jueves, 10 de abril de 2025

LA BOTANA DEL PLATÓN CORONITA, UNA DE NUESTRAS BELLAS ARTES CULINARIAS




Texto de la conferencia dada el 9 de abril de 2025 en el

 

Salón Guelaguetza, Restaurante Coronita,

 



que fue extraído de uno de los capítulos del libro 


"HISTORIA Y GASTRONOMÍA


DE LA CIUDAD DE OAXACA", 


por Claudio Sánchez Islas. Carteles Editores. 

 


Platón coronita.


¿Qué nos pasó en la mesa oaxaqueña entre el sedoso foie–gras porfiriano y el tronante chicharrón? Aquél fue la estrella en los banquetes del Centenario nacional. El segundo, volvió para darle encanto a nuestra mesa regional, aunque a ambos la Revolución mexicana les pasó encima, como una trituradora. Habían caído los paisanos Porfirio y Pimentel, y en cuanto a la mesa y a la fraternidad social tuvimos que volver al kilómetro cero de la gastronomía. Rocinante tendría más pastura en su establo mientras los oaxaqueños no hallarían en sus platos de sopa algo mejor que lágrimas y lamentos, pues fueron “los años del hambre” en serio. Quizá debido a ello nuestros padres y abuelos no cesaron de fantasear con la comida, a veces de forma delirante. Pero a la larga, uno de los buenos resultados fue el Platón de botanas Coronita, una confederación de sabores tan nuestros que aun nos pone felices ipso facto. La camaradería volvió a nuestras mesas bajo su hechizo, mientras se vivía un prolongado periodo de estabilidad y progreso. 

A pesar de que en el siglo XX los periódicos vuelven su atención hacia el “comer oaxaqueño”, no dejan de hacerlo recordando o suspirando por los “viejos tiempos”. A veces se desahogaban con sarcasmos, como para exorcizar los “viejos buenos tiempos” idos ya para siempre; pero ni así escribirán la crónica culinaria de su tiempo ni publicarán recetarios ni la academia mostrará apetito teórico por el tema. En tiempos de conflicto, ¿quién podría mantenerse de buen humor para hacerlo? La parte positiva es que muchos soñadores anhelan crear una exquisita “cocina regional auténtica”, pero ya no afrancesada. Recordemos que entre 1911 y 1932, quienes residen en la Ciudad de Oaxaca vivieron con el Jesús en la boca… y comen entre mal y muy-muy mal debido al subibaja de generales, caudillos y gobernadores.

En este texto describiremos cómo el arraigo popular exprime sus últimas energías con que re–construyó esta nueva identidad capitalina de su mesa con lo que tuviera a su alcance, desde abajo, desde tiempos casi olvidados. El Platón Coronita llegará a ser uno de sus legados más originales, al grado de que se vuelve imitable como negocio restaurantero. Por la época en que es aclamado, ese estilo gastronómico ya es oaxaqueño cien por ciento y muestra tanta potencia que los gobiernos lo aprovechan como un “motor” de nuestro naciente turismo.



Vayamos por partes. Entre 1931 y 1932 el nombre de Oaxaca aparece en las primeras planas. Primero como tragedia, por el terremoto, y luego como resurgimiento cultural, por el hallazgo de la Tumba 7. El “Homenaje Racial” no trasciende al país en ese momento, pero hará germinar una nueva oaxaqueñidad, que más tarde sí se volverá internacional. Fueron los 15 meses que cambiaron el rumbo de Oaxaca. A partir de entonces, la atención de los medios masivos nacionales y americanos sobre nuestra Ciudad serán decisivos en la construcción de la imagen gastronómica de la Ciudad de Oaxaca, una novedosa, en la que el restaurante Coronita jugó un rol estelar, porque gastronomizó lo que fueran despojos y se comían con los simples dedos: asiento, memelitas, taquitos de moronga, chicharrones, patitas de cerdo, barbacoas, etcétera, el corpus de la alacena precarista. Fue un acierto y ensancharía la vía que ya había hecho el modelo gastronómico 7 moles. Éste solemne; aquél juguetón y chispeante.

Retrocedamos al derrumbe del estado nacional, tras el asesinato de Madero y Pino Suárez. Teníamos dos problemas diagnosticados por los impresentables carrancistas: Primero, apestábamos a “porfiristas” y segundo, padecíamos de “fanatismo católico”. Don Venustiano terminaría sus días bajo el “fuego amigo”, pero por lo pronto se propuso “purgarnos” y lo hizo con venganza y saña, una tan agria que para poder tragarla nos despabiló los valores gustativos de nuestro muy añejo pasado. El libro que hoy presentamos habla a profundidad de todo el contexto de nuestra cocina, desde cuando ni siquiera las zapotecas habían inventado el comal ni la tortilla hasta la versión más chic del mole negro. Por eso se hizo en dos tomos, pero hoy solo leeré un resumen de uno de sus capítulos que más estimo, aquel referido al renacer del modelo gastronómico 7 Moles, cuya ricura la ha subrayado Netflix y el paladar francés le ha concedido una estrella Michelín. Quiero agradecer a Cristina y a Carlos por ser anfitriones de esta presentación, que me enorgullece como autor, dado que la pronuncio en el que considero uno de los pilares de la historia gastronómica de Oaxaca. Por ello va dedicada a los creadores del modelo Coronita, doña Carmen Valle y don Raúl Luis.


VIAJEROS EXTRANJEROS: VOCEROS DE UNA CIUDAD MÍTICA

Hubo participantes muy influyentes en la expansión de la fama oaxaqueña en la primera mitad del siglo XX. El escritor Alfonso Francisco Ramírez publicó “Por los caminos de Oaxaca”1 en 1958. En él resume a docenas de mexicanos y extranjeros que vinieron atraídos por el imán arqueológico y neo–indigenista, que no gastronómico. Luego escribieron en sus países su experiencia oaxaqueña como un “viaje en el tiempo”. José N. Iturriaga2 recolectó a muchos otros, más contemporáneos. A mí me extraña que no incluyeran a la investigadora de la cocina post-revolucionaria doña Josefina Fernández de León, quien publicó nuestro primer recetario de ese siglo: “Cocina oaxaqueña”, en 1964, con guisados, bebidas y postres que conoció y cocinó durante su estancia en la Ciudad de Oaxaca, guiada entre otras por doña Concepción Portillo. Pese a que sus ediciones alcanzaban a miles de mujeres lectoras y cocineras en todo el país, no está en la lista oaxaqueña de visitantes ilustres, aunque lo fue.

El virreinalista Manuel Toussaint nos puso bajo los reflectores nacionales en 1926, denunciando tres cosas en su libro titulado Oaxaca: primero, la ruina de nuestros templos novohispanos; segundo, lo harapiento de los indígenas y, tercero, la comida local de restaurant como una fatalidad. Sin embargo, una joven periodista local apellidada Aragón alcanzó a desagraviarlo en el último minuto de su frustración culinaria. Lo llevó casi a empujones a desayunar un tamal de mole envuelto en hoja de plátano. Toussaint, quien no salía a la calle sin antes atildarse como un dandy, acabó describiendo en su libro el gran elogio de nuestros tamales de domingo. Se había rendido ante su finura gustativa, su aromática y su cromática. Su pluma parecía mantenerse hechizada por la suntuosidad del platillo. Todo Oaxaca le había parecido una “ruina”, excepto aquel anticuado manjar envuelto como un regalo por las chinas oaxaqueñas del mercado. No lo correlacionó, pero el mole negro de los tamales pertenecía al mismo arte que pudo retratar en las fachadas de nuestras iglesias, mientras las hojas de plátano fueron la aportación de las chinas oaxaqueñas.


Pero la hambruna, desnutrición, carestía, escasez, especulación y mercado negro de ingredientes, fueron “el pan nuestro de cada día” en tales décadas en que lo que nos “unía” era la enemistad generalizada. La adversidad alteró las alacenas y forzosamente a las recetas, que se fueron adaptando a las circunstancias. Doña Concepción Portillo lo vivió en carne viva. Por eso el modelo 7 moles que ella identificó en su valioso libro “Oaxaca y su cocina”, de 1981, contiene las cicatrices de tales tiempos, pero ahora nos suena como el clarín que al final del conflicto sí anunciaba una victoria oaxaqueña, no por sus generales sino por sus cocineras. Ella da fe de la utilidad del antojito citadino como el factor psicológico que hace más amistosa toda mesa. A diferencia de Josefina Fernández de León, que se preocupaba más que nada del nutricionismo, la señora Portillo sí describe algunas botanas y antojitos, que se gozarán cuando sea posible, porque reafirman el gusto de guisar y el de convivir, aun en medio de las desdichas.


Así pues, ante aquellas circunstancias ideológicas adversas que nos impuso el estado de guerra, doña Concepción Portillo anotó calladamente el festín generacional de lo que sobrevivió de su cocina de los abuelos, de hacendados arruinados, de fandangos y cumpleaños, etcétera. El paladar no desapareció, sino que se adaptó. Era la mesa que le quedó a la capital del estado tras el desastre, esto es: la cocina de chinas, a las que el oficialismo triunfante rebautizará como “proletarias”, para incluirlas correctamente en su victorioso sermón.

Entre muchas otras cosas, la Revolución mexicana impone en todo el país nuevos preceptos alimentarios, acordes a los del “proletariado” y la “modernidad socialista” utópica. Dan risa cuando se leen actualmente, pues copió el modelo nutricionista y vitaminista norteamericano. Los vencedores se obsesionan por “nutrir” a su población porque deberá empuñar como nunca los arados, hoces y martillos, porque para eso les dotó de tierras y les prometió fábricas. Era una patraña. Tierras sin capital de trabajo ni mercados no concretizarán el progreso revolucionario, al contrario. Juzgaron desde sus escritorios que nuestros moles eran telarañudos, que las botanas grasosas solo nutrían nuestro “fanatismo” y que el mezcal nomás perpetuaba la embriaguez de peones improductivos.


Sí me es posible afirmar que el oaxaqueño rural poseían un paladar disfrutativo y gastronómico, y que se entregaban a él con gusto y organizadamente, pero solo a partir de las cocinas y mesas de mayordomías de sus pueblos, donde el plato fuerte debería guisarse con alguna carne. Sin embargo, en Oaxaca la legislatura pro carrancista las prohibió acusándolas por “despilfarradoras y fanatizadoras” de la religión y para remacharlo cerró iglesias y escuelas donde sacerdotes y monjas enseñaban primeras letras. Sin embargo, la fama internacional que ya mencioné nos hizo reservarle un lugar en “nuestra mesa” a un convidado de mucho peso: el paladar norteamericano. A partir de los 1940 se convirtió para Oaxaca en un factor que había que tomar en cuenta: era un comensal aventurero sí, y con creciente influencia en los medios masivos de comunicación internacionales, pero no con el estómago ideal. Muchos fueron arqueólogos, antropólogos, periodistas… Los mercados eran recorridos por ellos cámara en mano, pero aunque desfallecieran no se atrevieron a beberse una horchata, por ejemplo. Solo comían la “cocina internacional” en sus hoteles porque temían esa incómoda represalia intestinal del tlatoani: la venganza de Moctezuma. Lo mismo estaba haciendo Toussaint, quien confesó que aborrecía la hora de comer el estilo internacional o francés en tales restaurantes. Para colmo las zonas arqueológicas de Mitla y Monte Albán, tan masivamente visitadas, carecieron de sanitarios por décadas. Eso no obstó para que le sirvieran al famosísimo torero Rodolfo Gaona un banquete en Mitla. El “Califa de León”, retirado en el cenit de su gloria, turisteaba con su esposa española en Oaxaca. ¿Qué clase de banquete campestre le fue servido en el prehispánico palacio decorado con grecas? La nota solo dice que Samuel Mondragón le cantó aires oaxaqueños, quizá pasodobles y chotices.


Los reflectores comenzaban a dirigirse hacia Oaxaca, aun tan encerrada en sí misma y tan venida a menos. En medio de esa decadencia, brotó de su cabeza la azucena gastronómica. Era como si volviera a palpitar desde los anafres, fondas y cocinas domésticas la mítica princesa Donají, pero como la princesa de las guisanderas de fonda. Los oaxaqueños de entonces abrazaron con más fuerza lo legendario de su terruño. Fundieron el mito con la arqueología practicada en Monte Albán, pues les cimbró hasta la médula el descubrimiento de Caso. No. Ya no eran “cuentos” imaginarios de ancianos desdentados. Era verdad de científicos. Los extremos se acariciaban y la prensa nacional e internacional daban rienda suelta a reportajes con fotografías, opiniones... y fantasías neoprehispánicas. Además, las joyas de la Tumba 7 serían exhibidas a los vecinos de la Ciudad de Oaxaca. Casi podrían tocarlas a través de las vitrinas ¡y eran de oro!… Aunque no pudieron entenderlas, las sintieron como esa parte que le faltaba su ser. Engrosaban su orgullo y reforzaba sus mitos de origen. Todo esto sucedía cuando la capital del estado permanecía estancada en la peor de las penurias y sus zonas arqueológicas y sus joyas virreinales estaban también en ruinas. Precisamente a causa de ello, del asombro colectivo salieron chorros de optimismo y autovaloración, que tuvieron consecuencias gastronómicas. La arqueología mexicana daría más sorpresas en otras lejanas latitudes del país, pero no pondría de pie a una sociedad entera como lo hizo en esta Ciudad en 1932.


EL GUSTO GASTRONÓMICO DE LAS FONDAS LA ABUELITA Y CORONITA

Comer en la Ciudad a mediados del siglo XX tuvo como un parteaguas la apertura de la Carretera Panamericana y la construcción del mercado 20 de Noviembre. Éste fue diseñado específicamente para comideras. Aunque pareciera una nave industrial americana, su tradición gustativa era antigua. No se apartarán de sus platos fuertes que pertenecen al canon de los 7 moles, esa magnificencia cuya mitología da sustento a la autenticidad. El nuevo comensal y el parroquiano deberán comer el menú regionalista. En contraste, los restaurantes clase “english spoken”, que persistieran en ofrecer “cocina internacional y francesa”, ahora deberán encarrilarse en la cocina de moles, tortillas y chocolates... o desaparecerán. El viejo menú, más próximo al gusto virreinal que a la modernidad del régimen postrevolucionario usará como caja de resonancia a los grandes medios de comunicación nacionales, en particular la televisión. La cocina de la Ciudad de Oaxaca nunca había tenido los reflectores encima describiéndola con fruición no contenida. Raúl Velasco, Jacobo Zabludovsky y Jorge Saldaña transmitirán en vivo sus elogios. Don Raul Luis les hace el pormenor de la gula oaxaqueña, no sin un toque de picardía, que exalta lo afrodisiaco de los chapulines y la virilidad del mezcal. La china doña Dina Rodríguez, nuera de La Abuelita, aporta su experiencia cocinera. José Estefan Acar, funcionario tehuano de origen siriolibanés, es el desprendido diplomático que promueve lo mejor del estilo barroco oaxaqueño. Alrededor de la rica mesa común, actuando como un staff, fueron conformando líricamente como un rompecabezas las mejores partes del todo gastronómico que ahora era nuestro blasón expuesto en cadena nacional. Quien viniera a Oaxaca querría comer precisamente eso: lo auténtico, histórico y sabroso. La Panamericana era un aliciente para que los compatriotas emprendieran la ruta hacia estos Valles Centrales. La guisandería de chinas estaba desbordando los buenos ánimos, pero había llegado la hora del nacimiento de un nuevo servicio en la restaurantería. El emergente Coronita captaría muy bien esa naciente “necesidad”, pero ¿cómo? ¿con qué? El Platón Coronita es el inicio de la larga respuesta.

Recordemos a título de paréntesis lo que escribió el teórico francés Jean François Revel acerca de las “cocinas cerradas” y las “abiertas”. No estaba reflexionando del caso de México, sino de Francia, que estaba enredada en una polémica respecto a su propia cocina, mesa y convivio, devastadas por la Segunda Guerra Mundial. Las “cocinas cerradas” son las de la tradición, las que no deben cambiar porque son históricas, porque guardan celosamente la tradición rural. Las segundas son las de ciudad, las vanguardistas, las que deben estar cambiando siempre para seguir sorprendiendo al comensal urbano. En su ADN está la evolución sin fin. Esa es su tesis a grosso modo.

¿Cómo nuestro menú histórico pero tradicionalista y de cocineras anónimas, ejemplo claro de una “cocina cerrada” como es el 7 moles, comenzó a abrirse paso a partir de los 1940’s?

Fue la mano femenina la que puso al mal tiempo buena cara, y sacándole jugo a lo que hubiera disponible en su alacena se convirtieron en las autoras de la evolución desde la gran cocina criolla del siglo XVIII3, dándole la espalda al afrancesamiento del XIX, hasta re–escribir el gusto popular del XX, vigente aun. En el fondo, fue una astucia para su propia supervivencia y gozo, así fuera gustando un tentempié que se llevaba a la boca con los dedos, estando trabajando, de pié o caminando para realizar un mandado. La voz botana, es bueno saberlo, se refiere a un “remiendo” expedito que se le ponía a una barrica para que no se escaparan las gotas del licor. El uso popular le dio la connotación de aperitivo, entremés, piscolabis, colación, refrigerio o tapa.


LLEGADA DE LA CERVEZA CORONA A OAXACA

Tras sobrevivir a la bancarrota de la crisis financiera de 1929, estrategias de venta más audaces de la Cervecería Modelo harán que se busque a nuevos vendedores en todos los rincones a donde llegue el ferrocarril. La Ciudad de Oaxaca será uno de ellos, pese a estar en el sótano económico. El joven matrimonio de Raúl Luis y Carmen Valle, recién casados y quienes no tienen patrimonio qué perder, será uno de sus protagonistas, pues se la jugarán con la marca en su minúscula tienda de abarrotes, buscando superar los ingresos que los víveres no les dejan. Otras cerveceras industriales ya tenían presencia local a través de antiguos distribuidores, pero eran comisionistas que la vendían por reja. Los Luis Valle hacen otra cosa: la enfrían mucho con hielo picado, y la destapan y la despachan con la memelita con asiento, queso y salsa que doña Carmen, siempre risueña, no paraba de hacer en su pequeño comal de trastienda del mercado. La Panamericana había abierto un flujo de visitantes que había que atender. La trastienda sin nombre llegó a tener tanta demanda que don Raúl vendía un furgón de tales cervezas a la semana. No es ocioso dibujarse esa escena, lo divertido es imaginarnos a su compañía: un furgón de memelitas, de chicharrones troceados, de costillitas fritas, etcétera, etcétera. Coincidió la gran capacidad mercantil del matrimonio Luis Valle con una primera campaña nacional que emprendió la Cervecería Modelo en 1950, a la que llamó “Caravana Corona”.4


Los mercados guisan lo que el pueblo llano les demanda. Las chinas hacen malabares para hacer gratas las ollas, dosificando al mínimo las especias caras y los ingredientes que considera “superfluos”. Analicemos por ejemplo las entomatadas, que en el siglo XVIII iban rellenas del complejo picadillo; o las enfrijoladas, que usaban pan francés, pero ante su escasez, las señoras no dudaron en probar con tortillas sofritas para empaparse del caldillo oscuro aromatizado con hierbas. Hicieron otro hallazgo culinario, vigente hasta el presente. El paladar también se va adaptando a las “vacas flacas”. Los chilaquiles serán otro ejemplo. A nuestra incurable añoranza gastronómica le tocará completar todo sazón perdido.

Ahora bien, ¿por qué empleo el nombre de un restaurante en particular, el Coronita, y no el de una fonda del mercado? El núcleo socieconómico de ambos fue el mercado de la Ciudad de Oaxaca. Su clientela primigenia también. La fonda La Abuelita, por ejemplo, nació de un anafre callejero, en la esquina del antiguo templo de San Juan de Dios,5 hacia 1890. El Coronita, aun sin nombre, surgió también del anafre y comal pero improvisado en una tienda de abarrotes, que abrió sus puertas frente a la fachada lateral del mismo templo, medio siglo después. En cuanto a autenticidad e historicidad gastronómica no hay diferencias sustanciales. Las comenzará a haber en el servicio, que les marcará rumbos paralelos, pero no idénticos. Esa innovación del servicio en la gama de la restaurantería de la Ciudad de Oaxaca fue como le dieron al clavo y pronto colocaría al Coronita en un nicho de mercado, que ofrecería al cliente una mesa, ponerse cómodo, ir a lavarse las manos y escuchar una marimba que complace a la chorcha con su suave cadencia provinciana. El concepto de servicio hoy parecería una obviedad, pero no entonces. Pondré un ejemplo. Su competencia estaba en los ricos moles de la fonda “Doña Elpidia”, que poseía una guisandería de primera. Sin embargo aquella nunca tuvo más que un único mesero. Había decidido quedarse petrificada en la mesonería del siglo XVIII... y decayó. Con su establecimiento y su presencia en la TV, el Coronita hace pasar de cocina emergente a cocina regionalmente fuerte a la de la Ciudad de Oaxaca y desde entonces sigue progresando en este rubro. Por otro lado, las fondas dentro del mercado hacen otro tanto, pero al ser tan pequeñas, obligan a la rotación de comensales ante la demanda por lo que es imposible que haya sobremesa, como sí se da en el Coronita. A éste le tocará estimularla y para ello nada mejor que el estilacho del mesonero don Raúl, encantador cuando servía sus mesas. Era un anfitrión exquisito y a través de sus manos nos llegaban las delicias humeantes y las bebidas hidratantes.

A la joven Carmen Valle, ya famosa por su fogoncito y quien madrugaba en su tiendita para hacerse de mercado, los locatarios comenzaron a llevarle ingredientes para que se los cocinara pagándole el servicio. Todo era modesto, excepto su gran sazón. Doña Carmen, huérfana, había aprendido en la escuela de monjas a sacarle la mejor parte a lo más pobre de la alacena, a los despojos, a los huesos, a las hierbas, a los chiles secos, a las tortillas y a los frijoles, a la manteca, al asiento, a la carne oreada, al queso y al quesillo de Etla, a los caldos y las sopas y no se diga a los guisos de fiesta: Moles y estofados. Encender el carbón de un anafre y dominar un comal, eran cosas que había aprendido desde chiquilla ayudando en la cocina del convento del Divino Pastor, cuyas monjas –quienes le habían dado albergue– recorrían las calles solicitando “por caridad” alimentos para sus pupilas. Esa fue su escuela.

Por su parte, quien llegaría a ser su esposo, había nacido en el barrio de “El Niño [Dios]” en la antigua Villa de Zaachila, por eso conocía muy bien toda su cocina basada en el cerdo, oficio y obraje que les venía desde el virreinato: costillitas fritas, chicharrones, biuxes y asiento, patitas en vinagre o en escabeche, sangrita o moronga… y salsas picantes pero sazonadas. Cuando joven vendía en otras poblaciones del Valle estos productos en sus días de plaza semanarios y eso le llevó a conocer a muchos productores que al paso del tiempo se convirtieron en sus proveedores de barbacoa, tortillas, mezcales, panes, chiles, hortalizas y demás. Su carácter amistoso y la seriedad en el trato hizo que ese vínculo entre posadero y productor se mantuviera por años, repercutiendo en un estándar de calidad en sus platillos cuando, por razones de su éxito, buscó un local propio más grande. Lo halló hacia 1948 en donde siguen sus puertas abiertas hasta la fecha, en este domicilio, donde no quiso abrir una cantina ni una fonda, sino un restaurante familiar.


Como dije, la Ciudad buscaba cómo modernizarse. Halló la clave intuitivamente. No existía el marketing, pero algunos poseían la sensibilidad que antecede a esa herramienta profesionalizada de hacer negocios. Don Raúl sabía que en el servicio podían caber novedosos componentes por descubrir. Piensa y repiensa cómo sorprender siempre a su clientela. Ésta no ha ido a nutrirse, sino a placerse. Así pues, dado que el platón Coronita iba a tardar un poquito, una clayuda tostada con asiento y queso fresco espolvoreado aparecía como por arte de magia del brazo extendido de don Raúl Luis, que así sorprendía a todos. Ni siquiera había uno visto la carta cuando la sensación crocante de una primera mordida nos auguraba lo mejor. Se trata de la clayuda primigenia, de barrio, de la que no dejamos ni las morusas. Así fue antes y así es hoy.

Carlos, es una fortuna tenerte a mi lado. Compártenos la radiografía de tal delicia, por favor:

La tostada se hacía con maíz de Zimatlán, se cocía por leña traída de los montes de Huayapan; se embarraba con asiento de Zaachila, se espolvoreaba con queso fresco de Etla, sobre un comal de barro de Tlapazola, recubierto con cal de San Antonio”… Los tres Valles Centrales intervinieron para hacer esta delicia gourmet a partir de una clayuda rústica, pero dorada tan finamente que su crocantez aun sublima a la tortilla de maíz, cuando pareciera que una tortilla de maíz ya nos lo había dado todo.




La súper tostada con asiento y queso. Al lado, mezcal con gajos de naranja.
Un manjar de clayuda.



Los mayores estimulaban la plática con un destilado diáfano de Santa Catarina Minas. El paladar, así agasajado, invitaba a pasear la charla, antes de entrarle al lento verano de los moles y sus aromas, platos de gran estilo, como el negro y el chichilo, especiados, oscuros y a la vez brillantes; los herbales como el amarillo y el verde; los dulzones: como el coloradito, colorado y manchamanteles; y los de frutos secos como los almendrados, además estaban los ricos caldos. Luego, para enjuagarse la boca y dejarla presta para las mieles y turrones se recurría a la nieve de leche quemada con tuna, o limón rayado, y enseguida a la gula de la dulcería conventual en el postre. De digestivo, un te de “yerba de borracho”. Nada nos había quedado del menú afrancesado para entonces. El menú regio son los moles de la tradición, el sazón es lo que aportan las chinas y en el Coronita comienza la innovación de retomar en serio el entremés, ese picoteo que rompe el hielo, que abre el apetito, que nos conecta con lo más grato de nuestro pasado a través del paladar.

El Platón Coronita” no tiene antecedentes en la restauración local de su tiempo. Las cantinas de antes pudieron haber servido botana toda desencuadernada, pero no crearon el “Platón Coronita”, ese servicio integrado por variados entremeses golosos que se convertirían en el platillo insignia del joven restaurante. Según la prensa local de la primera mitad del siglo XX, a la hora de botanear, la mayoría de cantinas practicaban el deporte de “dar gato por liebre”… amén de ser loberas de machos. Las fondas del mercado tampoco se esmeraron en conjugar botanas diversas en un solo servicio, pues su clientela demandaba mesa, no sobremesa.

Al agregar las cervezas y los mezcales, el Coronita no sacrificó la botana, al contrario, la sazonó con todo el garbo posible, pero su precio no dejó de estar al alcance de la clase popular, que hizo suyo al famoso platón que, poseyendo el lenguaje universal del paladar se disfrutaba creando de inmediato un ambiente feliz, sin distinción de clases sociales, sexo ni edades.


Al Coronita llegaban tanto la élite política e intelectual, como las clases populares y altas, el vecindario de paladar a la antigua así como el curioso forastero. Se convirtió en el sitio donde se citaban a comer el matrimonio de Rufino y Olga Tamayo y sus amistades, por lo tanto, allí llegaban periodistas locales e internacionales, intelectuales, sus invitados extranjeros así como funcionarios. Tamayo era por entonces el rock star del arte contemporáneo mundial. Tenía gustos gastronómicos muy oaxaqueños, pese a que en su pobre niñez Oaxaca no le ofreció mayor cosa, pero él magnificaba en su orfandad infantil el placer de las golosinas populares que quizá entonces sólo se comió con los ojos.


Hacia los 1970’s el platón Coronita causaba verdadero furor. Pediré a Cristina me ayude a describir sus elementos, porque nadie mejor que ella para hacerlo:

Carnita de cerdo frita, costillitas en adobo con vino blanco, sangrita con harta yerbabuena, trozos de chicharrón, manitas de puerco en escabeche, memelitas con asiento, barbacoa de chivo, queso bien asado y aromático, quesillo que olía a hierbas, chintextle muy pero muy picante, otras salsas sabrosas, consomé del día, rociado todo ello con cervecitas “Coronitas... tan buena la grande como la chiquita”...

Tanto La Abuelita como el restaurante Coronita y las aguafrescas de Casilda aun mantienen sus mesas abiertas, plenas de sabor y calidad, soportadas por el valor culinario de la autenticidad, es decir la confiabilidad de su legado. Otros restaurantes imitaron la fórmula y tuvieron éxito, pero ya cerraron sus puertas: Doña Elpidia, Clemente, Cabo Kennedy, Yalalag, Mi Casita, Ñuu Luu, El Típico y La Flor de Oaxaca. A principios del presente siglo los chefs modernizarían el estilismo, sin cambiar de alacena. Los tiempos no se detienen y recorre el mundo una tribu llamada “nómadas gastronómicos”. Eso es lo actual. Su paladar tiene influencia a través de las redes, lo que puede ser bueno, pero la experiencia nos dice que podrían publicar juicios erróneos o maliciosos.

Antes de concluir demos un corto pero último paso atrás del modelo Coronita, porque debo mencionar que la sociedad capitalina había tenido que superar un desánimo general a causa del terremoto, los conflictos y tragedias que parecían no tener fin. Por los años de 1940 no se estilaba “salir a comer a un restaurante, ni festejar en él un onomástico”, me dijo don Miguel Ortega cuando le entrevisté sobre la cocina de mediados del siglo pasado. Remontémonos a una época donde las ollas estaban secas, pero la inquietud social bullía a lo loco y no faltó el nito que publicara sus diatribas con la tinta renegrida de su bilis. Me refiero al periodista Ernesto Hernández, apodado “don Argumento”, por haber titulado así a su pasquín. En éste publicaba “recetas” no para matar al hambre, sino de risa a medio Oaxaca, pero de odio a la otra mitad. Sus páginas polarizaban “la lucha de clases” oaxaqueña, siendo él su propio agitador. Por ejemplo publicó entre muchas esta receta de su repertorio de “chef anarquista”: “Regidores en escabeche. Los regidores son “deliciosa ave de corral” –es decir unos gallinas...–. Este bocado es exquisito pero sabiéndolo condimentar. Para ello escoja a un regidor, gordito, déle un baño de lejía, después téngalo en vinagre, siquiera unos doscientos años, procurando que la salmuera sea hecha de formol, creolina o de amole, enseguida con una amoaza –rastrillo de caballeriza– o con una teja refriéguelos escrupulosamente en los pies hasta quitarles una especie de chichilo que tienen en estos miembros… etcétera. Cocina delirante o surrealista. En último caso incendiaria.

Boquiflojo, don Argumento pone en práctica sus palos de ciego gastronómicos, buscando eliminar a todo lo que según su olfato huela a religión o a porfirismo afrancesado. Pero es en su publicidad en donde hallamos algunos datos interesantes del comer en tales épocas en la Ciudad de Oaxaca. Por ejemplo a la botana la llama abrehambres y se sirve exclusivamente en las cantinas. Da razón de algunos nombres, pero no pasa a describirlos gastronómicamente. Sí en cambio, para seguir amoscando a los porfiristas, declara su asco tanto al coñac como al pulque y sus elogios pantagruélicos al destilado de agave: “No tomar el exquisito mezcal de Chucho Ortiz, –dice– es tanto como entregarse amarrado de pies y manos a sus enemigos. Sálvese, aliméntese, nútrase tomando el mezcal de los bohemios”… Los mezcales más afamados por el proletariado, señala, son los de Catarina Minas, el Amatengo y el de Ejutla. Gracias a sus anuncios sabemos que la cantina “El Cisne” ofrece de botana tacos variados; aunque se ahorra decir de qué, informa que le consta que en tal establecimiento sus fichas de dominó las han restregado con agua y jabón. Nos dice que en la cantina “La Unión” amén de beber cervezas, se puede comprar el mandado, el azúcar y pastas para sopas; que en la cantina “El Bosque”, sirven de botanita chicharrones “sin granos” y usan palillos “nuevos” y no “baboseados”, como acostumbran sus competidores. Señala que si uno es cachado con una copa de mezcal en la mano es evidencia de estar en el bando de los buenos, pues es la bebida del pueblo. Conoció las cantinas de Oaxaca como nadie. Sus burlas son ocurrentes, pero vitriólicas y sus recetas prosaicas. Medio Oaxaca quiere matarlo con su propio periódico como si fuese esa mosca que hace necios círculos sobre el plato de mole. Sus artículos han llevado a huelgas locas y a conflictos laborales que acaban con el cierre de modestas empresas. Él mismo escoge los postes donde colgará a sus “enemigos de clase” y los exhibe… Como consecuencia, los habitantes de la Ciudad se saben irritados y se miran entre sí con recelo. Don Argumento se mofa del gobernador García Vigil, quien yace anestesiado en un quirófano. Hasta que llega un día en que enrolla su lengua viperina en el cuello del arzobispo y éste lo excomulga con una bula clase relámpago y desde cada púlpito de la ciudad le tiran con todo, como a un payaso de circo. Decide huir, pues a su enemigo García Vigil lo terminarán fusilando y ha pisado tantos callos que ya no encuentra sombra que lo proteja. Huye de la ciudad, a la que tanto ha vapuleado, pero no sin antes derramar la última gota de veneno con esta rimada crítica neo/azteca dirigida al señor gobernador. Un chivo en cristalería sería un muñeco de peluche en nuestro sillón, pero él, socarrón y provocador publica una diatriba contra la costumbre tan oaxaqueña de ir al Lunes del Cerro. Escribió lo siguiente6:

El Lunes del Cerro. El Lic. Camacho ha escrito un primorosísimo artículo publicado ayer bajo pseudónimo de Mazepa con motivo del lunes del cerro en donde dice que se tomaba[n] en el Fortín, los “tamalli” y el “atolli” en los “teocalli” que elaboraban los de Xochimilli” y digo yo que es una “lastimalli” que el “Gobernadolli” tenga de “diputalli” a un “holgazanalli” que se ocupa de tales “babosadallis” habiendo otras cosas tan “interesallis”.

Aun tomándolo como guasa, nuestro robespierre de huarache se había pasado de tueste. Irrita como un chile crudo. Reflejaba que la “oaxaqueñidad” en su tiempo había caído en un abismo. Ese personaje había abusado de su intolerante pluma, pero la psique local ya estaba buscando otra cosa de qué asirse antes de autodisolverse bajo la presión de los anarco revolucionarios, y la fue hallando en una nueva fraternidad que cuajaría a paso firme a partir del “Homenaje Racial” en honor a la Ciudad de Oaxaca, por el cuarto centenario de su fundación, justamente en el Fortín, un Lunes del Cerro del 25 de abril de 1932. Este festival popular y escolar de música, danzas, trajes regionales y la antojería popular en plenitud, ejecutado en el cerro del Fortín en el mes de abril, incendió la esperada aurora de la convivialidad del oaxaqueño. Un relámpago la había inspirado apenas antes: el hallazgo de la Tumba 7 de Monte Albán. Por fin, bajo el cielo azul oaxaqueño, las leyendas del mundo mesoamericano y del barroco empezaban a estrecharse la mano y comenzó un momento inolvidable.

El Platón Coronita es, me parece a mí, la expresión de una anhelada fraternidad que se expresó con el vocabulario de la gastronomía popular, cuando más lo necesitábamos: Como una cocina que sacia, sí, pero sobre todo fortalece el corazón de sus comensales.


Claudio H. Sánchez Islas.

9 de abril de 2015, Ciudad de Oaxaca.


1Francisco Ramírez, Alfonso. (1958). Por los caminos de Oaxaca. México. Talleres Gráficos de la Nación.

2Iturriaga, José N. (2009). Viajeros extranjeros en el estado de Oaxaca (siglos XVI–XX1). Gobierno del estado de Oaxaca. El autor escribe de gastronomía nacional, de viajeros, es miembro del Conservatorio de Cultura Gastronómica Mexicana y participó en la elaboración del expediente con el que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad a la cocina mexicana, en 2010. Para más infomación: http://www.joseiturriaga.com/

3La recetaria que contienen los libros Anónimo de 1829 y José Moreda, de 1832.

4Alrededor de esa campaña publicitaria varios negocios de comida asumieron el nombre de esa cerveza de la cual eran clientes, en todo el país, quizás entusiasmados o alentados por el crecimiento de su preferencia entre la clase popular. En Oaxaca hubo un refresco local llamado “El Rey”, que aparecía en los actos protocolarios de los Ayuntamientos en los pueblos rurales de Oaxaca. Me tocó ver cómo ornamentaban su presidium con tal refresco, que poseía tantos brillantes colores como saborizantes de frutas ofertaba. En muertos, en los panteones, los dolientes llevan Coca Colas o cervezas en su envase original y los colocan al pie del altar o de la tumba de su difunto. Es un tema que han descubierto y aprovechado los fotógrafos, pero no los etnógrafos.

5Allí se fundó, según la tradición, la primera ermita fundacional de Antequera, dedicada a Santa Catarina Mártir y fue en los primeros años de la colonización la primera catedral de Oaxaca.

6Julio 17 de 1922.

miércoles, 5 de marzo de 2025

DR. ODAVIAS MARTÍNEZ SORIANO. UNA VIDA DEDICADA A LA MEDICINA Y A LA ENSEÑANZA UNIVERSITARIA

El estimado autor Dr. Odavías Martínez Soriano, escribió y publicó su último libro, de carácter autobiográfico, para dejarlo como herencia a su familia. Se publicó en enero del presente 2025. Fue una edición de cien ejemplares.

Su portada es la siguiente.

Foto de sus tiempos cuando acabó la carrera de Médico General, en la UABJO.


Falleció el 4 de marzo de 2025, a la edad de 77 años, y fue sepultado en su natal Zapotitlán Palmas, Huajuapan de Léon, población de la cual escribió una monografía con el mismo título.

A modo de In Memoriam, publicamos la introducción que hizo en su postrer libro, despidiendo así al autor, al amigo, al hombre cálido de trato e idealista social. Le conocimos como Secretario General de la UABJO, cargo que desempeñó en cuatro rectorados. Allí inició, a fines del pasado siglo, nuestra amistad, mediante el servicio de impresiones de papelería a su oficina, y más tarde libros universitarios y al final, libros personales, cuando se jubiló. Descanse en paz este valioso amigo mixteco. Nuestro pésame como Carteles Editores a su familia. 











domingo, 12 de enero de 2025

Historia de la Virgen de la Soledad de Oaxaca, por Selene García Jiménez

Se publicó hacia el final de diciembre de 2024, un libro fabuloso, extenso y profundo, titulado: “Imagen, santuario, culto y patrocinio: la Virgen de la Soledad de Oaxaca, 1682-1819”, con algunas ilustracones, de la historiadora Selene del Carmen García Jiménez, ex alumna de la UABJO y ahora investigadora del IEE-UNAM. La obra aparece como coedición entre el Ayuntamiento capitalino y la UNAM. El ejemplar que leo se lo debo a la cortesía bibliográfica de Efraín Velasco. Su portada es la siguiente:


Portada de la edición, 2024.

La Virgen de la Soledad es la sacra patrona católica de la Ciudad de Oaxaca, antiguamente del obispado entero y hoy, de toda la geografia estatal, pues en cada iglesia por pequeña que sea, siempre aparecerán tres advocaciones de María: la Virgen de Guadalupe, la Virgen de Juquila y la Virgen de la Soledad. Las he podido ver a lo largo de mis viajes al interior del estado. Vale escribir de este libro una reseña, así sea breve y contrastada con las ideas de la autora, oaxaqueña, si bien con los aires culteranos que impone el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM a todos sus discípulos. Eso es bueno pero renguea de una pata, al apostar a ser tan impecable según los cánones académicos del siglo XXI, que aprecian más el pizarrón que sus ventanas que les encierran en cubículos. La autora confiesa que para resolver el “rompecabezas” ha recurrido a dos disciplinas académicas: la historia social y la del arte. Dado el periodo que abarca su tesis de doctorado, faltó la fuente viva que solo la etnografía puede proporcionarnos, pero como es casi imposible hallar testimonios populares de la vida cotidiana antes del siglo XIX, para un académico que requiere de fundamentar sus dichos resulta un problema imposible de resolver. Si bien, en mi opinión, las expresiones populares de devoción actuales a las tres advocaciones, más mucha otras, son como el último estrato de un comportamiento social que viene construyéndose desde el momento mismo en que la historia y la leyenda se juntaron para dejarle en claro a los residentes de la Ciudad en el siglo XVII, que ésta era una ciudad elegida por Él, una “Jerusalén” por voluntad divina, de acuerdo al pensamiento de la época.

La investigación es de primera, de primerísima calidad, bien estructurada por la autora, al grado de parecer que hay simpatía entre ella y la sacralidad tutelar de Oaxaca.


Imagen actual, con que se celebraron los 400 años de su llegada a Oaxaca. 
Detalle fotografiado por CSI.

Por más devotos que seamos los oaxaqueños de La Soledad, siempre la miraremos tras el cristal teológico y no el “ilustrado” post–liberalismo bayonetero de la masonería siglo XIX, o peor, el pistolero “carranclán” de los caudillos norteños post-revolucionarios. La veremos siempre como la presencia solidaria y amable de la Madre de Jesús, atribulada por “la muerte del Mesías”, a quien ella trajo a la carnalidad-humanidad, al polvo de los caminos y al seno de un pueblo de descreídos, idólatras y desleales. Esta escena de orfandad–soledad teológica (que no filosófica ni política) la he visto repetida docenas de veces como periodista durante los conflictos civiles políticos oaxaqueños que me ha tocado presenciar o conocer, desde los ochentas del siglo XX hasta el presente. En cada madre india que cubre su cabeza y hunde su llanto en su rebozo, hay una Soledad que irá al modesto panteón pueblerino a sepultar el fruto de su vientre, caído en el reclamo de algo, en la represión caciquil o simplemente en la fortuita rueda de la fortuna que es la vida. ¿Quién puede consolar tal pérdida? Solo una imagen sacrosanta. Cada vez menos la Virgen de la Soledad. Cada vez más, la Virgen de Guadalupe. Cuestión de épocas y de labor presbiteral de la diócesis. Como fuere, en tales momentos se implora, se clama, se ruega, el auxilio divino para el alma difunta. Elites y plebe, no dejamos de expresar mentalmente una petición a Ella, en esos momentos de soledad radical.

El libro –magnífico para un ilustrado– puede leerse como información fidedigna que en nada mella la verdad que de boca en boca ha sobrevolado desde el siglo XVII, en que una leyenda popular ha establecido el origen misterioso de la santa imagen. Es el caso del “burrito” –ser vivo, pero irracional, diría Darwin, pero animal tan digno que sobre él entró montado Jesús a Jerusalén, el “domingo de ramos” y también montado sobre un humilde burrito entró David a construir la Jerusalén que hoy conocemos. Así que ese solo detalle, dio para varias páginas en esta investigación. Una recua de carga anónima, fue elegido para aposentar el contenido de su preciosa carga en estas lejanísimas tierras respecto a Sevilla, porque la Madre de Dios nos eligió como “tierra prometida” para la expansión del evangelio cristiano en la colonización de un enorme territorio sureño y pagano.


Antigua portada de 1640, de la Virgen de la Soledad en Madrid.
Nótese el parecido iconográfico con la imagen tallada en la fachada de la Basílica menor.


¿Es verdad que la Ciudad de Oaxaca es la más señorial de aquí a Guatemala, La Antigua? Sí lo es. Lo demás es “aldea tribal”, una proto cultura asociada más a su propia supervivencia que a la fundación de las pequeñas ciudades estado. Aun cuando permanecieron como en un escalón más abajo de toda cultura urbana, en poco tiempo se esforzarían por construir su propio Jerusalén, iniciando por levantar una capilla, una ermita, una enramada que alojara a una divinidad, de la que irían aprendiendo todo, no sin conflictos vecinales, no sin dudas íntimas, no sin refunfuñar algo. Si bien la Ciudad de Oaxaca existe oficialmente desde 1532, pero antes de la llegada de la “vera efigie” de la Virgen y de Jesús resucitado en un mismo embalaje, fuera la verdad histórica o la verdad prodigiosa de la leyenda, o ambas, no pudo haber ofrecido la resignación más anhelada de todo mortal.

La autora, Selene del Carmen García Jiménez, observa n documentos hallados por muchos archivos distintos, con lupa, a quienes han sido los autores intelectuales y materiales de la construcción del santuario y convento de La Soledad, en el siglo XVII. Fue una obra pública faraónica. Sus albañiles debieron haber tenido una experiencia bárbara, pues el terreno era la falda misma del que se conocería como del “Calvario”, en la puerta poniente de la naciente ciudad. Ignoro si se haya hecho arqueología urbana en su suelo, pero de que fue construía para la eternidad lo demuestra su fortaleza ante una larga lista de temblores y terremotos. Esa fortaleza fue delicadamente diseñada para expresar una belleza barroca apabullante, que luce hasta el día de hoy, si bien no es fácil “leer” el programa iconológico que contiene y el cual la autora va enlistando con minucia y gusto. Ese siglo y el siguiente, marcarán los cien años de súper bonanza económica de Oaxaca, gracias a la grana cochinilla –un tinte de origen animal–; al azul, otro tinte azul de origen vegetal, y a la maquila de paños de tela de algodón. Los tres ya eran explotados por el imperio azteca o mexica, pero su globalización profesional llegó entre el XVI y XVII con los repartimientos y bajo la administración colonialista de peninsulares y criollos. Se les achaca la “explotación” de las comunidades indígenas, cosa que no se puede negar, pero ¿acaso no sucede lo mismo con el T-MEC? ¿Acaso no debe la ciencia económica repetirnos que el mundo “perfecto” solo existió en la desatornillada mente de Stalin, en la caciquil de Maduro y en la de otros seniles que han tenido todo el poder político?

Como fuere, había trabajo y efectivo circulante, vehículos de una fe que no se expresaba sino en sermones dichos o impresos, o sus frases, que aunque buenas, se las llevaba el viento, mientras no fueran impresas. La autora se basa en muchos sermones impresos que se preservaron en distintos archivos para hacernos el retrato del pensamiento/sentimiento de la época.

Pero volvamos a lo esencial: Antequera–Oaxaca es “elegida” por Cristo y su madre como “tierra prometida” en algún momento del siglo XVII. A partir de es prodigio, la Ciudad de Antequera-Oaxaca adopta su destino celestial. Los documentos, los testimonios, las pruebas documentales dirán una cosa, pero para el imaginario popular, así es como se funda la sacralidad de una ciudad “elegida” desde los cielos. Es un asunto de su fe, no un teorema ni un silogismo. El libro, que analiza cada detalle, cada documento, cada mención bibliográfica de la época, cada personaje participante, no puede llegar sino hasta donde sus fuentes documentales le permitan. Sin embargo, hay una fe popular –anónima e imparcial– no descrita, ni escrita, que hace que todo lo que contenga el libro pase a un segundo término cuando se recurre a lo inmaterial de la Fe, que es energía que mueve montañas, reconoce milagros y acentúa una identidad colectiva cultural metafísica, que puede expresarse más bien en la teología del Nuevo Testamento que en los papeles archivados. Es tan humana esta voluntad que aun los norteamericanos tienen fe en que todo el continente les fue escriturado por Dios...

Selene García Jiménez invirtió una década de su curiosidad intelectual y volitiva en la explicación de un fenómeno de masas que ocurre según el calendario litúrgico no solo en la Ciudad de Oaxaca, sede de la silla obispal y escenario de los intereses encontrados de las élites mercantiles que se dan el lujo de hacer un “club de Tobi” y de heredárselo de padres e hijos. No explora en la devoción popular, en la anónima, en la de masas, en la suburbana ni en la rural, que son las únicas que perviven al momento de sacar esta edición. Las élites que conformaron la Archicofradía de la Soledad, apellidos que nos suenan familiares porque hicieron algo más que rezar y tomar chocolate, evolucionaron hacia distintos giros y puede decirse que sus descendientes vivieron hasta la época de la Revolución mexicana, cuando definitivamente se borran de nuestro plano urbano. Hoy, las hermandades o cofradías de La Soldad y todos los demás templos, tienen entre sus mayordomos a gente común, de la clase popular y media. Ellos sostienen el pulso de la vida espiritual de cada templo, si bien, tampoco escriben nada ni dejan testimonios sino anécdotas de misión cumplida. ¿Por qué? Porque no gastan para el mundo, sino para asegurar el tránsito a aquella Jerusalén celestial prometida desde el XVII.

Observar por su documentación solo a las élites letradas que pujaron por ser “más papistas que el papa”, es bueno, pero disloca parcialmente la devoción hacia la Madre de Dios que, tallada en piedra, aguarda la prometida promesa de su hijo de la resurrección hacia una vida plena, espiritual, álmica, en donde desaparecen las penalidades del mundo y sus jerarquías, los intereses egoístas de clase, de élite, de linaje y de riqueza material.

Imagen de 1816, ya en plena guerra de Independencia.
Esta imagen correspondería a la vigen que está en el altar mayor, hasta hoy. 
Su vestimenta y su posición son distintos a la madrileña..


Aun cuando sus datos son iluminadores de la fábrica material de la faraónica construcción de la iglesia y convento de La Soledad, pagada toda por el benemérito Otálora y Carvajal, cuyas rentas de la venta de grana cochinilla invirtió allí totalmente, falta el acercamiento al impacto que dicha veneración produjo entre la plebe, entre otras, la de las chinas oaxaqueñas, una casta formalmente reconocida en el mundo novohispano. Tal casta se compuso de la descendencia entre negros e indígenas, es decir, el real mestizaje social. Muchos esclavos negros y sus familias debieron haber trabajado en la cantera de tan enorme proyecto, pero no se sabe mucho más de ello. Un sector social que fue definitorio en la guerra de Independencia de México, cuando los criollos en lugar de aprovechar, desperdiciaron la época para hacer del poder político de la sociedad novohispana, una nación mejor. No obstante, dejaron su huella en documentos, porque eran letrados, y en ellos se basa la autora, porque son incontroversiales. ¿De verdad la emoción sentimental de la pareja humana es la que reflejan las actas notariales? Me temo que en este caso de La Soledad, no. Tampoco la teología ortodoxamente desplegada con riqueza lingüística barroca en sus alegóricos sermones, es suficiente para explicar un fervor que surge de “la nada”, de la china o del chino oaxaqueños. Si la élite inclinaba la cabeza ante la sagrada imagen de La Soledad, o la de Santa Rosa de Lima, la pareja analfabeta se arrodillaba, como lo hacía con sus antiguas deidades. Bastaba tener noticia de algún milagro agropecuario o salutífero, para que su fe calzara sus botas siete leguas en pos del catecismo católico. No ocurría lo mismo con la élite letrada y gobernante, que aun así, aceptaba el designio divino de ser una urbs elegida desde lo más alto del fervor católico ortodoxo, pero a nivel del suelo no tenía sino que comportarse un tanto lambisconamente con los Borbones, pues todo dependía de su interés económico y normas políticas.

Así pues, este libro, que nos deja un anhelado gran retrato del constructor material e ideológico de La Soledad, el presbítero don Pedro de Otálora y Carvajal, una mentalidad crítica pero fiel, educada por el jesuitismo, nos aporta el fiel contexto de un criollo del XVII, que empeña hasta la “sábana santa” con tal de evangelizar y salvar para la perpetuidad las miles de almas indígenas que fueron puestas por la Providencia bajo su ministerio en el lejano pueblo de Santa María Ozolotepec. No cabe duda de que hemos olvidado a los grandes personajes anteriores a la monolítica obra reformista de Juárez y Lerdo, que arrasaron con todo, sin acabar de construir la nueva nación que se quedó en sus apuntes personales, tras pagar una cuenta de sangre enorme.

El tomo en comento tiene 486 páginas. Ha llegado a las más profundas cavidades de nuestra historia con nuestra imagen tutelar. A su Primera parte la ha titulado”La imagen y su santuario”; a la segunda, “Las bases sociales y el comercio”. Describe punto por punto las devociones teológicas de Otálora y Carbajal; explica las razones de la iconología de la fachada de La Soledad, una obra maestra del llamado “barroco oaxaqueño”, la de la propia imagen de la Virgen María, doliente ante la muerte de su Hijo, al pie de la cruz vacía en el Gólgota; el episodio del burrito, el rol de las monjas mónicas traídas de Puebla para preservar su decoro, las diferencias formales entre la imagen tallada en piedra de la portada y la imagen “de vestir” que está en su camerín”, tal cual la vemos hoy. Señala la poca colaboración que le brindó la mitra que se opuso a su minucioso estudio– un error del arzobispado, pues lo vuelve ajeno a los tiempos que corren– y las joyas que tiene su museo, que tan mediocre y anticuado papel juegan en la adoración de la santa imagen. Ya se sabe que el alto clero local cuando suma dos más dos le resulta cero, en lugar de cuatro…

Tengo la experiencia de haber asumido la adoración dela Virgen de la Soledad por influencia paterna. Mi padre, el capitán Néstor Sánchez Hernández, debió haber ido a las batallas contra el ejército de Francisco Franco, durante la Guerra Civil española, cobijándose bajo el manto de la Virgen de la Soledad. Yo heredo esa devoción soledana, sevillana, histriónica si les apetece, pero auténtica. Mi padre, hasta el momento que sintió que eran los últimos días lúcidos que tendría en este mundo, pidió que le llevaran a postrarse a sus pies, a pedir misericordia por las vidas tomadas y por las expuestas , así fueran ateos, como lo eran sus compañeros de la XIII Brigada Internacional Dombrowsky. Fue a la basílica menor y no ante otra imagen sacra, a exponer las páginas abiertas del libro de su vida. Tras ello, pocas semanas después, falleció.

La autora relata los episodios de marinos que salvaron la vida invocando su nombre bajo tormentas que despedazaban y hundían sus barcos. Dejaron sus testimonios en ex votos muy bellos que se preservan en el Museo de la basílica menor. Ya no se pintan, pues ya no hay pintores en Oaxaca, sino “artistas plásticos”, pero los milagros continúan sucediendo. Se expresan las gratitudes de otras formas hoy. En los pueblos, con cartitas que una vez escritas desde el corazón, se doblan hasta hacerse diminutas y se ensartan en las imágenes de bulto o se cuelgan en los lienzos, o se ponen en alguna repisa. He sido curioso y he leído muchos, con enorme respeto. Ahora que se pueden sacar fotos fácilmente, se acompañan de retratos. He notado que en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén, los judíos hacen lo mismo, buscan un huequito y allí, en las piedras más sagradas del que fuera su segundo templo, ahora una reliquia, las “siembran”. Yo mismo soy devoto de la Virgen María de la Soledad al Pie de la Cruz, pilar de la iglesia apostólica en la que creo, pues es mi vía para la trascedencia de esta vida.


Esta imagen hallada por Selene del Carmen García Jiménez, está fechada a principios del siglo XX.


Volvamos con más detalle a sus contenidos, para concluir estos comentarios, no sin antes informar que el libro puede comprarse en la sede oaxaqueña del Instituto de Investigaciones Estéticas, arriba de la oficina de Correos, en la Alameda de León.

Sus capítulos son:

1. La Virgen de la Soledad,: tipo, iconografía y origen.

2.Patronos y promotor: Pedro de Otálora y Carvajal.

3.La fábrica y sus discursos.

4. Un culto para la ciudad y el clero secular: el papel reformador del obispo Fray Ángel Maldonado.

Segunda parte

5.Los comerciantes y la Virgen de la Soledad

6.Los comerciantes y la Virgen de la Soledad en el siglo XIX.

Epílogo.

Nadie antes que la autora García Jiménez, habíase adentrado tanto en la documentación de cada época que acompañó la “llegada” milagrosa de la Virgen de la Soledad para ser instalada en la antigua ermita de San Sebastián, mártir más cercano del paganismo que de la ortodoxia católica. La advocación andaluza –la autora menciona que madrileña– se acentuó en una ciudad que prosperó gracias al comercio internacional y por las vías de éste, fue importada de Sevilla para redimir Antequera–Oaxaca. Por un lado la importación de productos hispánicos y de China; por el otro, la exportación a precios de oro de productos novohispánicos, como la grana cochinilla y el añil, tintes que engalanaron a las realezas española y francesa, respectivamente, explican no solo la presencia de la imagen de vestir que hoy conocemos, sino quizás una imagen anterior, según hipótesis de la autora, una que se parecería mucho a la que aparece en el retablo principal de la fachada, tallada en piedra, y que identificó con la talla en madera que hizo Gaspar Becerra (1520-1570, fuente Wikipedia) titulada “Virgen de la Soledad de los Mínimos de Madrid”, venerada en el convento de Nuestra Señora de la Victoria, pero que fue destruida durante la Guerra Civil española. Creo que García Jiménez tiene razón, pero también creo ver la mano andaluza y no castellana, en la formalidad de su apariencia tal como luce hoy, algo distinta de la imagen de la fachada. La talla del rostro en ambas nos revelan a una mujer muy joven, cuyos labios apretados indican la contención de su dolor cósmico. Las manos con los dedos entrecruzados, en actitud suplicante pero a la vez esperanzadora, son la mayor diferencia que he hallado en ambas tallas. La azucena o lirio que se ha puesto entre sus manos, sus vestidos de luto sencillos y los recamados, no son sino expresiones del amor de una sociedad que la adoró como Virgen que protegía a la ciudad de los temblores, de las pestes y de la escasez de lluvias en los campos. Las tres calamidades precipitaban la muerte de los habitantes. Motivo de más para tenerla siempre en la mente, siempre con las puertas abiertas a los peregrinos suplicantes y a los agradecidos.

Una investigación impecable que nos despeja las dudas y nos obliga a revisitar la basílica menor, pero una vez leído el libro, con una visión renovada. Sin duda alguna. Quien desee comprar el volumen, está a la venta en la librería que tiene –‚o tuvo?– el IEE–UNAM en Oaxaca.Ignoro el precio, pero no creo que cueste menos de $300.00 pesos. Vale mucho más.


Imagen con que se conmemoraron los 400 años de su llegada a Oaxaca. 
Ya posee resplandor de plata y nótese el fondo azul, con grecas que nos recuerdan a los tableros del Palacio de Mitla. (Póster diseñado por CSI)

Texto: CSI