sábado, 29 de agosto de 2015

ANTONIO CASTILLO MERINO. HISTORIA DE UN POETA 1896-1927

Salió a la luz un libro muy interesante que recupera la vida y obra de quien fuera Poeta Laureado en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca en la segunda década del siglo XX.
Con este ensayo fue presentado el pasado 28 de agosto de 2015 en la Biblioteca Pública de esta ciudad. Las imágenes están tomadas del mismo libro, una investigación minuciosa hecha durante varios años por don Fernando Castillo Menéndez, su autor.

Portada. Fotocomposición entre 
la portada del semanario Iris –que cofundó
con José García Parra–  y su retrato.



VIDA Y SACRIFICIO DEL 
POETA ANTONIO CASTILLO MERINO (1896-1927).

Los poetas suelen tener almas condenadas a la inmortalidad. Los periodistas defienden la vida como bien colectivo. Los idealistas alimentan sus debates exhibiendo la injusticia social. Tuvo Antonio Castillo Merino razones para ser poeta, ideales para ser periodista y utopías para ser idealista.

Pero nada de ello le pudo salvar de la muerte. Pareciera que fue un muchacho preparado con esmero para el sacrificio por su propio destino trágico. Si el crimen alevoso que le arrebató la vida en 1927 cimbró hasta el tuétano a la sociedad de Tehuacán, el silencio posterior sobre su obra literaria acaba de ser roto por la aparición de este libro titulado “Biografía de Antonio Castillo Merino. Historia de un poeta, 1896-1927”, de la autoría de Fernando Castillo Menéndez.

Don Fernando ha disipado aquella gasa de silencio como hubiera gustado al poeta: volviendo a publicarlo. Hizo un acto de justicia poética al permitirnos conocer a través de las páginas de su libro algunos de los mejores poemas de quien fuera su tío abuelo. Además nos ofrece datos biográficos suyos y de su contexto sociopolítico. Al joven alumno de leyes del Instituto de Ciencias y Artes le tocó vivir una época agitadísima cuyo arco temporal empieza tras la renuncia del presidente Porfirio Díaz y se extiende, siempre muy tenso, hasta el estallido de la guerra cristera.

Antonio Castillo Merino


Pero vayamos por partes para apreciar con mayor nitidez las aportaciones de Castillo Merino. Iremos viendo las razones de su periodismo y enseguida las de su poesía, pero primero pasemos por su sacrificio. Nuestro autor nos dice que Castillo Merino recientemente se había titulado de abogado y había comenzado a ganar asuntos añejos en favor de los desheredados. Había mudado su residencia a Tehuacán al padecer una ola de represión política por sus ideales vasconcelistas.

Su rol en el ejercicio del derecho le había merecido ser nombrado representante para la Mixteca de la “Sociedad Nacional Protectora del Indio”. Era una época en que la postrevolución buscaba reconfigurar el equilibrio económico entre las clases sociales con un carácter agrarista pro indigenista, pero toda aquella utopía enfrentaba feroces resistencias. En el pueblo vecino de San Juan Ajalpan, Tehuacán, se estaba formando una sección de la Liga Nacional Campesina y había que darle formalidad en una asamblea. A ello fue el licenciado Castillo Merino en su calidad de asesor legal, no obstante las amenazas de agresión que existían. Supuso él y sus acompañantes que la palabra del gobernador y de la autoridad local en el sentido de respetarlos sería cumplida, pero ocurrió exactamente lo contrario. Estaban en disputa las aguas comunales acaparadas desde hacía doce años por un poderoso señor llamado Miguel Barbosa. Éste mandó a sus pistoleros a reventar la asamblea a cualquier precio. Así sucedió, armaron una trifulca y tras la balacera hubo varios heridos y un solo muerto, nuestro poeta, periodista y abogado. Esos sucesos funestos ocurrieron el domingo 27 de febrero de 1927. 


Su crimen fue noticia que alcanzó a la prensa nacional, pues Castillo Merino, además de ser director del periódico Iris era ya corresponsal de El Universal y Excélsior. Todo Tehuacán lloró días enteros sin encontrar consuelo por la pérdida de un muchacho de 31 años que le había escrito esta cuarteta entusiasta cuando la eligió como su hogar:

“¡Oh! La noble ciudad adormecida,
a la vera del tibio manantial;
que brota para darle intensa vida
y bañarla en su límpido cristal.”
...
“Así te ven mis ansias de poeta.
Legendaria Ciudad de las Granadas;
y en tus altares mi emoción discreta,
deja sus claras rimas engarzadas.”



Tehuacán lo había recibido en su autoexilio tras la persecución política que emprendieron los gobiernos federal y estatal contra todos los vasconcelistas, a quienes puso en la disyuntiva de elegir entre entierro o destierro. Don José Vasconcelos había sido candidato a la gubernatura de Oaxaca, pero carecía del visto bueno de Obregón, Calles y su camarilla. Quizás en el fondo temían a los oaxaqueños. El poeta Antonio Castillo se entregó como otros miles a su campaña, que a la vez era propia por ser él también candidato a diputado local. Asumió el vasconcelismo hasta sus últimas consecuencias, pero el fraude escandaloso impuesto a toda costa a favor del profesor Onofre Jiménez, un pelele de Calles, tenía que consumarse llevando a Oaxaca a una crisis política larga, penosa y violenta. Nuevamente los intelectuales oaxaqueños tuvieron que morder la amarga ruta del éxodo para salvar el pellejo ante la represión selectiva. Tehuacán por esos años se convirtió en un lugar más o menos seguro por estar lejos de los límites estatales, pero no tan lejos que no pudieran ser visitados por sus familiares, quienes en tren iban y venían para aquella provinciana ciudad con el fin de estar comunicados. Madres, esposas, hijos y novias quedaron en Oaxaca mientras los varones se ponían fuera del alcance de los pistoleros del gobernador en funciones. Igual ocurrió años antes tras la partida de don Porfirio en el Ipiranga. Tehuacán se convirtió en el abrigo que albergó al exilio de intelectuales, profesionistas y profesores del Instituto de Ciencias y Artes desterrados por la revolución mexicana.

A partir de 1915 Oaxaca había caído en una espiral negativa. Al remolino político de la asunción de su soberanía se le encimaron hambrunas, plaga de langostas, epidemia de tifo, el crimen del hermano del presidente de la república, la crisis monetaria por la aparición de “bilimbiques” de todos los bandos y finalmente la ocupación militar por parte de los carranclanes, el Ejército Consitucionalista de Carranza que borró, por las buenas y por las malas, cualquier intento local de autonomía. Tres hechos crueles fueron el botón de muestra de su perfidia: el fusilamiento y decapitación de su gobernador soberanista, José Inés Dávila, en primer lugar, en segundo lugar el cierre de la Escuela Normal y tercero la clausura del Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca. La prensa local daba cuenta de todo esto. Antonio Castillo Merino debió haber estado empapado de la situación y su empeoramiento minuto a minuto, pues tendría 19 años de edad..

Cuando el ex ministro de Educación José Vasconcelos se entregó a su primera aventura electoral, su prestigio hizo que los estudiantes eligieran su utopía como sinónimo de progreso para Oaxaca. Desconocían que la pandilla de caudillos norteños que habían triunfado con la revolución tenían otros planes para Oaxaca, a la que no dejaban de recelar y a la que se sentían obligados a humillar por haber sido cuna de don Porfirio Díaz.

Oaxaqueños pertenecientes al Partido Liberal Constitucionalista.
Nuestro poeta está señalado con un círculo rojo.


Aquellos años fueron violentos. Antonio quizás hallaba paz e inspiración en la poesía. Se fusilaba a ex gobernadores como Antonio Carrillo Puerto o Manuel García Vigil... Se ponían emboscadas a los enemigos, se asesinaba a los carismáticos Zapata y Villa. Carranza mismo moriría con el mismo método funcional de la revolución... Y le tocaría a Obregón, cerebro de todo este curioso método, morir unos meses después de nuestro poeta. En medio de toda esa “fiesta de las balas”, Antonio Merino alzó su voz de editorialista tanto en Oaxaca como en Tehuacán, a través de su semanario Iris. Por lo tanto, cuando los gángsters le dispararon, no solo malhirieron al abogado, sino que callaron al honesto periodista.

Nota de Iris aclarando la demostración de duelo en Tehuacán...


IRIS, UNA REVISTA REFERENCIAL.
Nuestro autor, Fernando Castillo Menéndez, llegó un día a mi oficina con una bolsa de plástico. Me obsequió su contenido: ejemplares de la famosa revista Iris de Tehuacán que tenía duplicados. Hasta ese momento ignoraba yo que ya había él hecho una exhaustiva investigación hemerográfica del poeta, su ilustre tío abuelo. Pero él por su parte no sabía que el nombre de la revista lo tuve presente desde muy chico, pues en las conversaciones que sostenía mi padre, el periodista Néstor Sánchez H., con antiguos escritores de Oaxaca, se mencionaba con frecuencia aquella revista, siempre en tono alabatorio. Sólo una vez vi sus ejemplares en la Hemeroteca Pública de Oaxaca, fundada por don Néstor en 1972. Me atrajo su estética fuertemente desde entonces.

Portada del primer número de Iris


Luego, a través del estudio de la historia de la prensa en Oaxaca, conocí más noticias de Iris. Es una referencia obligada para conocer la producción editorial oaxaqueña, pues Iris se convirtió en la revista del exilio oaxaqueño. Periodistas, poetas, escritores... todos citaban aquella publicación que de seguro circulaba en Oaxaca con holgura, aunque esquivando la censura. Escuché hablar de ella siempre con halagos a don Guillermo Rosas Solaegui, a don Alfonso Francisco Ramírez, a doña Arcelia Yañiz, a don Everardo Ramírez Bohórquez y si mal no recuerdo al mismo Gonzalo Zanabria. Aquella revista fundada por Antonio Castillo Merino era vanguardista, era incluyente, era romántica. En eso coincidían todos. Por si fuera poco, era de regular periodicidad. Todo lo opuesto a lo que sucedía en la ciudad de Oaxaca, que por las represalias de los carranclanes sufría todo tipo de privaciones periodísticas, empezando por la censura y el gangsterismo desde arriba.



El joven Castillo Merino llega a Tehuacán y encuentra un ambiente propicio no solo para la ensoñación poética sino para la acción periodística. Conoció en Tehuacán a don José García Parra, un socio ad hoc y ambos deciden dar a la luz una revista semanal de “variedades”. Antonio Castillo ya conoce el poder de la palabra impresa y encabeza acciones transformadoras de su entorno socioeconómico, como la campaña periodística que emprende en pro de la construcción de la carretera entre Tehuacán y Huajuapan. Estimula a los círculos mercantiles para que vean las ventajas expansivas de la comunicación a través de su semanario. No solo eso, también les da unas cuantas lecciones de glamur al promover el refinamiento del ocio organizando bailes de etiqueta, como aquellos que había presidido siendo el más importante y joven Poeta Laureado en la ciudad de Oaxaca.

Castillo es un vanguardista en Tehuacán. En la portada del libro de su vida y obra pusimos un retrato de él fotomontado en una bella ornamentación tipográfica, a manera de nicho. Aparece en el claroscuro mostrando la elegancia de su carácter y la galanura del intelectual seguro de sí mismo. Cualquiera que diga que este caballero escribe tangos y declama en las tertulias inspirado... tendría razón.



Me parece a mí que Antonio Castillo Merino toma el modelo periodístico de su amigo en Oaxaca don Ángel Taracena, quien había publicado en 1921 en esta ciudad su revista Boletín Comercial y Agrícola, que un poco más tarde cambiara su nombre al más adecuado de Evolución. En esta revista de corte literario y de novedades se da información mercantil del comercio local. Éste, con su publicidad, sostiene la revista que como su nombre lo indica, revisa todos los temas de interés social, ofreciéndole variedad y actualidad al lector de Oaxaca. Sin embargo las imprentas de Oaxaca no están a la altura de las de Tehuacán, que imprimen Iris.



En una carta que en 1925 (4 de febrero) le manda Taracena a Antonio Castillo, acusa recibo del primer número de Iris y se queja con él así: “Mi [revista] Evolución saldrá, Dios mediante, en el transcurso del presente mes. Estaba decidido a editarla en ese mismo Tehuacán, pero comprendiendo que es hasta bochornoso para Oaxaca que una revista como aquella, que ha tenido el orgullo de visitar paises extraños y ser ampliamente conocida y estimada en todas partes, dé el triste espectáculo de que se edite fuera de Oaxaca, donde para verguenza nuestra, no existe una imprenta donde poder hacer ese trabajo en condiciones favorables” (p. 48).


Sólo un conocedor de la historia de la imprenta puede ver a la primera el valiosísimo trabajo y esmero tipográfico de las portadas de Iris. Su estética vanguardista explica su suceso de inmediato. La imprenta “El Refugio” se reinventaba a sí misma cada semana, estimulada, qué duda puede caber, por trabajar con el director de la revista, don Antonio Castillo Merino. Hacer a mano esas composiciones a dos tintas exigían entonces muchas horas, mucha pericia y mucho arte. La elección misma de los colores especiales comprueba que los tipógrafos amaban hacer esas ediciones. No pudo haber salido a la primera ni en los turnos de rigor. Debieron haberse metido en las madrugadas, tertulia en marcha, para lograr construir iconográficamente un sello personal, un discurso estético propio, y además haciéndolo pasar dos veces por las máquinas, tarea que con la tecnología de la época solo se hacía si se pagaba superlativamente o si bien había motivación y entusiasmo por hacerla. Sé que debe haber sido esto último. Se adivina que había en esa imprenta de Tehuacán afinidad de intereses intelectuales, amor por la poesía y comprensión por el joven dinámico poeta y abogado. El resultado es que en una sencilla imprenta de provincia estaban haciendo diseños tipográficos que afortunadamente quedaron para la historia como exclamación de una estética original. No conozco ningun impreso local que le iguale en originalidad.

LAS RAZONES DEL PERIODISTA CULTO.

¿Cómo es que Castillo Merino y su socio, José García Parra eligen Iris como nombre?
Deduzco que se inspiran en una publicación mas antigua pero que dejó honda huella. En 1826 aparece el primer periódico crítico y literario del México independiente llamado “El Iris”. Es el fruto de la asociación de tres periodistas liberales extranjeros que en la ciudad de México irrumpen con un estilo nuevo de hacer periodismo. Sus autores son Claudio Linati, italiano, introductor de la litografía en México, garibaldino, insurgente de la independencia de Italia. Llegó huyendo de la persecución política y se trajo sus herramientas para montar aquí el primer taller litográfico. Otro editor es Florencio Galli, desterrado también de Italia y de oficio minero y el tercero fue José María Heredia, exiliado cubano, afín de José Martí, periodista de elegante prosa y experto en las artes escénicas y también el mayor del grupo.



Este periódico mensual nace en la Ciudad de México con gran estrella porque está bien escrito y abraza la causa de la independencia nacional, pero además hace promesas a un sector de lectores entonces inédito: las mujeres. Cuando explicaron sus afanes editoriales escribieron: “Que Cupido nos prestase una pluma de sus alas para tributar el bello sexo artículos dignos de su amabilidad. Las modas, que reuniendo la variedad al buen gusto completan el hechizo por el cual saben ejercer tan dulce imperio sobre los hombres”... El Iris –Periódico crítico y Literario– publica lo mismo notas sobre política que poemas, notas de teatro y reseñas de química. Se distribuía por todo el país. Tienen corresponsales en Tehuacán y en Oaxaca, en este caso en la persona del Coronel José María Ortigoza. De modo que circuló por todas partes y a todas partes llevó imágenes litografiadas y coloreadas a mano de muchachas vestidas a la última moda de París... Su lema fue Pax musarum altrix... Las musas fomentan la paz...

El Iris de 1826 no vivió muchos años, pero dejó su herencia como una revista original que abría sus espacios a la literatura y las artes, sin renunciar a su rebeldía ideológica. Su nombre se retomó en muchas ciudades de la provincia mexicana desde entonces... Deduzco que aquél periodismo ayudó a Castillo a escoger su mismo nombre, aunque cien años después.


El proyecto de Tehuacán iba en grande. Basta leer en portada la nómina de colaboradores para ver las altura de sus vuelos: de Oaxaca: Manuel Pereyra Mejía, José Ferrer Pantoja, Próspero Bolaños y otros más. De México: Alberto Vargas, José Vasconcelos, Alfonso Francisco Ramírez, Manuel Brioso y Candiani, Pedro Camacho, Efrén Núñez Mata y Genaro V. Vásquez, entre otros. Con excepción de éste último casi todos ellos fueron transterrados, miembros del éxodo oaxaqueño de porfiristas, soberanistas y vasconcelistas que habían sido perseguidos por los carrancistas, los obregonistas y los callistas. De Oaxaca exhibía estos nombres: Ramón Pardo, Marcial Pérez Velásquez, Daniel Rueda, Julio Bustillos, Rafael M. Toro, Jesús Castillo, José Santaella Ramírez, Ángel Taracena y Jorge Fernando Iturribarría... la plana mayor de intelectuales que en los siguientes años darían lustre no solo al Instituto de Ciencias y Artes, sino al periodismo, la literatura e historiografía oaxaqueñas. Iris, Semanario de Información y Literatura era un proyecto mayor, un diamante en proceso de pulimento que periodísticamente hablando acogió a lo mejor de nuestra intelectualidad, abriéndole sus páginas a sus ideas, sentimientos y utopías. Tras la muerte de su director, siguió editándose algún tiempo más, pues ya Tehuacán la había hecho suya. Eso hizo legendaria a Iris. Por eso escuchaba yo de niño hablar de ella cuando mi padre conversaba amenamente con los veteranos periodistas y literatos del Oaxaca de los años sesentas y setentas del siglo XX.


LAS RAZONES DEL POETA.

Nuestro poeta nace en San Juan Ixcaquixtla, Puebla, el 13 de junio de 1896. Su padre comerciaba ganado que traía arriando y pastando desde la Costa chica. A fines del siglo XIX el matrimonio Castillo Merino se traslada a vivir a la ciudad de Oaxaca pues le ve más ventajas que a San Juan. Su madre fallece de fiebre puerperal al alumbrar a su sexto hijo, quien también fallece. A los cinco años nuestro poeta ha quedado huérfano. Para contribuir al gasto familiar se hace un eficaz ordeñador de las vacas domésticas estabuladas en la Trinidad de las Huertas, el nuevo hogar. Más tarde toma afición por los gallos de pelea y la actuación en obras de teatro. Debe haber sido un lector voraz. Se deduce esto de los versos que ya está escribiendo. Ecos de la lectura de Díaz Mirón, de Nervo y Rubén Darío, adornan su producción temprana y le dan plumas a sus alas de poeta pues ¿de dónde podría venirle la inspiración si su padre es un administrador de haciendas, un ranchero viudo?


De su escuela, sin duda alguna y de su propia alma, que ha comenzado a ser formada en las mejores manos. En 1906 se le expide el siguiente diploma que dice: “El Director y los Profesores del Colegio Católico del Espíritu Santo, teniendo en consideración la aplicación y aprovechamiento del alumno del tercer curso de Instrucción Primaria Antonio Castillo en todas sus clases, y deseando premiar su mérito, tuvieron a bien asignarle medalla Dorada y expedirle el presente diploma, para que le sirva de honor y gloria en su carrera literaria. Oaxaca, a 8 de diciembre de 1906. El director: Carlos Gracida. El Secretario: Emilio Jiménez.”... Antonio apenas cuenta 10 años y ya destaca por su pluma.

Quince años después, cuando ya tiene 25 resulta el ganador de los primeros juegos florales convocados por el Instituto de Ciencias y Artes con motivo de cumplirse los cien años de la consumación de la Independencia nacional. Envía varios textos, pero uno de ellos titulado “La epopeya de las águilas” recibió del jurado esta crítica. “Mereció la preferencia por su tono épico, por la elevación del pensamiento y la nobleza de la idea, así como por su belleza, su forma y la energía sostenida de su expresión...” p. 24. Así reza el acta del Jurado Calificador, compuesto por el los doctores Ramón Pardo y Alberto Vargas y el Lic. José Guillermo Toro.

Antonio Castillo Merino, al lado de la reina 
de los Juegos Florales Dora Sara


Está publicado este poema en el libro que presentamos. Dice así su primera estrofa:

Amanece:
Las nubes se coloran de cárdenos reflejos
y en los lagos, brillantes cual bruñidos espejos,
finge el sol, cuando surge de lazul lejanía;
un incendio en el fondo de un diamante de Hungría”... p. 26.

El autor cuenta en versos de 14 sílabas una lucha mitológica entre los caballos árabes de los conquistadores y las águilas mexicanas, donde éstas últimas resultan victoriosas metafóricamente hablando atacándolos desde el aire, pero sin pisar tierra y por lo mismo sin mancharse con la sangre derramada en la conquista del Nuevo Mundo.

El joven literato ha estado leyendo a los poetas del modernismo. Su temática y técnica literarias nos remiten a Darío quien también en versos elogia a Caupolicán, indio mapuche que lidera la resistencia contra los conquistadores –en el actual territorio de Chile–... En el estilo y en el vocabulario se aprecian además luces de Salvador Díaz Mirón.

La “Epopeya de las águilas” pudo haber recibido del aquel la perspectiva que el poeta veracruzano incluyó en esta cuarteta de endecasílabos:
“Erguido bajo el golpe en la porfía
me sentí superior a la victoria.
Tengo fe en mí; la adversidad podría,
quitarme el triunfo, pero no la gloria.”

Y además en la célebre frase de este mismo poema: “Hay plumajes que cruzan el pantano/ y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos!” En el fondo de su “Epopeya...” podría estar la poética de A Gloria aquel célebre poema que todos recordamos comienza así: “No intentes convencerme de torpeza/ con los delirios de tu mente loca...


Las águilas mitológicas de Castillo Merino bajarán de sus riscos para vengar la derrota del indio nativo. Acabarían con los caballos militares, asustarían a los carniceros mastines de combate españoles y a sus amos, verían la sangre derramada, pero remontarían el vuelo sin contaminar sus alas con aquellos horrores... Allí permanecen desde entonces las águilas mexicanas sin mancha, tal es el sentido del poema triunfador.

Son versos llamados de “arte mayor” por su número de sílabas: 14. Por su extensión, se usó como el ritmo propio de los temas líricos y sentimentales. Su prolongada pronunciación en silencio o recitación en voz alta le agregan a la historia un ritmo valseado de nostalgia, donde se requiere de respiración pausada y bucolía.

Rubén Darío usaba la misma medida de verso para hablar de sus cisnes blancos y su “sonatina”:... Por ejemplo en La princesa está triste... escribe esta línea tan suya: “¡Los suspiros se escapan de su boca de fresa”. Amado Nervo los emplea en su: “Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida” y Pablo Neruda igual... en su célebre “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”
Para el gran Darío el pasado histórico fue sangriento, no se puede negar, pero los poetas deben purificarlo cantándolo en nuevas epopeyas. En el porfirismo se vuelve a pensar en la raza de bronce como un conjunto de virtudes morales tan dignas como las del cristianismo, pero puestas en práctica desde antes de su llegada. Será la suma de aquellas con éstas las que fraguarán la identidad sincrética del mexicano en los albores del siglo XX.

Poeta Laureado en Tehuacán...

Antonio Merino gana los Juegos Florales de Tehuacán en 1922. Pero esta vez el poeta se ha aumentado a sí mismo la dificultad estilística. Siente que ya domina el verso y es verdad. El tema, por lo demás, es propio para su confesión en voz baja, próxima al murmullo y el soliloquio adolorido:

Su poema se titula Como antaño y esta es su primera estrofa:

“¡Madre... Madre! Hace tiempo, mucho tiempo, que te has ido
y ha cruzado por mis ojos el fantasma del olvido.
En el alma llevo el frío de las nieves invernales;
y los claustros de mi pecho, lucen gasas funerales.”

Ha preferido el escritor el lento “octonario” de 16 sílabas, el más largo de los de arte mayor, pero al mismo tiempo ha enriquecido su capacidad sentimental. Alma y pluma han hallado los nervios comunicativos de la precisión y la complicidad. El jurado ha quedado embelezado y le ha concedido su Flor Natural.

En la década de los veintes está llegando a su fin el espíritu modernista cuyos valores poéticos son el amor inconcluso, el canto nacionalista y la adopción de la muerte como musa y alter ego. El poeta es un alma incomprendida que no teme pasear por los cementerios. La muerte es aun una presencia real a la que ni la medicina ni la farmacopea de la época logran ni siquiera arañar. La mortandad materno infantil es muy extensa. Las epidemias se expanden con facilidad. La melancolía es un padecimiento que solo se cura con más poesía... Freud no sabe qué hacer con la larga cola de mujeres deprimidas que tocan a su puerta en busca de alivio. Se le echa la culpa a la modernidad que lo ha mecanizado todo, incluso la muerte...


Para los poetas la muerte es una dama misteriosa, dueña del reino del más profundo de los sueños. Sin embargo, pese a su aspecto pavoroso, no es ni negada ni aborrecida. Al contrario, es alguien con quien los poetas gustan de charlar cuando están inspirados. Es un espejo para la reflexión personal sobre el misterio de misterios. De aquellos diálogos brotan versos iluminados o decepcionados pero que aproximan al alma a lugares en donde nadie más la puede acompañar. Ese es el valor de la poesía de este periodo, ese toma y daca con un tema que la religión responde a priori y que la vida cotidiana minimiza. Es el limbo temático del periodo, pero ocupó muchas horas de preocupación de los poetas nacionales. Lo hizo incluso hasta 1939 cuando el poeta mexicano José Gorostiza alcanzó el clímax insuperable de Muerte sin fin, el “everest” de la poesía nocturna latinoamericana. Su equivalente en la prosa es, qué duda puede caber, Pedro Páramo, de 1955, salida de la pluma de Juan Rulfo y considerada por la crítica la mejor novela de la literatura mexicana del siglo XX.

Antonio Castillo gana nuevamente la Flor Natural en 1923 con un poema de esta misma génesis. Lo tituló Fantasía y dice así su primer cuarteto:

“Hoy he pasado cerca de la muerte...
Sus manos, descarnadas y viscosas,
ciñeron sus falanges a mi suerte,
como alas de nocturnas mariposas”.

En mi opinión es el poema mejor logrado de los incluidos en este libro. El poeta tiene 27 años. En sus constantes caminatas en solitario con la Muerte pareciera que “ella” le ha tomado más amor al poeta del que hubiéramos querido. En el transcurso del poema le dicta la siguiente estrofa:

“Por qué pretendes con afán de loco,
a mi escondido reino penetrar?...
¿Es para tu ambición, el mundo poco,
y quieres mis dominios conquistar?...

El jurado calificador reconoce el apego a los preceptos clásicos de sus estudiantes concursantes y decide premiar a Castillo por la originalidad del tema y el dominio que tiene de la forma y cualidades de su poesía. Yo me pregunto si Castillo Merino leyó el famoso poema simbolista de Edgar Allan Poe titulado El Cuervo, pues está perfectamente emparentado. Ambos poetas escriben lo que acaban de experimentar en carne propia con la inasible Muerte... Pero una pregunta más útil que aquella sería la que nos respondiera ¿qué libros leía Antonio, dónde? ¿de qué biblioteca? ¿quién se los prestaba?

Profesores e intelectuales del Instituto de Ciencias y Artes
de Oaxaca, dirigidos por el Dr. Ramón Pardo.


Para el joven Castillo, dichoso en el triunfo literario, la vida parece ser una modesta y hasta invisible telaraña que ha estado siendo tejida a su alrededor por un sueño misterioso. En el siglo XIX la figura de la muerte deja de ser la calaca descarnada del barroco y se torna el sueño eterno que seduce o trastorna a los poetas. No habrá dolor ni tragedia, ni llanto ni misas ni sahumerios. Se entra a la muerte como a una dormición pactada, tibia pero definitiva.

Nuestro autor reproduce la última composición de Antonio publicada en Iris, extrañamente el mismo día de su muerte violenta. La tituló, qué paradoja de poeta, Dulce Muerte y dice así:

La araña teje su invisible tela,
con esfuerzo tenaz en el vacío;
y con su trama sutil, no se revela
su designio satánico y sombrío.

Así el destino teje a nuestra vera
sus hilos misteriosos de leyenda;
y mata la ilusión en primavera,
antes que el soplo del amor se encienda.

Ven por eso a mis brazos quiero verte
antes que nuestras vidas se amortajen,
en la tela de araña de la muerte
y del dolor a los infiernos bajen.

CONCLUSIÓN



Esta edición es notable por el rescate de sus versos poco conocidos. No existen en ninguna antología de poesía oaxaqueña que se haya editado en los últimos 30 años, quizás sí en las poblanas, pero en adelante este libro será la fuente que ponga a disposición de los académicos la interesante vida y obra literaria de Antonio Castillo Merino.

Uno sabe que el joven autor que estamos conociendo nos ha dejado para siempre de manera injusta y prematura, pero bastará leer sus versos para devolverle vigor a sus alas donde quiera que se encuentre, incluso si está ahora mismo aquí sentado a nuestro lado escuchándonos, escuchándose.

Antonio Castillo Merino ha acariciado el Parnaso y éste le ha obsequiado para siempre residencia en su patria poética, refulgente refugio donde creo que se recrea su alma merecidamente.

Claudio Sánchez Islas.
Oaxaca. Agosto 28 de 2015.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA.

Castillo Menéndez, Fernando. Biografía de Antonio Castillo Merino. Historia de un poeta, 1896-1927.
Carteles Editores. Oaxaca, 2015.

Ruiz Cervantes, Francisco Jose y Carlos Sánchez Silva. “La imprenta y la prensa en Oaxaca, siglos XIX y XX” en Historia de la prensa en Iberoamérica, Celia del Palacio Montiel, comp. Alianza del texto universitario. Guadalajara, Jalisco, 2000.

Ruiz Castañeda, María del Carmen, introd. en “El Iris: Primera revista literaria del México independiente”, e “Índice” por Luis Mario Schneider, en El Iris, periódico crítico y literario por Linati, Galli y Heredia. Edición facsimilar. 2 v. UNAM. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. México, 1988.

Sánchez Pereyra, Javier. Historia de la educación en Oaxaca 1926/1936. IEEPO. Oaxaca, 1995.

HEMEROGRAFÍA

Iris, semanario de información y literatura. Ejemplares sueltos comprendidos desde el Núm. 5 del 22 de febrero de 1925 hasta el Núm. 117 del 17 de abril de 1927. Tales son: 5, 13, 16, 18, 22, 26, 27, 30, 32, 35, 112, 113, 114, 115, 116 y 117.





1 comentario:

  1. Oswaldo García Criollo22 de abril de 2024, 21:47

    Muy interesante, menciona a mi abuelo José García Parra. Salu2

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