sábado, 29 de agosto de 2015

ANTONIO CASTILLO MERINO. HISTORIA DE UN POETA 1896-1927

Salió a la luz un libro muy interesante que recupera la vida y obra de quien fuera Poeta Laureado en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca en la segunda década del siglo XX.
Con este ensayo fue presentado el pasado 28 de agosto de 2015 en la Biblioteca Pública de esta ciudad. Las imágenes están tomadas del mismo libro, una investigación minuciosa hecha durante varios años por don Fernando Castillo Menéndez, su autor.

Portada. Fotocomposición entre 
la portada del semanario Iris –que cofundó
con José García Parra–  y su retrato.



VIDA Y SACRIFICIO DEL 
POETA ANTONIO CASTILLO MERINO (1896-1927).

Los poetas suelen tener almas condenadas a la inmortalidad. Los periodistas defienden la vida como bien colectivo. Los idealistas alimentan sus debates exhibiendo la injusticia social. Tuvo Antonio Castillo Merino razones para ser poeta, ideales para ser periodista y utopías para ser idealista.

Pero nada de ello le pudo salvar de la muerte. Pareciera que fue un muchacho preparado con esmero para el sacrificio por su propio destino trágico. Si el crimen alevoso que le arrebató la vida en 1927 cimbró hasta el tuétano a la sociedad de Tehuacán, el silencio posterior sobre su obra literaria acaba de ser roto por la aparición de este libro titulado “Biografía de Antonio Castillo Merino. Historia de un poeta, 1896-1927”, de la autoría de Fernando Castillo Menéndez.

Don Fernando ha disipado aquella gasa de silencio como hubiera gustado al poeta: volviendo a publicarlo. Hizo un acto de justicia poética al permitirnos conocer a través de las páginas de su libro algunos de los mejores poemas de quien fuera su tío abuelo. Además nos ofrece datos biográficos suyos y de su contexto sociopolítico. Al joven alumno de leyes del Instituto de Ciencias y Artes le tocó vivir una época agitadísima cuyo arco temporal empieza tras la renuncia del presidente Porfirio Díaz y se extiende, siempre muy tenso, hasta el estallido de la guerra cristera.

Antonio Castillo Merino


Pero vayamos por partes para apreciar con mayor nitidez las aportaciones de Castillo Merino. Iremos viendo las razones de su periodismo y enseguida las de su poesía, pero primero pasemos por su sacrificio. Nuestro autor nos dice que Castillo Merino recientemente se había titulado de abogado y había comenzado a ganar asuntos añejos en favor de los desheredados. Había mudado su residencia a Tehuacán al padecer una ola de represión política por sus ideales vasconcelistas.

Su rol en el ejercicio del derecho le había merecido ser nombrado representante para la Mixteca de la “Sociedad Nacional Protectora del Indio”. Era una época en que la postrevolución buscaba reconfigurar el equilibrio económico entre las clases sociales con un carácter agrarista pro indigenista, pero toda aquella utopía enfrentaba feroces resistencias. En el pueblo vecino de San Juan Ajalpan, Tehuacán, se estaba formando una sección de la Liga Nacional Campesina y había que darle formalidad en una asamblea. A ello fue el licenciado Castillo Merino en su calidad de asesor legal, no obstante las amenazas de agresión que existían. Supuso él y sus acompañantes que la palabra del gobernador y de la autoridad local en el sentido de respetarlos sería cumplida, pero ocurrió exactamente lo contrario. Estaban en disputa las aguas comunales acaparadas desde hacía doce años por un poderoso señor llamado Miguel Barbosa. Éste mandó a sus pistoleros a reventar la asamblea a cualquier precio. Así sucedió, armaron una trifulca y tras la balacera hubo varios heridos y un solo muerto, nuestro poeta, periodista y abogado. Esos sucesos funestos ocurrieron el domingo 27 de febrero de 1927. 


Su crimen fue noticia que alcanzó a la prensa nacional, pues Castillo Merino, además de ser director del periódico Iris era ya corresponsal de El Universal y Excélsior. Todo Tehuacán lloró días enteros sin encontrar consuelo por la pérdida de un muchacho de 31 años que le había escrito esta cuarteta entusiasta cuando la eligió como su hogar:

“¡Oh! La noble ciudad adormecida,
a la vera del tibio manantial;
que brota para darle intensa vida
y bañarla en su límpido cristal.”
...
“Así te ven mis ansias de poeta.
Legendaria Ciudad de las Granadas;
y en tus altares mi emoción discreta,
deja sus claras rimas engarzadas.”



Tehuacán lo había recibido en su autoexilio tras la persecución política que emprendieron los gobiernos federal y estatal contra todos los vasconcelistas, a quienes puso en la disyuntiva de elegir entre entierro o destierro. Don José Vasconcelos había sido candidato a la gubernatura de Oaxaca, pero carecía del visto bueno de Obregón, Calles y su camarilla. Quizás en el fondo temían a los oaxaqueños. El poeta Antonio Castillo se entregó como otros miles a su campaña, que a la vez era propia por ser él también candidato a diputado local. Asumió el vasconcelismo hasta sus últimas consecuencias, pero el fraude escandaloso impuesto a toda costa a favor del profesor Onofre Jiménez, un pelele de Calles, tenía que consumarse llevando a Oaxaca a una crisis política larga, penosa y violenta. Nuevamente los intelectuales oaxaqueños tuvieron que morder la amarga ruta del éxodo para salvar el pellejo ante la represión selectiva. Tehuacán por esos años se convirtió en un lugar más o menos seguro por estar lejos de los límites estatales, pero no tan lejos que no pudieran ser visitados por sus familiares, quienes en tren iban y venían para aquella provinciana ciudad con el fin de estar comunicados. Madres, esposas, hijos y novias quedaron en Oaxaca mientras los varones se ponían fuera del alcance de los pistoleros del gobernador en funciones. Igual ocurrió años antes tras la partida de don Porfirio en el Ipiranga. Tehuacán se convirtió en el abrigo que albergó al exilio de intelectuales, profesionistas y profesores del Instituto de Ciencias y Artes desterrados por la revolución mexicana.

A partir de 1915 Oaxaca había caído en una espiral negativa. Al remolino político de la asunción de su soberanía se le encimaron hambrunas, plaga de langostas, epidemia de tifo, el crimen del hermano del presidente de la república, la crisis monetaria por la aparición de “bilimbiques” de todos los bandos y finalmente la ocupación militar por parte de los carranclanes, el Ejército Consitucionalista de Carranza que borró, por las buenas y por las malas, cualquier intento local de autonomía. Tres hechos crueles fueron el botón de muestra de su perfidia: el fusilamiento y decapitación de su gobernador soberanista, José Inés Dávila, en primer lugar, en segundo lugar el cierre de la Escuela Normal y tercero la clausura del Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca. La prensa local daba cuenta de todo esto. Antonio Castillo Merino debió haber estado empapado de la situación y su empeoramiento minuto a minuto, pues tendría 19 años de edad..

Cuando el ex ministro de Educación José Vasconcelos se entregó a su primera aventura electoral, su prestigio hizo que los estudiantes eligieran su utopía como sinónimo de progreso para Oaxaca. Desconocían que la pandilla de caudillos norteños que habían triunfado con la revolución tenían otros planes para Oaxaca, a la que no dejaban de recelar y a la que se sentían obligados a humillar por haber sido cuna de don Porfirio Díaz.

Oaxaqueños pertenecientes al Partido Liberal Constitucionalista.
Nuestro poeta está señalado con un círculo rojo.


Aquellos años fueron violentos. Antonio quizás hallaba paz e inspiración en la poesía. Se fusilaba a ex gobernadores como Antonio Carrillo Puerto o Manuel García Vigil... Se ponían emboscadas a los enemigos, se asesinaba a los carismáticos Zapata y Villa. Carranza mismo moriría con el mismo método funcional de la revolución... Y le tocaría a Obregón, cerebro de todo este curioso método, morir unos meses después de nuestro poeta. En medio de toda esa “fiesta de las balas”, Antonio Merino alzó su voz de editorialista tanto en Oaxaca como en Tehuacán, a través de su semanario Iris. Por lo tanto, cuando los gángsters le dispararon, no solo malhirieron al abogado, sino que callaron al honesto periodista.

Nota de Iris aclarando la demostración de duelo en Tehuacán...


IRIS, UNA REVISTA REFERENCIAL.
Nuestro autor, Fernando Castillo Menéndez, llegó un día a mi oficina con una bolsa de plástico. Me obsequió su contenido: ejemplares de la famosa revista Iris de Tehuacán que tenía duplicados. Hasta ese momento ignoraba yo que ya había él hecho una exhaustiva investigación hemerográfica del poeta, su ilustre tío abuelo. Pero él por su parte no sabía que el nombre de la revista lo tuve presente desde muy chico, pues en las conversaciones que sostenía mi padre, el periodista Néstor Sánchez H., con antiguos escritores de Oaxaca, se mencionaba con frecuencia aquella revista, siempre en tono alabatorio. Sólo una vez vi sus ejemplares en la Hemeroteca Pública de Oaxaca, fundada por don Néstor en 1972. Me atrajo su estética fuertemente desde entonces.

Portada del primer número de Iris


Luego, a través del estudio de la historia de la prensa en Oaxaca, conocí más noticias de Iris. Es una referencia obligada para conocer la producción editorial oaxaqueña, pues Iris se convirtió en la revista del exilio oaxaqueño. Periodistas, poetas, escritores... todos citaban aquella publicación que de seguro circulaba en Oaxaca con holgura, aunque esquivando la censura. Escuché hablar de ella siempre con halagos a don Guillermo Rosas Solaegui, a don Alfonso Francisco Ramírez, a doña Arcelia Yañiz, a don Everardo Ramírez Bohórquez y si mal no recuerdo al mismo Gonzalo Zanabria. Aquella revista fundada por Antonio Castillo Merino era vanguardista, era incluyente, era romántica. En eso coincidían todos. Por si fuera poco, era de regular periodicidad. Todo lo opuesto a lo que sucedía en la ciudad de Oaxaca, que por las represalias de los carranclanes sufría todo tipo de privaciones periodísticas, empezando por la censura y el gangsterismo desde arriba.



El joven Castillo Merino llega a Tehuacán y encuentra un ambiente propicio no solo para la ensoñación poética sino para la acción periodística. Conoció en Tehuacán a don José García Parra, un socio ad hoc y ambos deciden dar a la luz una revista semanal de “variedades”. Antonio Castillo ya conoce el poder de la palabra impresa y encabeza acciones transformadoras de su entorno socioeconómico, como la campaña periodística que emprende en pro de la construcción de la carretera entre Tehuacán y Huajuapan. Estimula a los círculos mercantiles para que vean las ventajas expansivas de la comunicación a través de su semanario. No solo eso, también les da unas cuantas lecciones de glamur al promover el refinamiento del ocio organizando bailes de etiqueta, como aquellos que había presidido siendo el más importante y joven Poeta Laureado en la ciudad de Oaxaca.

Castillo es un vanguardista en Tehuacán. En la portada del libro de su vida y obra pusimos un retrato de él fotomontado en una bella ornamentación tipográfica, a manera de nicho. Aparece en el claroscuro mostrando la elegancia de su carácter y la galanura del intelectual seguro de sí mismo. Cualquiera que diga que este caballero escribe tangos y declama en las tertulias inspirado... tendría razón.



Me parece a mí que Antonio Castillo Merino toma el modelo periodístico de su amigo en Oaxaca don Ángel Taracena, quien había publicado en 1921 en esta ciudad su revista Boletín Comercial y Agrícola, que un poco más tarde cambiara su nombre al más adecuado de Evolución. En esta revista de corte literario y de novedades se da información mercantil del comercio local. Éste, con su publicidad, sostiene la revista que como su nombre lo indica, revisa todos los temas de interés social, ofreciéndole variedad y actualidad al lector de Oaxaca. Sin embargo las imprentas de Oaxaca no están a la altura de las de Tehuacán, que imprimen Iris.



En una carta que en 1925 (4 de febrero) le manda Taracena a Antonio Castillo, acusa recibo del primer número de Iris y se queja con él así: “Mi [revista] Evolución saldrá, Dios mediante, en el transcurso del presente mes. Estaba decidido a editarla en ese mismo Tehuacán, pero comprendiendo que es hasta bochornoso para Oaxaca que una revista como aquella, que ha tenido el orgullo de visitar paises extraños y ser ampliamente conocida y estimada en todas partes, dé el triste espectáculo de que se edite fuera de Oaxaca, donde para verguenza nuestra, no existe una imprenta donde poder hacer ese trabajo en condiciones favorables” (p. 48).


Sólo un conocedor de la historia de la imprenta puede ver a la primera el valiosísimo trabajo y esmero tipográfico de las portadas de Iris. Su estética vanguardista explica su suceso de inmediato. La imprenta “El Refugio” se reinventaba a sí misma cada semana, estimulada, qué duda puede caber, por trabajar con el director de la revista, don Antonio Castillo Merino. Hacer a mano esas composiciones a dos tintas exigían entonces muchas horas, mucha pericia y mucho arte. La elección misma de los colores especiales comprueba que los tipógrafos amaban hacer esas ediciones. No pudo haber salido a la primera ni en los turnos de rigor. Debieron haberse metido en las madrugadas, tertulia en marcha, para lograr construir iconográficamente un sello personal, un discurso estético propio, y además haciéndolo pasar dos veces por las máquinas, tarea que con la tecnología de la época solo se hacía si se pagaba superlativamente o si bien había motivación y entusiasmo por hacerla. Sé que debe haber sido esto último. Se adivina que había en esa imprenta de Tehuacán afinidad de intereses intelectuales, amor por la poesía y comprensión por el joven dinámico poeta y abogado. El resultado es que en una sencilla imprenta de provincia estaban haciendo diseños tipográficos que afortunadamente quedaron para la historia como exclamación de una estética original. No conozco ningun impreso local que le iguale en originalidad.

LAS RAZONES DEL PERIODISTA CULTO.

¿Cómo es que Castillo Merino y su socio, José García Parra eligen Iris como nombre?
Deduzco que se inspiran en una publicación mas antigua pero que dejó honda huella. En 1826 aparece el primer periódico crítico y literario del México independiente llamado “El Iris”. Es el fruto de la asociación de tres periodistas liberales extranjeros que en la ciudad de México irrumpen con un estilo nuevo de hacer periodismo. Sus autores son Claudio Linati, italiano, introductor de la litografía en México, garibaldino, insurgente de la independencia de Italia. Llegó huyendo de la persecución política y se trajo sus herramientas para montar aquí el primer taller litográfico. Otro editor es Florencio Galli, desterrado también de Italia y de oficio minero y el tercero fue José María Heredia, exiliado cubano, afín de José Martí, periodista de elegante prosa y experto en las artes escénicas y también el mayor del grupo.



Este periódico mensual nace en la Ciudad de México con gran estrella porque está bien escrito y abraza la causa de la independencia nacional, pero además hace promesas a un sector de lectores entonces inédito: las mujeres. Cuando explicaron sus afanes editoriales escribieron: “Que Cupido nos prestase una pluma de sus alas para tributar el bello sexo artículos dignos de su amabilidad. Las modas, que reuniendo la variedad al buen gusto completan el hechizo por el cual saben ejercer tan dulce imperio sobre los hombres”... El Iris –Periódico crítico y Literario– publica lo mismo notas sobre política que poemas, notas de teatro y reseñas de química. Se distribuía por todo el país. Tienen corresponsales en Tehuacán y en Oaxaca, en este caso en la persona del Coronel José María Ortigoza. De modo que circuló por todas partes y a todas partes llevó imágenes litografiadas y coloreadas a mano de muchachas vestidas a la última moda de París... Su lema fue Pax musarum altrix... Las musas fomentan la paz...

El Iris de 1826 no vivió muchos años, pero dejó su herencia como una revista original que abría sus espacios a la literatura y las artes, sin renunciar a su rebeldía ideológica. Su nombre se retomó en muchas ciudades de la provincia mexicana desde entonces... Deduzco que aquél periodismo ayudó a Castillo a escoger su mismo nombre, aunque cien años después.


El proyecto de Tehuacán iba en grande. Basta leer en portada la nómina de colaboradores para ver las altura de sus vuelos: de Oaxaca: Manuel Pereyra Mejía, José Ferrer Pantoja, Próspero Bolaños y otros más. De México: Alberto Vargas, José Vasconcelos, Alfonso Francisco Ramírez, Manuel Brioso y Candiani, Pedro Camacho, Efrén Núñez Mata y Genaro V. Vásquez, entre otros. Con excepción de éste último casi todos ellos fueron transterrados, miembros del éxodo oaxaqueño de porfiristas, soberanistas y vasconcelistas que habían sido perseguidos por los carrancistas, los obregonistas y los callistas. De Oaxaca exhibía estos nombres: Ramón Pardo, Marcial Pérez Velásquez, Daniel Rueda, Julio Bustillos, Rafael M. Toro, Jesús Castillo, José Santaella Ramírez, Ángel Taracena y Jorge Fernando Iturribarría... la plana mayor de intelectuales que en los siguientes años darían lustre no solo al Instituto de Ciencias y Artes, sino al periodismo, la literatura e historiografía oaxaqueñas. Iris, Semanario de Información y Literatura era un proyecto mayor, un diamante en proceso de pulimento que periodísticamente hablando acogió a lo mejor de nuestra intelectualidad, abriéndole sus páginas a sus ideas, sentimientos y utopías. Tras la muerte de su director, siguió editándose algún tiempo más, pues ya Tehuacán la había hecho suya. Eso hizo legendaria a Iris. Por eso escuchaba yo de niño hablar de ella cuando mi padre conversaba amenamente con los veteranos periodistas y literatos del Oaxaca de los años sesentas y setentas del siglo XX.


LAS RAZONES DEL POETA.

Nuestro poeta nace en San Juan Ixcaquixtla, Puebla, el 13 de junio de 1896. Su padre comerciaba ganado que traía arriando y pastando desde la Costa chica. A fines del siglo XIX el matrimonio Castillo Merino se traslada a vivir a la ciudad de Oaxaca pues le ve más ventajas que a San Juan. Su madre fallece de fiebre puerperal al alumbrar a su sexto hijo, quien también fallece. A los cinco años nuestro poeta ha quedado huérfano. Para contribuir al gasto familiar se hace un eficaz ordeñador de las vacas domésticas estabuladas en la Trinidad de las Huertas, el nuevo hogar. Más tarde toma afición por los gallos de pelea y la actuación en obras de teatro. Debe haber sido un lector voraz. Se deduce esto de los versos que ya está escribiendo. Ecos de la lectura de Díaz Mirón, de Nervo y Rubén Darío, adornan su producción temprana y le dan plumas a sus alas de poeta pues ¿de dónde podría venirle la inspiración si su padre es un administrador de haciendas, un ranchero viudo?


De su escuela, sin duda alguna y de su propia alma, que ha comenzado a ser formada en las mejores manos. En 1906 se le expide el siguiente diploma que dice: “El Director y los Profesores del Colegio Católico del Espíritu Santo, teniendo en consideración la aplicación y aprovechamiento del alumno del tercer curso de Instrucción Primaria Antonio Castillo en todas sus clases, y deseando premiar su mérito, tuvieron a bien asignarle medalla Dorada y expedirle el presente diploma, para que le sirva de honor y gloria en su carrera literaria. Oaxaca, a 8 de diciembre de 1906. El director: Carlos Gracida. El Secretario: Emilio Jiménez.”... Antonio apenas cuenta 10 años y ya destaca por su pluma.

Quince años después, cuando ya tiene 25 resulta el ganador de los primeros juegos florales convocados por el Instituto de Ciencias y Artes con motivo de cumplirse los cien años de la consumación de la Independencia nacional. Envía varios textos, pero uno de ellos titulado “La epopeya de las águilas” recibió del jurado esta crítica. “Mereció la preferencia por su tono épico, por la elevación del pensamiento y la nobleza de la idea, así como por su belleza, su forma y la energía sostenida de su expresión...” p. 24. Así reza el acta del Jurado Calificador, compuesto por el los doctores Ramón Pardo y Alberto Vargas y el Lic. José Guillermo Toro.

Antonio Castillo Merino, al lado de la reina 
de los Juegos Florales Dora Sara


Está publicado este poema en el libro que presentamos. Dice así su primera estrofa:

Amanece:
Las nubes se coloran de cárdenos reflejos
y en los lagos, brillantes cual bruñidos espejos,
finge el sol, cuando surge de lazul lejanía;
un incendio en el fondo de un diamante de Hungría”... p. 26.

El autor cuenta en versos de 14 sílabas una lucha mitológica entre los caballos árabes de los conquistadores y las águilas mexicanas, donde éstas últimas resultan victoriosas metafóricamente hablando atacándolos desde el aire, pero sin pisar tierra y por lo mismo sin mancharse con la sangre derramada en la conquista del Nuevo Mundo.

El joven literato ha estado leyendo a los poetas del modernismo. Su temática y técnica literarias nos remiten a Darío quien también en versos elogia a Caupolicán, indio mapuche que lidera la resistencia contra los conquistadores –en el actual territorio de Chile–... En el estilo y en el vocabulario se aprecian además luces de Salvador Díaz Mirón.

La “Epopeya de las águilas” pudo haber recibido del aquel la perspectiva que el poeta veracruzano incluyó en esta cuarteta de endecasílabos:
“Erguido bajo el golpe en la porfía
me sentí superior a la victoria.
Tengo fe en mí; la adversidad podría,
quitarme el triunfo, pero no la gloria.”

Y además en la célebre frase de este mismo poema: “Hay plumajes que cruzan el pantano/ y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos!” En el fondo de su “Epopeya...” podría estar la poética de A Gloria aquel célebre poema que todos recordamos comienza así: “No intentes convencerme de torpeza/ con los delirios de tu mente loca...


Las águilas mitológicas de Castillo Merino bajarán de sus riscos para vengar la derrota del indio nativo. Acabarían con los caballos militares, asustarían a los carniceros mastines de combate españoles y a sus amos, verían la sangre derramada, pero remontarían el vuelo sin contaminar sus alas con aquellos horrores... Allí permanecen desde entonces las águilas mexicanas sin mancha, tal es el sentido del poema triunfador.

Son versos llamados de “arte mayor” por su número de sílabas: 14. Por su extensión, se usó como el ritmo propio de los temas líricos y sentimentales. Su prolongada pronunciación en silencio o recitación en voz alta le agregan a la historia un ritmo valseado de nostalgia, donde se requiere de respiración pausada y bucolía.

Rubén Darío usaba la misma medida de verso para hablar de sus cisnes blancos y su “sonatina”:... Por ejemplo en La princesa está triste... escribe esta línea tan suya: “¡Los suspiros se escapan de su boca de fresa”. Amado Nervo los emplea en su: “Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida” y Pablo Neruda igual... en su célebre “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”
Para el gran Darío el pasado histórico fue sangriento, no se puede negar, pero los poetas deben purificarlo cantándolo en nuevas epopeyas. En el porfirismo se vuelve a pensar en la raza de bronce como un conjunto de virtudes morales tan dignas como las del cristianismo, pero puestas en práctica desde antes de su llegada. Será la suma de aquellas con éstas las que fraguarán la identidad sincrética del mexicano en los albores del siglo XX.

Poeta Laureado en Tehuacán...

Antonio Merino gana los Juegos Florales de Tehuacán en 1922. Pero esta vez el poeta se ha aumentado a sí mismo la dificultad estilística. Siente que ya domina el verso y es verdad. El tema, por lo demás, es propio para su confesión en voz baja, próxima al murmullo y el soliloquio adolorido:

Su poema se titula Como antaño y esta es su primera estrofa:

“¡Madre... Madre! Hace tiempo, mucho tiempo, que te has ido
y ha cruzado por mis ojos el fantasma del olvido.
En el alma llevo el frío de las nieves invernales;
y los claustros de mi pecho, lucen gasas funerales.”

Ha preferido el escritor el lento “octonario” de 16 sílabas, el más largo de los de arte mayor, pero al mismo tiempo ha enriquecido su capacidad sentimental. Alma y pluma han hallado los nervios comunicativos de la precisión y la complicidad. El jurado ha quedado embelezado y le ha concedido su Flor Natural.

En la década de los veintes está llegando a su fin el espíritu modernista cuyos valores poéticos son el amor inconcluso, el canto nacionalista y la adopción de la muerte como musa y alter ego. El poeta es un alma incomprendida que no teme pasear por los cementerios. La muerte es aun una presencia real a la que ni la medicina ni la farmacopea de la época logran ni siquiera arañar. La mortandad materno infantil es muy extensa. Las epidemias se expanden con facilidad. La melancolía es un padecimiento que solo se cura con más poesía... Freud no sabe qué hacer con la larga cola de mujeres deprimidas que tocan a su puerta en busca de alivio. Se le echa la culpa a la modernidad que lo ha mecanizado todo, incluso la muerte...


Para los poetas la muerte es una dama misteriosa, dueña del reino del más profundo de los sueños. Sin embargo, pese a su aspecto pavoroso, no es ni negada ni aborrecida. Al contrario, es alguien con quien los poetas gustan de charlar cuando están inspirados. Es un espejo para la reflexión personal sobre el misterio de misterios. De aquellos diálogos brotan versos iluminados o decepcionados pero que aproximan al alma a lugares en donde nadie más la puede acompañar. Ese es el valor de la poesía de este periodo, ese toma y daca con un tema que la religión responde a priori y que la vida cotidiana minimiza. Es el limbo temático del periodo, pero ocupó muchas horas de preocupación de los poetas nacionales. Lo hizo incluso hasta 1939 cuando el poeta mexicano José Gorostiza alcanzó el clímax insuperable de Muerte sin fin, el “everest” de la poesía nocturna latinoamericana. Su equivalente en la prosa es, qué duda puede caber, Pedro Páramo, de 1955, salida de la pluma de Juan Rulfo y considerada por la crítica la mejor novela de la literatura mexicana del siglo XX.

Antonio Castillo gana nuevamente la Flor Natural en 1923 con un poema de esta misma génesis. Lo tituló Fantasía y dice así su primer cuarteto:

“Hoy he pasado cerca de la muerte...
Sus manos, descarnadas y viscosas,
ciñeron sus falanges a mi suerte,
como alas de nocturnas mariposas”.

En mi opinión es el poema mejor logrado de los incluidos en este libro. El poeta tiene 27 años. En sus constantes caminatas en solitario con la Muerte pareciera que “ella” le ha tomado más amor al poeta del que hubiéramos querido. En el transcurso del poema le dicta la siguiente estrofa:

“Por qué pretendes con afán de loco,
a mi escondido reino penetrar?...
¿Es para tu ambición, el mundo poco,
y quieres mis dominios conquistar?...

El jurado calificador reconoce el apego a los preceptos clásicos de sus estudiantes concursantes y decide premiar a Castillo por la originalidad del tema y el dominio que tiene de la forma y cualidades de su poesía. Yo me pregunto si Castillo Merino leyó el famoso poema simbolista de Edgar Allan Poe titulado El Cuervo, pues está perfectamente emparentado. Ambos poetas escriben lo que acaban de experimentar en carne propia con la inasible Muerte... Pero una pregunta más útil que aquella sería la que nos respondiera ¿qué libros leía Antonio, dónde? ¿de qué biblioteca? ¿quién se los prestaba?

Profesores e intelectuales del Instituto de Ciencias y Artes
de Oaxaca, dirigidos por el Dr. Ramón Pardo.


Para el joven Castillo, dichoso en el triunfo literario, la vida parece ser una modesta y hasta invisible telaraña que ha estado siendo tejida a su alrededor por un sueño misterioso. En el siglo XIX la figura de la muerte deja de ser la calaca descarnada del barroco y se torna el sueño eterno que seduce o trastorna a los poetas. No habrá dolor ni tragedia, ni llanto ni misas ni sahumerios. Se entra a la muerte como a una dormición pactada, tibia pero definitiva.

Nuestro autor reproduce la última composición de Antonio publicada en Iris, extrañamente el mismo día de su muerte violenta. La tituló, qué paradoja de poeta, Dulce Muerte y dice así:

La araña teje su invisible tela,
con esfuerzo tenaz en el vacío;
y con su trama sutil, no se revela
su designio satánico y sombrío.

Así el destino teje a nuestra vera
sus hilos misteriosos de leyenda;
y mata la ilusión en primavera,
antes que el soplo del amor se encienda.

Ven por eso a mis brazos quiero verte
antes que nuestras vidas se amortajen,
en la tela de araña de la muerte
y del dolor a los infiernos bajen.

CONCLUSIÓN



Esta edición es notable por el rescate de sus versos poco conocidos. No existen en ninguna antología de poesía oaxaqueña que se haya editado en los últimos 30 años, quizás sí en las poblanas, pero en adelante este libro será la fuente que ponga a disposición de los académicos la interesante vida y obra literaria de Antonio Castillo Merino.

Uno sabe que el joven autor que estamos conociendo nos ha dejado para siempre de manera injusta y prematura, pero bastará leer sus versos para devolverle vigor a sus alas donde quiera que se encuentre, incluso si está ahora mismo aquí sentado a nuestro lado escuchándonos, escuchándose.

Antonio Castillo Merino ha acariciado el Parnaso y éste le ha obsequiado para siempre residencia en su patria poética, refulgente refugio donde creo que se recrea su alma merecidamente.

Claudio Sánchez Islas.
Oaxaca. Agosto 28 de 2015.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA.

Castillo Menéndez, Fernando. Biografía de Antonio Castillo Merino. Historia de un poeta, 1896-1927.
Carteles Editores. Oaxaca, 2015.

Ruiz Cervantes, Francisco Jose y Carlos Sánchez Silva. “La imprenta y la prensa en Oaxaca, siglos XIX y XX” en Historia de la prensa en Iberoamérica, Celia del Palacio Montiel, comp. Alianza del texto universitario. Guadalajara, Jalisco, 2000.

Ruiz Castañeda, María del Carmen, introd. en “El Iris: Primera revista literaria del México independiente”, e “Índice” por Luis Mario Schneider, en El Iris, periódico crítico y literario por Linati, Galli y Heredia. Edición facsimilar. 2 v. UNAM. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. México, 1988.

Sánchez Pereyra, Javier. Historia de la educación en Oaxaca 1926/1936. IEEPO. Oaxaca, 1995.

HEMEROGRAFÍA

Iris, semanario de información y literatura. Ejemplares sueltos comprendidos desde el Núm. 5 del 22 de febrero de 1925 hasta el Núm. 117 del 17 de abril de 1927. Tales son: 5, 13, 16, 18, 22, 26, 27, 30, 32, 35, 112, 113, 114, 115, 116 y 117.





sábado, 15 de agosto de 2015

ANTOLOGÍA DEL CUENTO OAXAQUEÑO

Apareció ya en la Colección Las Quince Letras la antología del cuento oaxaqueño. Como se sabe y ya hemos reseñado aquí, esta edición es obra del Instituto de Investigaciones en Humanidades de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. La siguiente es su portada:


La viñeta es una capitular de la letra "k" por Edith Chávez.

Dejemos que el antologador y autor del ensayo introductor, Manuel Matus Manzo, nos ofrezca los motivos y razones de su más reciente libro:


LO QUE SE CUENTA DEL CUENTO

¿Qué es el cuento? Sabemos qué es un cuento —una narración breve—, pero podemos encontrar definiciones variadas. Dice Julio Cortázar que el cuento ha de imponerse al lector de un solo golpe; pues es una narración corta, un solo tramo de tiempo, como un personaje a quien le sucede algo particular; y de preferencia se lee de una sola sentada. También es una identidad, una conciencia, una definición. Contar y encantar son premisas del cuento.
¿Cuándo habrá comenzado entre nosotros a escucharse un cuento? Cuando comienza el habla y da razón de la lluvia, del maíz, de los animales y sin duda: de los dioses. Lo divino debió jugar un papel muy importante en la imaginación narrativa. Siempre tenemos un antes y un después, medido por el tiempo de la Conquista con la nueva lengua, el castellano. No es aquí la intención de abarcar lo antropológico. Nuestra labor es más modesta, más actual, que tiene que ver con el asunto de la lectura, por eso el acercamiento con los estudiantes. La primera forma de contar que tenemos presente por tradición oral es el mito, que nos da razón imaginaria del origen de las cosas y de lo humano; las leyendas, lo sobrenatural, las mentiras.
Lo que un cuento cuenta no es para creérsele, y a pesar de eso nos puede poner contentos o tristes, ¿entonces? Estamos atentos del que cuenta, luego preguntamos: ¿y qué sucedió? Hay sociedades en las que el cuento es elemento didáctico educativo. En México todavía en la década de los sesenta del siglo pasado, los maestros contaban cuentos al atardecer. Luego programas y horarios fueron modificados, y esa importancia se minimizó. La palabra perdió sus grandes efectos.
Cuando uno escribe desde la provincia ¿con qué firmeza lo hace? Quiero decir, si es contundente. Lo primero es cuánto se ha leído. Cuentan la dedicación y el trabajo diario; lo mismo que el ambiente y la crítica. Habría que decir que hay que escribir a palos, por las desventajas en que estamos. Hay que salir y emigrar muchas veces. Distinto es aquel que viene de fuera, de un país que tiene los alcances de la lectura, el ocio y tiempo libre, y que en general ya es un escritor, por ejemplo, los ingleses que han venido a Oaxaca.
El ingenio, la mentira, la imaginación, el sueño, son elementos diversos del habla, de la palabra que se convierte en cuento, hablado o escrito, pero lleno de sentido hacia el oyente o el lector. ¿Cómo quieres escuchar un cuento, oral o escrito? Contar un cuento, escuchar un cuento, leer un cuento; un cuento que ayude a la emoción y a los sentidos en un momento. Lo que tenemos por riqueza en esa expresión en castellano actual es el apuro y el esfuerzo de una reunión en un solo libro, diverso, eso sí; una dispersión que requiere unidad, este es el intento de esta antología. Queremos hacerlo valer mediante este libro por encargo de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, como la aventura de buscar caminos a la lectura entre los estudiantes y entre un público más general. Suena hasta elegante pronunciar “el cuento oaxaqueño”, por decir del cultivo de este género en nuestro medio.
Así como los pueblos y las pequeñas comunidades de Oaxaca, todas las culturas en todos los tiempos han tenido la necesidad de componer cuentos; personajes que saben usar la palabra y desplegar el ingenio para contar las cosas, porque saben que con ello se produce un particular estado de ánimo entre la gente, formando tradiciones, cultura y educación; y es el cuento una forma de elaborar esta sensibilidad social. Primero fue mediante la palabra oral y después mediante signos se hizo por la escritura. El cuento es la manera más antigua de contar un suceso o una historia, que puede agradar además a los sentidos del escucha. Es difícil que cualquiera de nosotros en Oaxaca no haya escuchado un cuento en su infancia de boca de los mayores, quiero decir, crecimos en una tradición de mitos y leyendas orales. Los relatos son divertimentos en el campo, al escribirse se convierten en cuentos y dan lugar a los libros. Los niños siempre piden que algo se les cuente; las noches siguen cumpliendo su función original de contar historias; en la lengua que sea.
El cuento ha sido el más recurrido de los géneros en nuestras tradiciones; en lo oral se dice contar una historia; por otra parte, el tema de lo sobrenatural es uno de los más solicitados pero menos escrito. Porque el cuento moderno se inclina hacia otros temas. Oaxaca es una referencia literaria, en la poesía, en la novela, el ensayo y el cuento, que nos señala una riqueza particular de cultura. Una antología no es una totalidad, pero en lo general es una muestra, una selección particular a partir de lo existente y a prueba de tiempo. También la función narrativa en el cuento está hecho de tiempo, de hechos, personajes y de ambiente.
¿Quiénes son algunos de nuestros cuentistas? ¿A qué temas de Oaxaca han recurrido nuestros escritores e incluso aquellos no nacidos entre nosotros? Ricardo Flores Magón que tanto escribió en cuestiones políticas e ideológicas, también escribió cuento, con un tema del mismo carácter como aquí lo vamos a encontrar, y que es anterior a la Revolución. Porque nuestra literatura moderna comienza a partir de este movimiento, como en el caso de José Vasconcelos. Curiosa es la diferencia con Andrés Henestrosa, por escribir literatura oral de los mitos y leyendas de una antigüedad mesoamericana.
El tema central de esta antología es Oaxaca, bien por los escritores oaxaqueños, o por aquellos que han llegado a esta tierra y se han inspirado en ella. No hemos notado muy bien la riqueza que se produjo al conjuntarse las lenguas, los giros en cada región o pueblo, las ciudades ya en sentido más moderno. La Revolución, la comida, el magisterio, el campo; siempre algo encuentra su referencia con el mundo precolombino.
Reunir una serie de voces que del cuento dan razón en Oaxaca es un hecho interesante, apasiona porque es algo que viene del mismo origen de las cosas. Cuentos de Oaxaca, y tal vez sea más lo que no está escrito, pues la temática del cuento en Oaxaca debe ser muy antigua, comienza con la tradición oral, y es por sí sola una antología imaginaria del sueño y la invención y que puede ser lo primero y lo más antiguo. La tradición de los biniguláza o zapotecos, por ejemplo, o los mixtecos, los mixes, los zoques, nos han impregnado su lenguaje y su influencia, como la lengua náhuatl, que tanto ha influido, nada más en los nombres de pueblos, ciudades y las cosas, tanto en los nombres de las deidades. Así se escuchan las versiones del Rey Condoy entre los mixes; La Donají en los Valles; Ita Andehui en la Mixteca; es una literatura latente sin autoría, sino de diferentes versiones. Aunque esta antología no pretende una reunión geográfica o regional, sino personalizada de los cuentistas oaxaqueños; e incluso de extranjeros que han tomado Oaxaca en su temática.
¿En qué lenguas escribimos actualmente? ¿Qué o cuál imaginación nos guía para escribir? Puesto que esta antología solo pretende reunir obra o cuento corto, en español, decimos que es la manera más universal de la escritura, muy a pesar de nuestra riqueza en lenguas y cultura, ello va muy apreciado. Advertimos que el objeto es la comunicación y el encuentro del género corto.
Hoy habitamos un Estado de muchas lenguas, incluyendo desde luego al propio castellano del siglo XVI hasta nuestros días en muchas comunidades, compartiendo el náhuatl. Son muchos los autores que habría que mencionar, pero hay limitaciones. Hemos recibido la influencia de escritores extranjeros que han vivido y escrito desde nuestro lugar. Escritores no oaxaqueños que también nos han dejado huellas literarias: D.H. Lawrence, Malcolm Lowry, Italo Calvino; de este último incluimos el cuento que refiere especialmente sobre la comida.
Muchos escritores extranjeros han pasado por el sureste de México, los ingleses han tenido un particular afecto a Oaxaca como muy pocos y que han viajado por nuestra tierra, novelistas, poetas y cuentistas: D.H. Lawrence, Malcolm Lowry, Graham Greene, Aldous Huxley, Seamus Heaney, Robert Valerio. Luego uno podría preguntar, ¿y qué hemos tomado de ellos en la lectura y la creación? Más bien son ellos quienes se han inspirado de nosotros, desde esa mirada en que nosotros no podemos mirarnos de la misma manera.
Y no es que los oaxaqueños no escriban, sino que el esfuerzo es mayor sin grandes lecturas, cuando se hace sin profundizar en las cosas, en la ficción que exige la escritura actual. Tampoco tenemos al lector exigente, o la crítica. La temática nos gana, la persistencia luce un momento y se apaga; se corta la continuidad. Sin la lectura continua la obra se resiste a salir de la pluma. También parece haber una pereza imaginaria para escribir. Las regiones mantienen sin embargo su oralidad creativa. En la tradición oral del Istmo existe un género regional llamado “mentira”. Muchos han escrito mentiras, como Gabriel López Chiñas, Alejandro Cruz, Enedino Jiménez, Víctor de la Cruz, que lo han tomado de la tradición oral, de los propios mentirosos sin saber escribir; y merecen ser considerados en exposición aparte.
No es una clasificación por regiones, ni por edades, ni tendencias; no se excluyen estos criterios que sería deseable; comienza más bien con el siglo XX con la detonación revolucionaria. El principio de siglo son ya momentos de la Revolución; es Ricardo Flores Magón quien da inicio con ello, escribiendo relatos y propagandista.
El cuento tradicional o popular es el padre de todos los cuentos, de ahí viene el nuevo cuento, o cuento moderno o literario. El primero se distingue por no tener autor, nace oral y se hereda por generaciones. El cuento literario se presenta escrito y con autoría. Pero ambos son de carácter imaginario; encantamiento original.
Entre los autores más cercanos y más conocidos en los últimos años, se encuentran Andrés Henestrosa y Gerardo de la Torre. El primero hace una reconstrucción poética del mito y la leyenda; el segundo se inserta en una visión menos tradicional o regional, habla de la vida moderna y la desigualdad social. Ambos salen de su lugar de origen y llegan a la ciudad de México en diferentes épocas; se abren al panorama universal. Que no es lo mismo escribir desde el mismo lugar de origen, aunque esté la historia oral, pues se ha necesitado de una conexión con la lectura de los autores clásicos o universales. Pues la literatura es una forma de conciencia; tanto leer como escribir cambian a la persona. Víctor de la Cruz y Arnulfo Mendoza, combinan lo escrito y lo oral en el mito zapoteco, el primero escribe y el otro relata. También Macario Matus sabía escuchar lo que la gente contaba; escribía de manera muy breve.
No deja de ser un enorme afecto personal por Oaxaca el que a uno le toque en algún momento, componer o armar estos cuentos de diferentes escritores; unos han sido influidos por otros, dicha influencia ha jugado un papel de gran importancia y debe permanecer entre nosotros, cuentistas o no; otros incluidos son escritores muy conocidos en las mismas cuestiones literarias. Algunos con su permiso y otros no, pensando en que la Universidad no necesariamente tiene que hacerlo, por el simple hecho de la difusión de la cultura y no con fines comerciales. Y esto mismo adelanto a decir el agradecimiento del esfuerzo intelectual de su trabajo.
Con esto lo que podemos afirmar es la existencia de una tradición cuentística de lo oaxaqueño, nacida de lo oral y continuado de manera escrita. Los escritores de cuento más recientes han procurado una creación mucho más personal, entre los muchos continuadores destacan por su efectividad, Israel Castellanos, Abelardo Gómez, Azael Rodríguez y Víctor Armando Cruz Chávez; también confían en su personalidad imaginaria Jorge Pech y Cuahtémoc Peña, sin olvidar la maestría de Fernando Solana. En muchos otros está de igual manera la continuación del hecho literario del cuento.
Lo dicho al principio, estamos ante el esfuerzo de muchos para decir que hay un cuento oaxaqueño. Quienes lo hayan hecho, estos son ejemplos de la palabra escrita con el mayor esfuerzo, que tal vez ninguno pensó estar al lado de otro alguna vez, como lo dejamos demostrado esta vez. Queremos decir que esto de ninguna manera limita a nuestros autores para hacer de su obra simplemente una literatura local, lejos de un mero regionalismo. Lo que la literatura hace es conectarnos a lo exterior; nos representa, pero nos libera de su propio origen; nos puede llevar a cualquier latitud. Nuestro tiempo es de exigencias. Decíamos que el punto de partida es la temporalidad. En la Revolución se define un nuevo impulso literario y es Ricardo Flores Magón, quien propicia esta visión, tal vez más como propagandista y de conciencia política, que como empeño literario. Y con él se abre esta antología. Que el lector juzgue tales empeños.



Y ahora leamos uno de los breves salido de la pluma del literato Azael Rodríguez Miranda. Extraño cuento, pero ortodoxo por lo demás...



NOTICIAS DE LOS BELELI
AZAEL RODRÍGUEZ

Los beleli fueron un pueblo numeroso y combativo; ahora son pocos. Su temperamento, con el apresurado paso de los días, se ha vuelto pacífico, meditabundo, a tal grado que sus varones principales se jactan de haber respondido toda su vida a las agresiones de sus enemigos con sonrisas enigmáticas y desestabilizadoras, y de no conocer espada o instrumento o máquina alguna que pudiera servir, así fuese indirectamente, para el despreciable ejercicio de la guerra. Profesan una religión vagamente musulmana y Marco Polo, en página feliz, pondera su hospitalidad y su pericia culinaria.
En los buenos tiempos, Elí el Fatalista, su mítico rey, llegó a tener 60 mil súbditos diseminados en cientos de islas, entre la India y Madagascar. Actualmente viven en Lucía, un peñasco de origen volcánico, situado al suroeste del mar de Andamán, en el ecuador terrestre, en el ombligo del océano Índico.
El más reciente censo de los beleli, en el año 1377 de la Hégira, nos informa que su población total es de 19 habitantes, divididos o agrupados en tres clases sociales:

a) el rey —conocido como el Aisén—, que tiene el carácter de Hijo de la Noche, además de los títulos de Gobernador de los Dátiles y Siervo de la Espiga;
b) la corte, integrada por las cuatro esposas del aisén y sus dos hijas y cuatro hijos (los cónyuges de estos últimos no son parte de la corte), y
c) el pueblo, compuesto por ocho personas.

Hasta donde se sabe, el aisén de los beleli es el único monarca que tiene la obligación legal de saludar diariamente a todos sus súbditos en forma personal, lo que suele hacer a media tarde.
Sus leyes también establecen que sólo el Siervo de la Espiga tiene derecho a no trabajar. Pero se ve obligado a hacerlo, y del alba al ocaso —en la pesca, como el resto de sus coterráneos—, porque en Lucía, aislada por un mar infestado de tiburones tigre y por la falta de ambición del temperamento nativo, escasea mucho la mano de obra. Éste es uno de los principales obstáculos para lograr el pleno desarrollo de la economía y el comercio belelenses, por lo que el aisén actual toma ya cartas en el asunto y se muestra cada vez más partidario de las medidas drásticas.
El otro obstáculo principal son las hambrunas periódicas.
En el magro suelo de Lucía la agricultura es imposible y sus habitantes viven del mar. Del mar vienen la alegría y la catástrofe. Los cardúmenes del matute listado de cola negra1 —de los que el pueblo beleli se alimenta casi exclusivamente—, por causas desconocidas aún, cambian sus rutas migratorias de cuando en cuando. Cada vez que esto sucede, los isleños se ven obligados a alimentarse del pescado seco disponible y luego de hierbas y ralees, hasta que encuentran la nueva ruta. En el intervalo fallece a veces más de la mitad de la población.
Por estas fechas debe encontrarse ya en el parlamento —compuesto por todas las mujeres del reino, quienes por cierto se han declarado conservadoras al respecto— una iniciativa de ley enviada por el Hijo de la Noche, en la que se considera una agresiva política de población que tiene como objetivo primordial colonizar la parte sur del océano Índico con millones de sonrientes y contemplativos beleli —con la esperanza de que las futuras generaciones encuentren otras fuentes de alimento menos caprichosas, quizás en otras geografías—, emulando esplendores de épocas más gloriosas, antes que la próxima hambruna los merme en forma definitiva.

1Pez acantopterigio, de carne comestible y delicada, que llega a alcanzar los 3 5 metros de largo. Anualmente huye del invierno del mar de Corea y se refugia en las cálidas aguas de los alrededores de Madagascar (N. del E.)



miércoles, 17 de junio de 2015

BARRO Y FUEGO. EL ARTE DE LA ALFARERIA EN OAXACA

Se imprimió en nuestros talleres y salió a la luz un libro que además de profundo es muy bello: 
Barro y fuego. El arte de la alfarería en Oaxaca, por Eric Mindling, editado por “Innovando la tradición, A.C.” y “Bom dia Boa tarde Boa noite”. Su portada en español es la siguiente:



Se trata de una enciclopedia de la alfarería de todos los rincones de Oaxaca. Decenas de fotos de utensilios y sus creadores forman un curioso e inédito retrato del Oaxaca rural que sigue practicando la alfarería como fuente de ingresos, pero también de expresión artística lograda con su enorme habilidad para producir piezas utilitarias, tan comunes, que ya dejamos de “verlas”.

El autor de este catálogo nos ofrece imágenes tomadas en su entorno real, talleres, hornos, espacios de vida y de venta, pero además, gracias a la fotografía y el diseño gráfico, resalta piezas que las cámaras fotográficas nos revelan hermosas gracias a que su materialidad se ostenta, se desnuda con su total honestidad ante el espectador: son tierra y fuego moldeadas que reflejan una concepción del mundo y del servicio con que estos utensilios facilitarán la vida de sus usuarios, reforzando su propia y muy antigua identidad cultural, pero además aportándoles dinero.

Hay platos, salseras, ollas, jarras y comales… Hay color, figuras dibujadas a mano, manchas estampadas por el fuego azarosamente… Todo el libro muestra con esmerado primor el arte y oficio de nuestras comunidades alfareras. Para el autor, alcanzan el nivel de obras de arte. Para sus autores, son un oficio heredado… ¿desde hace cuántos siglos?

Precisamente a través de su libro nos hace esta conexión el autor entre el pasado remoto y el presente de piezas y artesanos a quienes reconoce que dentro de lo rústico de sus obras, se hallan expresiones culturales y de estilo personal que las elevan a una categoría de belleza artística digna de conocerse y divulgarse en un buen libro, pero también en galerías, exposiciones y museos del mundo. Este libro se presentó en la 14 Bienal de Cerámica de Andenne, Bélgica, recientemente.

Esta edición que ya está circulando está dedicada a la célebre maestra alfarera de Atzompa doña Dolores Porras. Puede verse mayor información de todo el proyecto en: http://www.innovandolatradicion.org

Dejemos que sea el mismo Eric Mindling quien nos introduzca a ese mundo renovado y refrescado gracias al trabajo de diseño gráfico y editorial que se hizo bajo la coordinación de Kythzia Barrera y Diego Mier y Terán y contó con las fotos tanto de éste último como del autor y de Paris Barrera Suárez. 

Hay que señalar que en Carteles Editores imprimimos la segunda edición en español (la primera data de 2011) y la primera edición en inglés y francés.

Con permiso de Diego Mier y Terán reproducimos enseguida el texto introductorio de Mindling y una cuantas de las fotos incluidas.


Puerta al universo de los alfareros


Qué bonita olla hizo —dije a una alfarera indígena que conocí en un mercado de la ciudad de Oaxaca. 
La vasija de barbotina roja pulida con piedra tenía marcas negras y amarillas por las llamas y los carbones de la cocción. Su forma sensual, fluida, perfecta; era intemporal. Yo la contemplaba con profunda admiración. 
—Este es un trabajo maravilloso, inspirador —insistí. 


La alfarera perpleja, se alejó perdiéndose entre la multitud de forma callada y discreta.
Llegué a Oaxaca en 1992. Me había propuesto recorrer sus colinas y comprar cerámica tradicional para exportarla a Estados Unidos. En aquellos días, encontré a diestros y tímidos alfareros —como la mujer del mercado—, y frente a ellos me quedaba con la boca abierta de admiración. Me maravillaban la historia, la belleza, las líneas y el color de sus piezas de barro. 
Así fui aprendiendo. En los mercados y pueblos, me topé con vagas expresiones de gratitud y sonrisas de cortesía. Hablaba bien español pero, para ellos, quizá sonaba a griego. No era fácil que supieran que yo había nacido en un lugar donde artículos tan cotidianos —para ellos— como las ollas hechas a mano eran exhibidos tras un cristal en museos o en libros de arte? Nunca las tocábamos, y mucho menos las poníamos al fuego ni las desechábamos detrás de la casa cuando ya no servían. ¿Cómo podría esperarse que yo comprendiera la esencia real de estas útiles y trabajadoras ollas? ¿Cómo podían saber aquellas mujeres que en mi tierra las ollas de barro no son tan comunes como las cucharas?
Una olla trabajadora se despierta en la mañana, trabaja duro desde temprano y suda mucho durante el día. Fue creada para servir. Y también es hermosa. Sin embargo, su belleza no se define por los criterios que aprendí en mis cursos de historia del arte, más bien, radica en cumplir adecuadamente con todas las funciones para las que fue creada. El color, el brillo y los decorados son secundarios. Si se trata de una olla de cocina, esos adornos son una vanidad efímera, pues pronto ennegrecerá por el fuego. Si es una jarra o cántaro, su brillo llamará más la atención: lucirá en la casa y quizá, de vez en cuando, las visitas reconocerán el buen gusto del anfitrión. Aún así, conviene que sea ligera y con una pico práctico para servir.


En aquellos primeros años, esa belleza profunda estaba fuera de mi alcance. Nunca había puesto al fuego una olla de barro, tampoco había hecho tortillas en un comal, ni había acarreado agua en un cántaro de barro. Desconocía su importancia funcional; la belleza intrínseca de su forma y tamaño. Nunca había visto una olla mal quemada que se resquebrajara por el fuego tras una semana de uso, tampoco había cargado un cántaro de agua que me pareciera demasiado grande y pesado al sacarlo del pozo. Simplemente, carecía de la experiencia de esos detalles tan importantes para apreciar la belleza auténtica de una olla.


El primer recipiente oaxaqueño que sostuve lejos de la mirada pública de los alfareros fue fabricado por una mujer zapoteca de un pueblo situado en los confines del Valle de Oaxaca. La olla era redonda en todos sentidos: boca redonda, cuerpo redondo, fondo redondo, interior y exterior redondo. Era suave, lisa, con ligeras ondulaciones y marcada con trazos curvos creados con una piedra para bruñir. Antes había sostenido otras ollas. Pero al percibir miradas extrañadas, cuando expresaba mis «sofisticadas» apreciaciones académicas sobre los atributos estéticos de la cerámica hecha a mano, comprendí que no se puede hablar así de estos objetos. Tratando de adaptarme a esta situación, y con sensibilidad hacia el contexto cultural, me esforcé por actuar como si las piezas que contemplaba fueran tan sólo ollas de cocina ordinarias —pues lo eran— y no obras de arte particularmente dignas de elogio.
Entonces me llevé una olla a casa. Cuando cayó la noche y una gran luna estuvo en lo alto del cielo, la saqué al resguardo de la privacidad de mi patio y la sostuve, sintiendo su forma redonda entre mis manos. Coloqué mi nariz en el centro de su corazón y di un respiro largo, profundo. 


¿Con qué puedo comparar lo que descubrí? Fue un suspiro fresco de aire matinal, aún con el aroma de la noche y el cálido olor de tierra recién revuelta. Si el aroma del aire fuera comida, con ese respiro me llenaría. Si el aire fuera agua de manantial, mis pulmones se purificarían. Sabía a tierra húmeda, a humo, a madera de roble, a las montañas de donde provenía, a los espacios abiertos y a los extensos maizales que rodean el pueblo. Olía a piedra y tierra, a la materia con que estamos hechos. Quedé absorto por la perfecta redondez de la olla, por su tersura, por el raspado, por el amasado y el pulido realizado. La perfección de esta olla redonda es indudable. Fabricada de la misma manera, durante casi 4000 años para posarse sobre incontables flamas matutinas. Retuve este aroma tanto como pude, lo dejé ir y me sentí tan puro como la tierra donde la semilla de maíz echa sus raíces. Fue un movimiento eterno y callado. Al final, exhalé, largo y lento, nutrido y limpio.
Alcé la olla hacia la redonda luna y la miré con veneración, como se observa un objeto sagrado. Lo sagrado de un objeto puro. Lo sagrado de una forma verdadera. Lo sagrado de una olla que parecía contenerlo todo. 



Aquella olla se acabó hace mucho tiempo. Perdió su brillo cuando en ella vertí agua y se desprendieron los minerales. Su fondo se tiznó por las flamas. El pico se despostilló una docena de veces. Luego se cuarteó y me parece que la eché a la basura. Desde entonces he tenido en mis manos miles de ollas ya que esto se ha vuelto, de cierta manera, mi modo de vida. No he vuelto a sostener ninguna como la primera y supongo que no debería hacerlo. En aquella olla deposité mi devoción y su reverencia se instauró en mí. Con más confianza, empecé a ver las ollas como recipientes para cocer frijoles y jarras para verter agua —que es lo que son— y esto las vuelve aún más sagradas que una olla a la que se alza bajo la luna en gesto de adoración. Más sagradas por su cercanía e importancia, por ser parte esencial de nuestra vida. Es así que la perfección encaja en la vida:
el cuerpo del barro, las manos de la alfarera, el fuego de la cocina, los bosques del cerro, la tierra de la zanja que esconde una multitud de tepalcates. En esa sencillez y claridad de propósito, la cerámica no es sagrada en lo absoluto, sólo es una olla redonda para frijoles.
Con este sentido de apreciación adquirida, una mezcla de profunda reverencia y una bien cultivada indiferencia hacia la alfarería tradicional oaxaqueña, escribo este libro y comparto con ustedes el mundo secreto que he tenido la fortuna de explorar durante casi dos décadas. Los alfareros de Oaxaca me han hecho sentir más bienvenido aquí que en ningún otro lugar que haya visitado. Con los años me llegado a sentir parte de esta generosa y amable familia ampliada. 

Este libro trata sobre cómo viven, cómo trabajan y cómo está cambiando la vida de los alfareros. Pero no soy antropólogo ni sociólogo y, por lo tanto, el libro no está escrito desde esas perspectivas eruditas. Sin embargo, puede decirse que soy un «alfarerólogo» quien ha dedicado muchos años a observar a alfareros tradicionales, sentado en la sombra, intercambiando historias. Es desde ahí que escribo, desde la academia del polvo, el humo y el chisme de patio trasero. Escribo sobre lo que he visto, oído y vivido —me habría gustado incluir en esta lista lo que he leído, pero existe muy poca literatura sobre los alfareros tradicionales de Oaxaca. De hecho, a la mayoría de los pueblos que visito nunca se les ha conocido más allá de sus feudos regionales del barro, lo que vuelve este relato aún más interesante. Son tan desconocidos, que el oaxaqueño común podría nombrar sólo dos o tres pueblos alfareros del estado. Pero Oaxaca es así —antigua, arrugada, remota, una tierra de misterios, llena de sorpresas, historias sin registro, leyendas y tradiciones. Sólo hasta que llegué aquí y me sumergí por completo, lleno de curiosidad, y sobre todo paciencia, que Oaxaca empezó a revelarme sus secretos.


Para llegar a este punto tardé 18 años explorando Oaxaca. Me muevo lentamente
—hay muchas distracciones en la vida— y los caminos de estas tierras tienden a ser abrumadoramente largos. Sin embargo, poco a poco, como tentadoras pepitas de oro en un arroyo, llegaba a un pueblo alfarero y luego a otro y a otro. Buscaba mercados rurales de ollas y rastreaba orígenes. Hablaba con la gente —como los empleados de salud pública cuyo trabajo era viajar hasta los remotos confines del estado— y trataba de averiguar si acaso ellos recordaban haber visto cerámica en regiones del interior. En un pueblo alfarero escuchaba rumores sobre otro, y dondequiera que iba le preguntaba a los camioneros,
a los dependientes de las tiendas, a las dueñas de pequeños restaurantes y a los ancianos que recorrían las calles con su bastón: «¿Por aquí se fabrica cerámica?»
Encontré setenta pueblos alfareros, setenta minas de oro, de tradición y pericia. Y hay más; pero aún no me adentro en esas montañas y esos valles. Visto en un mapa, el estado de Oaxaca no es grande ni pequeño. Sin embargo, si se mide con la regla adecuada, que no sólo mida la extensión de la tierra sino la profundidad de la experiencia e historia que contiene, Oaxaca es un mundo en sí mismo. Yo sólo he rozado la superficie. 


Y aunque Oaxaca es un territorio bastante extenso, también he incursionado en los límites de los estados vecinos de Guerrero y Puebla para incluir cinco pueblos más. ¿Por qué? Porque la alfarería es fascinante. Las tradiciones y culturas se relacionan, forman parte de un gran continuo de pueblos de cerámica tradicional que se expande por el centro y sur de México y llegan hasta Sudamérica. Los pueblos y sus costumbres son antiguas, las fronteras son nuevas. Y como la mayoría de los pueblos en Oaxaca, estos pueblos se mantendrían invisibles y sus tradiciones pasarían al olvido un día sin jamás haber sido celebradas más allá de las cocinas rurales en las que su alfarería fue utilizada. También quiero cantar sus alabanzas. Cuando hago referencias a «la alfarería oaxaqueña» en el título y a lo largo de este libro, a lo que me refiero en realidad es a todo Oaxaca y los cinco pueblos más allá de su frontera en Guerrero y Puebla. Pero eso se vuelve un trabalenguas, así que simplemente me refiero a todas estas regiones cubiertas en este libro como «Oaxaca». Si no profundicé más en Guerrero, Puebla y otras partes del centro de México donde abunda la alfarería tradicional es sólo por falta de tiempo. 
En este libro encontrarás muy pocos nombres de alfareros, lo cual ha sido tan premeditado como intencional. En primer lugar, los alfareros no firman su cerámica; no buscan reconocimiento, sino vender para que alguien pueda cocinar en ella. También hay que considerar que, en la mayoría de los casos, un estilo de cerámica suele ser la herencia común de todo un pueblo. No pertenece a nadie, a ningún nombre en particular y, a la vez, pertenece a todos. Por ejemplo, si describo el trabajo de Tiltepec, ¿qué nombre asocio con ese trabajo? Hay 300 alfareros en esa comunidad. Todos son hábiles, cada uno lleva la herencia en sus manos y todos son dignos de mención. Existen quizá nueve mil alfareros de esa clase en Oaxaca (con ello quiero decir todo Oaxaca y los cinco pueblos más allá de su frontera, en Guerrero y Puebla), pero no pretendo elaborar un directorio telefónico, sino un relato sobre los alfareros y la alfarería.


Existen algunas excepciones a la regla de anonimidad. Ciertos alfareros han desarrollado un estilo personal o innovaciones que han tenido un impacto extenso y positivo en sus comunidades. En uno de los casos, la alfarera es la última de su pueblo. Cuando el nombre es esencial, aparece en el libro. Si la identidad del personaje es poco importante para el texto, se le ha cambiado para proteger su privacidad. Los invito a que vayan a conocer en persona a las alfareras. Los nombres están ahí y pertenecen a personas excepcionales.
Éste es un testimonio de una manera de vivir, de maestras y maestros olvidados o menospreciados. Deseo llamar la atención hacia esas artesanas de sencillas herramientas y manos hábiles, hacia esas acróbatas de las flamas saltarinas, del humo hirviente, de las quemas sudorosas y ardientes de una hora de duración. Dejemos que estas alquimistas del barro sean celebradas ahora que su trabajo persiste, mientras sus diversas tradiciones perviven. Aquí me rebelo y voy contra la esencia de lo que aprendí en los mercados y pueblos de Oaxaca, y alabo el trabajo de estos alfareros. Tal vez aquella silenciosa alfarera que conocí hace tantos años en el mercado no lo aprecie, quizá no tanto porque no le guste el elogio, sino porque no puede imaginar a qué se debe. Este libro es para ella y sus hermanas.

Mi aprecio por la cerámica hecha a mano nunca se ha visto afectado por las voces confundidas y equivocadas que la consideran obsoleta. Alfarero: veo con claridad la belleza de tu trabajo. Sé cuán perfecta es la forma de esa olla, lo bien que se cocina y se acarrea agua en ella. Sé como encaja en los contornos de sus vidas y cuán poco le piden al mundo natural que da vida a sus vasijas de barro. Ahora puedo ver esa profunda belleza, la belleza que una vez fue invisible para mí en mi inocente ignorancia. También puedo mirar esa olla y ver la profundidad de la experiencia y la amplitud de la historia que contiene. Y es puro placer para mi mirada. 


Contraportada y portada de la edición en inglés


Contraportada y portada de la edición en francés.


Para quienes están muy cerca de ese barro y ya no lo pueden ver, así como para quienes saben poco o nada sobre el tema, espero que las palabras de estas páginas llenen su curiosidad y nutran su comprensión de un pueblo del mismo modo en que la humeante olla de un guisado oaxaqueño nutre su cuerpo y su espíritu.
Que lo disfruten y buen provecho.
Eric Mindling.