su fallecimiento. Otra fuente también me confirmó tardíamente la noticia. No estuve en su velación. No sé como ocurrió, si hubo algún ritual indígena porque creo que ella se lo merecía.


Pero no todo naufragó, porque quedan sus libros, muchos de los cuales le imprimí yo. Otros Miguel Ángel Porrúa, otros más el IEEPO, otros el gobierno del estado, el Instituto Estatal Electoral... Anexo a esta entrada una lista que se publicó en 2019 de esos títulos.


Durante la última llamada le insistí en si tenía apuntes biográficos. Me dijo que quizá. Le prometí que yo le editaría sus apuntes biográficos, para ver si así me escuchaba, se despabilaba un poco y lograba salir del laberinto emocional donde se hallaba. No. Nada funcionó. Nunca. En ninguna de las ocasiones que charlamos componiendo el mundo y pasándonos uno que otro chisme. Me temo que murió desconsolada y viendo un Oaxaca empinado en su auto decadencia. Los sucesos del 2006 le dolieron siempre. Su generación, compuesta por decenas de mujeres y hombres intelectualmente brillantes, fracasó en el instante de tomar consciencia de sí mismos y describirnos su tiempo, las ideas de su época, los sentimientos de su generación, lo que les frustraba y lo que los impulsaba. Muchos tuvieron los medios para hacerlo, ya fuera escribiendo, pintando, componiendo, etcétera.


Sus publicaciones oaxaqueñas

Quizás por eso gustan tanto las casas viejas que huelen a humedad en todo el Centro Histórico: porque todas guardan silencio… y polvo. De un modo u otro, somos hijos del Comala/Oaxaca rulfiano. No es un reproche. Es mi lamento personal.


Falleció el 1 de marzo de 2026 en esta ciudad de Oaxaca. La periodista Soledad Jarquín Edgar es la única que en vida le hizo una semblanza, que publicó en su libro de 2014 “Mujeres de Oaxaca” pero también publicó el muy documentado y sentido obituario que debe leerse en https://semmexico.mx/creo-que-mis-ojos-y-todo-mi-ser-quisieron-profundizar-ese-mundo-carmen-cordero-avendano/


Yo solamente he querido recordar sus investigaciones publicadas. Dejó en la orfandad miles de notas, cuadernos, fotos, apuntes, libros, folletos, reportes, correspondencia. Ojalá de entre todos ellos, alguno alcance a llegar por estas tierras, hallando el origen de su origen.


Descanse en paz, tan estimada doña Carmen Cordero Avendaño de Durand.

En el MACO, en 2018.