martes, 26 de abril de 2016

DICCIONARIO NGIGUA–ESPAÑOL, NUEVA EDICIÓN

El autor, don Agustín Jiménez García, un hombre modesto y sabio –como debe de ser– nos presenta la largamente esperada nueva edición corregida y aumentada de su lengua materna: Ngigua, más conocida como chocholteco. 

Su portada es la siguiente:


Los chocholtecos son un grupo etnolingüístico que desarrolló su cultura mesoamericana a un costado de los mixtecos. Su tierra no es precisamente la mejor para desarrollar una agricultura intensiva, pero su ubicación geográfica hizo de la región un mercado prehispánico que concentraba docenas de productos llegados de muy al sur: plumas de quetzal, jades, oro, cacao, etcétera.
Naturalmente eso despertó la ambición de los mexicas que les hicieron dos guerras para arrebatarles territorio y comercio. En la primera se cubrieron de gloria las armas chocholtecas. En la segunda fueron casi exterminados.

Cuando la conquista española, por la densidad de su población, los dominicos en el siglo XVI elevaron un convento majestuoso en Coixtlahuaca, que en Ngigua se dice Inguiteria, que se traduce como Llano de Culebras. Ahora es un atractivo turístico visitable, pues está a unos cuantos kilómetros de la caseta de peaje que lleva el mismo nombre de Coixtlahuaca.

El chocho, chocholteco o Ngigua –que es lo correcto–, es una lengua indígena en peligro de desaparecer. Sólo el profesor Jiménez y un grupo de profesores entusiastas han levantado un techo protector a la total erosión de su lengua en la variante Santa Maria Nativitas y otras pequeñas comunidades a unos pocos kilómetros de Coixtlahuaca. Ese esfuerzo tiene enorme mérito que aquí reconocemos, pues es una iniciativa que nace desde el centro mismo de su cultura. Este libro ayudará a los niños a mantener viva su lengua.
Enseguida copiamos el texto con el que el Profesor Jiménez lo presenta a sus usuarios:

Presentación

El Vocabulario Bilingüe Ngigua-Español por Campos Semánticos trata de reunir temas y vocablos más comunes y usuales de nuestro pueblo, a fin de que sirva como material de apoyo,  consulta y motivación en las actividades de Alfabetización en lengua Ngigua; contiene más de 30 campos semánticos que nos hablan de parentesco, partes del cuerpo humano,  plantas, animales, adjetivos, verbos, fenómenos naturales, números, colores, etc.

Este trabajo es el resultado de cinco Talleres Comunitarios de intensa actividad, desarrollados de enero a julio de 1998; tres talleres en Santa María Nativitas, uno en San Pedro Buenavista y uno en San José Monteverde. En estos espacios de trabajo comunitario nos permitió recopilar y rescatar muchas palabras así como fortalecer aquellas que son de uso cotidiano, también para proponer como escribir y leer en nuestra lengua Ngigua.

 La lengua Ngigua o más conocida como Chocholteca, hasta hoy es un idioma oral que carecía de escritura, ello no significa que no reúna las condiciones de cualquier lengua del mundo, porque en su lenguaje existe la gramática con todos sus elementos como sustantivos, verbos, adjetivos, adverbios, pronombres, signos convencionales, etc., con este trabajo, y otros que vendrán, deseamos sea el inicio formal de la escritura en lengua Ngigua y que en un tiempo no muy lejano, contemos con una gramática de la lengua materna.

El contenido de este Vocabulario Bilingüe por Campos Semánticos no es todo el habla Ngigua, nuestro lenguaje es muy extenso; por ser un primer trabajo de este género y por carecer de recursos sólo fue posible abordar una mínima parte, deseamos que en próximos trabajos podamos enriquecerlo.

Todo lo anterior, ha significado una preocupación e inquietud personal, que conociendo la situación de subsistencia del Ngigua, me ha motivado la necesidad de buscar apoyos, organizar talleres de la lengua y construir este Vocabulario Bilingüe por Campos Semánticos, como una alternativa para preservar y desarrollar el idioma, poder contar con un material básico y elemental que realmente sirva en la enseñanza oral y escrita de nuestra lengua.

El contenido de este Vocabulario Biligüe por Campos Semánticos es una PROPUESTA sistematizada de trabajo de la lengua Chocholteca, que conforme se avance en su investigación, en su ejercitación oral y escrita, la iremos sustentando con el apoyo y participación de nuestros ancianos, que orgullosamente conservan el idioma. Que las presentes y futuras generaciones, tienen el deber de aprender y no permitir que llegue a perderse.



miércoles, 16 de marzo de 2016

DRILUS: LITERATURA, PERIODISMO Y CONTRACULTURA EN OAXACA. JUAN HERRERA

Sale en estos días cuaresmeños de 2016 un libro largamente esperado, cuya portada es la siguiente:


Entremos en materia inmediatamente, pues Juan Herrera no debe esperar más.
Llevados de la mano por el antologador, Javier Sánchez Pereyra, conoceremos sobre el autor y el medio cultural del Oaxaca de los años 60s y 70s. Reproduciremos primero el famoso cuento Drilus, enseguida el ensayo introductorio y al final el Epílogo que escribió Claudio Sánchez Islas tratando de atar los pocos cabos sueltos que nos quedaron de una época de la que no sabemos casi nada sobre cómo se desenvolvía en la cotidianidad esta provincial y a la vez vanguardista ciudad.

Este volumen estará ya a la disposición del público en las principales librerías de la ciudad de Oaxaca a partir de abril.




Drilus



 


De pronto, todas las gentes que estaban dentro de las salas de espera del aeropuerto se quedaron calladas. Lo último que alguien alcanzó a decir fue: son las doce del día.

El helicóptero suavemente se fue posando sobre la pista.

Era la primera vez en la historia de esa gran ciudad, que al llegar de visita un cocodrilo recibía tales honores. Las gentes más importantes estaban a recibirlo: el alcalde y su esposa, los industriales, los banqueros, la Directora del periódico local; y un poco más allá, el arzobispo acompañado de dos de sus ayudantes.

Todos esperaban la llegada de Drilus. Drilus, el cocodrilo más inteligente de todo el mundo, el único que hablaba ocho idiomas, el único que había escrito tres libros —uno de ellos llamado: “Cómo existir a pesar de tener una cola larga y la piel dura”— y además, era el único de quien se aseguraba que era Consejero Teológico del Papa; y que no era difícil que este año le otorgaran el Premio Nobel por sus extraordinarios trabajos sobre energía nuclear.

El helicóptero se posó exactamente en el lugar preciso, se abrió la puerta del aparato y todas las gentes que estaban reunidas en las salas de espera del aeropuerto hicieron ¡Ah!, como nunca se había escuchado. Drilus, vestido con un impecable traje blanco de seda china descendió del aparato. Detrás de él, una garza bellísima de cuyo cuello colgaba un largo collar de perlas. Una señora obesa, la tía-abuela del arzobispo dijo: yo leí en los periódicos que esa garza es su secretaria particular, se llama Grace.

Dos días antes, el alcalde de la ciudad había recibido órdenes del Presidente de la República en las que se le decía que “El Gran Drilus” llegaría a esa ciudad el 24 de junio a las doce del día, con el fin de conocer la zona arqueológica; y que debería atenderle como corresponde atender a todo huésped distinguido.

El Alcalde pensó inmediatamente en Larousse, el Director del Zoológico.
Es necesario sacarlo de la ciudad si no queremos tener problemas, dijo, y lo mandó llamar.
Larousse, es necesario que viaje a Los Ángeles, California; están vendiendo un dromedario y hemos decidido comprarlo. Aquí tiene usted el cheque por lo que cuesta y éste dinero para sus gastos personales. La salida tendrá que ser hoy mismo.
Todo fue tan rápido para Larousse, que no tuvo tiempo de decir no.

Afortunadamente están vendiendo ese dromedario, —se dijo a sí mismo el Alcalde—, es la única manera lícita de sacar a Larousse de la ciudad, agregó.
Y efectivamente, el Director del Zoológico sería un verdadero problema en una situación como ésta, por esa manía tan estúpida que tenía: encerrar o matar a todos los animales.

Los únicos animales buenos, son los que están encerrados —decía—. A los animales que están sueltos hay que enjaularlos o matarlos. Repetía incesantemente.
Ahora sí, todo está dispuesto para recibir al Gran Drilus, nadie podrá causarle problemas. Larousse ya va rumbo a Estados Unidos –dijo el alcalde cuando se lo comunicó a su esposa.
Después del discurso de bienvenida que pronunció el representante personal del Presidente de la República en el aeropuerto, el Gran Drilus dijo:
Gracias, gracias a todos…

no dijo más, se limitó a sonreír amablemente a todas las gentes que estaban reunidas; toda esa gente quería saludarlo, fotografiarlo, verlo de cerca, tocar su piel; pero nadie logró ponerle ni siquiera un dedo encima, sus seis detectives particulares, todos de raza negra, lo protegieron.

Del aeropuerto, directamente al hotel, era necesaria una ducha.
Del hotel, al Palacio de Gobierno, a recibir las “Llaves de la Ciudad”.
en la noche, cena de gala.

Después de la cena, cuando el Gran Drilus pudo estar solo en su hotel, meditó sobre las palabras que había escuchado desde que estaba, años atrás, dentro de un zoológico pequeño en un circo ambulante. Todo el mundo al verlo decía: es un cocodrilo inteligente. Y él, se preguntaba ¿por qué dirán que soy inteligente? Después, cuando comprendió, habló en los diferentes idiomas de los humanos y todos exclamaron: Es un cocodrilo muy inteligente. Y cuando comenzó a escribir sus libros, el primero, para ser más precisos, todo fue imposible para contener la avalancha de reporteros, solicitudes de entrevistas exclusivas para periódicos, revistas, noticieros y la televisión. Siempre era lo mismo.
Siempre las mismas preguntas. Los reporteros preguntaban:

¿Cómo aprendió usted a hablar?

Y Drilus responde:

Yo y todos los que ustedes llaman animales, siempre los hemos comprendido. Siempre platicamos de ustedes, los humanos y perdónenme que hable de ustedes y de nosotros, cosa que no acostumbramos, pero es que todos los reporteros siempre me obligan a hacer esta clase de divisiones, de jerarquías… Yo, lo único que soy, es un cocodrilo, un cocodrilo a secas, ¿por qué tanto alboroto?

Esto era lo que molestaba a Drilus, que todo el mundo lo consideraban un ser excepcional, en la selva hay otros cocodrilos, otros leones, otras hormigas que pueden hacer lo mismo que yo, que a veces sus formas de pensar coinciden con las mías; pero a ellos no les importa dar a conocer sus obras, ni sus formas de pensar. Si yo lo he hecho, lo he hecho por… por… pues.., porque he querido.

Pero Drilus sabía que esto no era verdad, que él no había querido hablar en los ocho idiomas que sabía de los hombres, que a él no le había agradado escribir tres libros, que a él no le gustaba ser el Consejero Teológico del Papa, y lo único que le agradaba eran sus últimas investigaciones sobre energía nuclear. Se veía obligado a todo esto, porque cuando los seres de la selva y de los demás espacios se reunieron por segunda vez, dieron a conocer en esa junta la terrible noticia: hemos sabido de un Director de Zoológico llamado Larousse, enemigo acérrimo de todos los seres de la selva y de los demás espacios, al que lo único que le preocupa es encerrarnos o matarnos. No podemos permitir que esto siga.

¿Qué opinan ustedes del tal Larousse?

Todos los seres de la selva se enfurecían en contra del tal Larousse, pero su enojo fue inaudito cuando se dio a conocer la lista de seres que había matado; una lista verdaderamente impresionante: casi un millón y medio de moscas, 724 372 cucarachas, 114 alacranes, 933 arañas (entre chicas y grandes), 824 perros, 932 gatos, 8 969 burros y caballos; y ya el león no pudo seguir leyendo la lista de muertos, porque la mayoría de los animales estaban llorando. Unánimemente fue aprobada la idea dada por Drilus: “En vista de las masacres cometidas por Larousse, someto a la consideración de ustedes esta idea: debemos aplicarle la condena treinta y cuatro que señala el Código de los Anfibios”.

Y esta es la razón por la que Drilus habla ocho idiomas, aparte del suyo, escribió tres libros, dio a conocer sus trabajos sobre energía nuclear y es Consejero Teológico del Papa.

De pronto, en esa supuesta tranquilidad que tiene la noche, Drilus lloraba; al escuchar el llanto de Drilus, Grace se acercó a él y le susurró al oído:
No llores, acaban de llegar nuestros agentes y traen consigo a Larousse.

Ya se alquiló el avión que partirá hacia la selva cuando tú lo dispongas.

Drilus se limpió las lágrimas, se vistió y en compañía de Grace y de sus seis agentes africanos abordó el pequeño avión. Dentro de él, en el compartimiento de carga iba Larousse anestesiado. Solamente unas horas tardarían en llegar a la selva donde los esperaban miles de aves, de mamíferos, de reptiles, de peces, de insectos, etc.


ESTUDIO INTRODUCTORIO

JUAN HERRERA
[1944-1970]

Por Javier Sánchez Pereyra

Niño aún, Juan encontró refugio en el teatro. En él descubrió la existencia de una realidad distinta, a ella se aferró y convirtió en razón de vida. Al teatro se entregó con candor de párvulo. La vida real era otra cosa, se imponía con crudeza. La suya fue una infancia de claroscuros, padeció un padre autoritario y gozó una madre amorosa. A la puerta de la adolescencia muere su madre, la familia se desmoronó. Juan fue el primero en abandonar esa dictadura soviética que aún quita el sueño de Alberto Laiseca. Su emancipación dejó atrás algunos episodios dolorosos, pero al mismo tiempo, lo volvió audaz y desde allí, trazó su biografía.
Sus demonios personales habían comenzado a torturarlo, lo perseguirán toda su vida. Libre de ataduras, empezó a sembrar señales. Vivió de prisa, no escuchó a los maharishi. Con osadía fundó la “Casa del Estudiante Oaxaqueño”, abriendo oportunidades a jóvenes provenientes de distintas regiones, allí pudieron encontrar rumbo. Lo que en este centro sucedió, borrado ya por el tiempo, es digno de recordar. Antes de Juan imaginarlo, otros emancipados de tutelajes se sumaron a este proyecto cercano a Sumerhill.
Los buscadores de nuevos caminos fueron diversos, pintores, intelectuales y diletantes. Reunidos como cofrades, conspiraron contra el estatus quo. En esto, los cambios en el mapa ideológico latinoamericano los alcanzaron de lleno. La revolución cubana pareció darles la razón: era posible cambiar el mundo. Lo caribeño se convirtió en punto de partida para ellos. Literatura, música e ideologías se amalgamaron en proyectos culturales de la Casa del Estudiante. La poesía de Nicolás Guillén pasó primero lista.
Virgilio Gómez y Raymundo Villalobos, se multiplicaron durante esta etapa. Su presencia dejó impronta también borrada ferozmente por el tiempo. Los estudiantes residentes bebieron ávidamente las enseñanzas de sus accidentales maestros. Juan se convirtió en esponja, absorbiendo todo aquello que le era ajeno. Virgilio Gómez convertido en el gran gurú, disertaba oscilando entre una bohemia trasnochada y una vanguardia sin concesiones. Otros artistas se acercaron a la singular experiencia.
En este escenario singular, Juan inició su aventura intelectual. En la cotidianidad de la Casa, conoce y le conocen. Habla y le hablan. Observa y le observan. Entre la multiplicidad de identidades, escribe un pequeño texto que conservará celosamente, ahora convertido en testimonio de uno de los estudiantes, Juan le tituló: Yo soy de Niltepec. Gonzalo, el residente istmeño habla de su pueblo, subrayando la diferencia con los vallistos, en ese interminable nosotros y ustedes. ¿Y cómo es Niltepec? Es un pueblo a toda madre. No hay luz ni hay agua. Pero es a toda madre. Yo vivo en el centro. Ni arriba, ni abajo, en el centro. Ahí sí que la gozo. No. No es como aquí. Allá es a todo dar, dice Gonzalo.
Las ambiciones crecieron, otros más se sumaron y juntos tomaron por asalto los espacios sacralizados de los oaxaqueños. Había que estremecer a una sociedad anclada en el pasado y promover el cambio. Entre diálogos interminables y proyectos renovadores, se dan tiempo y fundan el Liceo Cultural del Sureste. Sería el instrumento para el cambio. El grupo toma el “Cine Reforma” y ponen en marcha el primer cine club en donde se analizan los filmes de François Truffaut: Los cuatrocientos golpes y Jules et Jim.
Lo que El Liceo proponía chocaba de frente con los férreos diques de lo provinciano. Al asombro seguiría la murmuración soterrada. Para ellos era una carrera contra el tiempo. Había que ponerse al día. A la distancia, no sé si el esfuerzo alcanzó sus propósitos, de lo que sí estoy seguro es que al menos, sembraron cargas de profundidad que en algún momento estallaron. Lo que ahora sucede con los jóvenes no puede comprenderse sin volver la mirada hacia atrás.
La suerte les favoreció. El INBA convocó al concurso regional de teatro zona sur OaxacaChiapas. Juan aprovecha la oportunidad y propuso participar con su ópera prima: Vivir escalones cuatro y medio. El grupo se pone en movimiento. Ninguno tenía experiencia previa, salvo Juan, para quien este momento sería el pasaporte para desarrollar su obra teatral posterior. Ya no dejará de escribir. Planteó una dramaturgia impregnada por los demonios de su lucha interior. Para ello acudió a las alegorías, colocando en el centro del conflicto de su sexualidad, la religión, las buenas costumbres. En cierta forma, sus argumentos resultaron escandalosos. Al trasladar sus demonios a los personajes Juan se absuelve moralmente. Eso se hace evidente sobre todo en El gato y el ovoide.
En el concurso pudieron constatar los riesgos de la ruptura. El veredicto del Jurado terminó exponiendo su confusión. Tal vez, Jesús Ramos Dávila, un hombre de teatro de toda la vida, quien reseñó cada una de las obras teatrales presentadas en el concurso haría una mejor lectura: “Como obra en el concurso de teatro de la zona sur, encontramos que tiene una originalidad radical. […] También encontramos en el concurso un joven que dice las cosas con ingenio aunque “esas cosas y ese ingenio no le agraden ni le importen al público: pero en conclusión hemos conocido a alguien que se rebela contra lo ya hecho, para hacer lo suyo”.
Con ese impulso, eufórico, escribe dos monólogos, La cigarra y La hormiga, ya perdidos. La última obra teatral que Juan escribe, El cohete, al menos mereció una lectura un poco atropellada, cuyo final fue acelerado por la anfitriona quien lo atosigaba alcoholizada. Juan entendió esta obra “como una farsa en donde mezcla varios tiempos dentro de un solo espacio. Lo que digo (exponiendo hechos teatrales y anti teatrales) es que el hombre debe ser libre a pesar de sus complejos, inventos, guerras, presagios y de las doctrinas de los demás”.
Metido hasta el cuello en el teatro, dirige entre otras obras, Sumergidos, en la Penitenciaría del estado. Su pasión por el teatro le acerca irremediablemente al director Rodolfo Álvarez, quien habrá de ser su maestro y protector. Álvarez amante del teatro clásico era en ese momento, el yes de la sociedad conservadora. Su prestigio convirtió su casa en el lugar obligado para iniciar o terminar una parranda.
Ni el grupo ni nadie de nosotros leímos lo por venir. Entre tanto, Carlo Coccioli visita Oaxaca y conoce a Juan, coquetea con sus obras y ofrece promoción y asilo. La tormenta por llegar se llamó Movimiento Estudiantil. Ante ella, los integrantes del grupo tomaron varias direcciones. Cuando la calma regresa, Juan había atenuado sus demonios interiores. Carlo Coccioli terminó haciéndole la vida imposible. Comienza a dividir su vida entre estancias en la capital del país y la ciudad de Oaxaca. En una de sus estancias en el Distrito Federal lo alcanza la noticia del asesinato de Nancy Audiffred que conmocionó al grupo. Le escribe una carta amorosa llena de dolor, pero también de optimismo.
Poco después, empezó a publicar en el diario Oaxaca Gráfico una serie de reportajes relacionados con acontecimientos del momento y más adelante una columna: Antropofagia, gimnasia oaxaqueña que se transformó en Mamas–Ondas–Patines. Sus reportajes reflejan una libertad plena. En su naciente estado de ánimo libérrimo, sus escritos empiezan a mostrar un desenfado irreverente que confronta los clichés y arquetipos noticiosos. Sus reportajes y entrevistas muestran ya una frescura desbordante, tan inusual como la falsa seriedad de nuestro medio.
Se convierte en un conspicuo reportero, atento a todo acontecimiento. Napoleon’s, refleja la vida loca del primer club nocturno familiar ubicado en el corazón de Antequera. Una instantánea desenfadada, desbordante de alegría. Fue la mejor invitación para conocer el lugar. En La crecida del río Atoyac, Juan se acerca desde la querencia de la infancia a una tragedia que redibujó los territorios naturales de las márgenes del histórico Atoyac. Las voces de los líderes de las colonias afectadas se convierten en testimonios que afloran olvidos e imprevisiones de la autoridad. Voces del pueblo ante la fuerza de la naturaleza que no debemos olvidar. En Los luchadores, Juan descubre así sea tímidamente, un segmento de deportistas impulsados por la sacralización de los grandes ídolos: El Santo y Blue Demon.
Nuevas influencias empiezan para la juventud en el mundo. Los hippies, el rock, las drogas. Las melenas aparecen en el zócalo. Antropofagia, gimnasia oaxaqueña, la primera columna permanente de Juan, no durará mucho. Después de ella, abre otra a la que llamó: Mamas–Ondas–Patines, una miscelánea que recorre la crítica social a través de la entrevista. En ellas desfilan los jóvenes de la nueva generación y personajes vinculados a él mismo. Nuevamente aborda la lucha entre lo provinciano y lo universal. “Por favor, —afirma Juan— dejemos de creer que el Universo termina en La Garita y allá por Ixcotel”.
El desenfado del entrevistador es tan evidente como el descaro del poeta José Luis Colín avecindado por el rumbo de Puente de Fierro, en la Sierra Mazateca, o los malabares del hijo de Ludivina, o el encuentro contingente con Cayuqui.
De regreso en Oaxaca, inicia un proyecto ambicioso. Realizar entrevistas a cien personajes que dibujaran aquello que entendemos como lo oaxaqueño. Vendedoras del mercado, artesanos, burócratas, deportistas y conocidos de Juan.
Los manuscritos que dejó Juan en una libreta, dejan ver un registro manual sin los artificios de las grabadoras. Una o dos fotografías pegadas con un clip en unas hojas conducen a suponer que pensó en ilustrar cada entrevista. Los personajes seleccionados por Juan, en mayoría han desaparecido del escenario urbano de la capital oaxaqueña. Todos ellos hablan con soltura y confianza. Juan los deja decir formulando un mínimo de preguntas que van trazando el rumbo del testimonio. En la secuencia original, las entrevistas son también la narrativa de un recorrido por el mapa de la ciudad estratificado y eventualmente de una localidad concreta.
El arbitrio de los editores organizó el trabajo de Juan bajo títulos que facilitan la coexistencia. Homenaje a Diane Arbus, muestra cuatro personajes marginales. Sus testimonios son una expiación de sus vidas y conductas. Nos muestran cómo ellos percibieron su propia vida ante una sociedad que los ubicaba como parte del paisaje urbano.
En Historias tejidas por sus manos, vemos artesanos; una alfarera, un talabartero, un tejedor de tapetes de lana, un carrocero, un tejedor de hilo de algodón, un cuchillero, un masajista y pedicurista, y un peluquero. Todos ellos orgullosos de su trabajo y de sus producciones. Satisfechos por ser reconocidos. Algunos de ellos, mostrando ya la preocupación por la extinción de sus oficios.
Una pálida sombra es un apartado de los otros oaxaqueños, también pueblo pero alejados de él. Aquellos que representan al citadino del momento. Por demás interesante es la entrevista de Ruanova Sada. La mirada de la vida vinculada a la condición humana.
En La liviandad de la omisión, Juan pasa revista a los viejos garruleros ocupados en distintas profesiones u oficios. Sus recuerdos tamizados por sus propias biografías nos recuerdan su presencia.
Juan no omite al verdadero pueblo, en Las voces ocultas desfilan los testimonios de los sin voz, de aquellos que viven su vida sin ambicionar más de lo que tienen. Conformes con lo que Dios les ha dado. Conformes con su muerte.
En esta intensa actividad Juan asiste acompañado de su amigo José Humberto Palancares a la feria de La Soledad. Recorre los puestos, compra golosinas y se retrata con traje de charro, orgulloso montado en un caballo de cartón. Volvió a ser niño. Nada parecía empañar su futuro.
Después del periplo en la feria de La Soledad, Juan viaja a Zipolite con la ilusión de tener una casa cerca del mar. Unos días después muere ahogado. Enterados de la noticia, sus amigos Virgilio Gómez y Enrique Audiffred, me buscan para viajar a la costa. No estuve en ese momento y ellos viajan con la intención de trasladar sus restos a la ciudad de Oaxaca. De regreso, ellos traerán los manuscritos de Juan en varias cajas. Gracias a ellos Juan sigue ahí entre las líneas de su fuerte escritura.


Y ahora viene el Epílogo...


JUAN HERRERA
O LA GENERACIÓN QUE NOS QUEDÓ A DEBER SU AUTORRETRATO

Por Claudio Sánchez Islas

Este libro recuerda a la época a go–go adrede.
A través del diseño gráfico metemos al lector en los aires de aquella estética, usando del opart, sus colores estridentes y sus formas inestables, tal como se representaba el mundo sensorialmente alterado del LSD y los aullidos de la guitarra eléctrica de Hendrix o la voz de gorgona de Joplin, referentes históricos de la contracultura norteamericana, pero cuya influencia fue avasalladora en la juventud oaxaqueña, entre la que debemos contar a Juan Herrera pues estamos entrando visualmente a su época narrativa, entre los años 1959 y 1970.
Tiene esos aires extemporáneos porque este libro debió haber aparecido a más tardar a mediados de los años setentas. Lo publicamos porque Javier Sánchez Pereyra —historiador de la educación en Oaxaca, escritor y fotógrafo— conservó estas páginas desde que murió Juan Herrera, su gran amigo de juventud.
Hoy alcanzan la luz pública salidos verdaderamente desde el fondo de una cueva no solo oscura, sino muda, porque ¿qué sabemos de la vida cotidiana de nuestra ciudad y estado de aquellos años estridentes y revolucionarios?
Nada... pero quisiéramos que eso cambiara. Y quisiéramos todavía más: que este libro sirviera para provocar la revisión literaria local de esos años.
Las antologías literarias que se han hecho en Oaxaca no incluyen la obra de Herrera, quien escribió teatro y practicó en el periodismo los géneros entrevista y crónica. Tampoco lo registra la historia del periodismo oaxaqueño, pues lo que se ha publicado al respecto se detiene justamente antes de la irrupción de nuestro autor.
Así pues, hay una zona muda en torno a la literatura, la crónica y la historia del periodismo locales a partir de 1950. Sin embargo en el breve periodo de diez años en que Juan Herrera produjo su obra, la puso en escena y la publicó en periódicos, puede resultar de lo más intenso para conocer a la sociedad en un momento de quiebres y radicalismos, tanto en lo político–ideológico como en lo cultural y en lo contracultural, tema hasta la fecha totalmente inédito.
Para no caer en academicismos tipo aula universitaria, solo diré que el novelista José Agustín, padre de la “literatura de la onda”, nació en el mismo año que Juan Herrera y como él, era un provinciano. La época y sus dinámicas llevaron a ambos a la literatura con una pluma iconoclasta y una actitud rebelde ante la vida convencional. Su escritura reflejaba su vida, desatada ya de intenciones formativas y ejemplares como había sido la literatura de la revolución mexicana, la indigenista, la costumbrista, la política. Se estaba fraguando una juventud que envalentonaba su voz con desparpajo y negándose a los principios morales y religiosos de la “buena cuna” deseaba experimentar la libertad psicológica y sexual, laboral y política, narrativa y testimonial. No hacía falta ser un héroe de bronce para escribir sobre ti mismo. Solo tenías que sincerarte y dejar en claro al lector tus dudas y tus canalladas. La vida adolescente tenía una alegoría: era el puro “rocanrol”.
¿Pero, no debería publicarse la crónica de los años sesentas y setentas en Oaxaca? Me refiero a la crónica como género periodístico y literario, que desembocan en lo mismo al final de cuentas. Si se es curioso lector se observará el buen estado de salud de la crónica sobre la vida cotidiana oaxaqueña hasta los años cincuentas. De allí hasta el fin de siglo, los cronistas callaron. Alcanzó su cenit el estilo de escribir “nito” cuando José María Bradomín publicó en los setentas su célebre Crónica del Oaxaca de hace cincuenta años. Para entonces la mitad de su encanto era su decadente estilo, que hizo escuela de allí en adelante. Quizás eso desanimó a los jóvenes que preferirían el estilo vitalista antes que el costumbrista.
Mi pregunta tiene destinatarios específicos, escogidos por su capacidad de observación, su estilo literario —ya demostrado en el ejercicio periodístico y editorial— y particularmente su rol protagonista en aquel tiempo: Paco Pepe Ruiz Cervantes, Porfirio Santibáñez Orozco, Samael Hernández, Fausto Díaz Montes, Víctor Raúl Martínez Vásquez (que hizo ya algo), Anselmo Arellanes, René Bustamante, Enrique Audiffred, Roberto Santiago, Amado e Ismael Sanmartín, Isidoro Yescas, Ernesto Reyes... y, por supuesto, Javier Sánchez Pereyra. Debe haber más amigos —o no tanto—, pero no vienen a mi mente ahora. Ignoro si René Santiago o Jesús Alberto Cabrera dejaron obra en el sentido que aquí sugiero. Donde sí estamos en problemas es con las chicas, porque ¿quién pudiera ser la cronista a go–go que le está haciendo falta a aquella literatura y periodismo oaxaqueños?  
Los sucesos del 68 en la ciudad de México, que arruinaron el glamur de la suave patria priista, tuvieron en Oaxaca sus características particulares, sus protagonistas culturales, sus modas y modales, su vocabulario, sus lecturas, sus ídolos, sus “antros de perdición”, sus descarríos, sus películas y cines, en fin... Las opiniones sobre la revolución cubana no admitían medias tintas entre la generación de Herrera... No fueron tersos en el mundo los años pre y post 68. Pero de aquellas convulsiones político sociales y de aquellas discusiones filosófico–literario–ideológicas ¿solo nos quedó Enrique Guzmán a dúo con César Costa?, ¿solo lo sentimentalmente “correcto”? Pues Juan Herrera, con estos textos, parece darnos una señal de que hubo alguien más atento que los demás a los juveniles años del desmadre de los rebeldes sin/con/quizás causa...

Una ciudad globalizada 
que sabía vivir sin internet

Una tarde nos fuimos a tomar un café sin mayor plan pero acabamos charlando con Paco Pepe Ruiz Cervantes y Manuel Matus sobre esta ausencia de crónicas de los 60s y 70s en la ciudad de Oaxaca. Como si sus protagonistas hubieran muerto ya, pero no, porque resulta que todos ya alcanzaron esa edad en que pueden tramitar su credencial del inapam. Algunos ya felparon, eso sí, pero aun están vivitos y coleando muchos que sabemos que manejan la pluma con singular soltura. Entonces ¿no podrían hacernos el servicio de rememorar y contarnos?
¿No fue en esos años que el hombre llegó a la luna y muchos lo vimos en directo en televisión cuando la tv ni siquiera existía en Oaxaca? Ocurrían muchas cosas en la “risueña” Oaxaca —adjetivo favorito de cronista de los 50s—, unas festivas y otras trágicas, unas rutinarias y otras vanguardistas, unas pocas memorables y cientos, miles, millones, de olvidables... pero ¿lo eran?
Entre esas raras anomalías oaxaqueñas estuvo Juan Herrera. El misterioso Juan Herrera. Un fantasma que no halla reposo hasta el día de hoy. Para mí siempre permaneció como una sombra propia de la caverna de Platón. De joven escuchaba sobre su tragedia, pero sobre todo de su calidad literaria y su precocidad. Pero nunca leí una sola línea de él. Todo lo que escuchaba eran obituarios halagatorios. ¿De verdad era tan bueno?, me preguntaba.
Murió ahogado en Zipolite en 1970, a los 26 años de edad. Era todo lo que un profano como yo debía saber. Cualquier pregunta extra resultaba innecesaria y molesta para el interlocutor. Concluía yo que todos los intelectuales de su generación sesentera, que le conocieron y trataron conservaban un ápice de sentimiento de culpa al respecto.
Un día fui con la periodista Arcelia Yañiz a preguntarle específicamente sobre Juan Herrera. En su libro de crónicas que le edité: Oaxaca de mis amores: cosas, casos y personajes, dos tomos (Carteles Editores, 2012 y 2013) recordó pasajes de nuestro autor un par de veces. En la página 97 del tomo I y en la 135 del tomo II. Me dijo muchas cosas de su vida personal, pero sobre sus famosos textos nada, porque ya no conservaba ella nada y porque a la mano tampoco tenía nada que ofrecerme. Pero me dio un dato valioso:
—Si te llevas con Javier Sánchez Pereyra él te puede mostrar lo que tenga, me dijo.
Juan Herrera, pensé, era a nosotros lo que la poeta Alfonsina Storni... La leyenda sobre su suicidio en el mar se emparentaba con la de Juan en mi imaginación. Juan era un poeta. Tras leerlo confieso que me cautivó desde la primera línea de Drilus. Sí era un superdotado, pero también un incomprendido, un paria por su homosexualidad.
Así fue como un día le pedía a Javier que me aclarara lo que pudiera del misterio de Juan. Lo hizo. Este libro es su respuesta. En el texto introductorio él cuenta lo que sabe, lo que le consta, lo que siente.

El periodismo, como campo para el ingenio 
y la exploración

Lo que me toca decir en este epílogo es lo que yo hallé en los textos de Herrera sacados del oscuro sueño en el que dormían, sin merecerlo. Son una antología, pero no se incluyen sus piezas de teatro, ni sus versos, pero sí su prosa poética, especialmente en la Carta a Nancy Audiffred. Cuentos, crónicas y entrevistas forman este volumen.
Como ninguna antología literaria de Oaxaca lo incluyó, todas cojean. Pero ahora ya está este libro como fuente bibliográfica para conocer y estudiar su obra. ¿Qué tiene de bueno? Su vanguardismo. Su relación automatista con el vocabulario, su rebeldía ante la gramática en uso y además su visión de la página en blanco como para mover los renglones como si fuesen grafismos —como puede ver el lector en las páginas 138-139 en este libro— quizás explorando algún metasentido. Para la época, el diseño gráfico hecho por los exiliados españoles republicanos Miguel Prieto y Vicente Rojo, llevaba el paso de la vanguardia gráfica en revistas y libros con provocaciones estéticas de este tipo...
Los sesentas fueron en el mundo los años de la ruptura de modelos culturales. Irrumpe la contracultura como una voz fuerte, hermosa, bronca, psicodélica, acusativa, renegada, enamorada del amor libre, enemiga de la guerra, libertaria en lo político y libertina en la pasión. A la vez es ingenua y soñadora, ideológicamente hablando. Recordemos que en 1970 el melenudo e iconoclasta pintor José Luis Cuevas se lanzó como “candidato independiente” en pos de una diputación, haciendo el signo de “amor y paz” con sus dedos, tal era todo su eslogan... Eran otros tiempos.
Le caracteriza a esta época la estridencia y lo multicolor, lo “satanística” y lo cursi, lo filosófico y lo sociológico, la novelística y la poesía, el cine “de poesía”, la minifalda y las pelucas Pixie... El diseño gráfico se vuelve protagónico —no solo servicial— y toda la juventud le consume a través de las portadas de los discos de rock, blues y jazz. No es una nueva ola, son cientos de olas nuevas. No es solo la buena onda, es La Onda... Huautla, un minúsculo pueblo de la serranía mazateca, es la capital simbólica de tooooda la contracultura del mundo. El zócalo de Oaxaca es su sucursal. Mientras una parte de la sociedad vallistócrata —de buena cuna— ve desde el Marqués del Valle con horror cómo la bazofia del mundo cae en nuestro zócalo como los rayos sobre Sodoma, Juan Herrera se entrega al ejercicio de vanguardizar periodísticamente la rutina oaxaqueña. Emplea la palabra “onda”, abracadabra de la rebeldía juvenil, cuando este vocablo empieza a designar un estilo radicalmente nuevo de escribir la literatura como una extensión de la vida cotidiana del autor. Si Juan Herrera viviera, tendría la edad de José Agustín. Los difuntos Hendrix y Joplin, Lennon y Morrison, Parménides García Saldaña y Gustavo Sainz, por cierto, fueron también contemporáneos de nuestro autor y su impronta en la contracultura sigue vivita y coleando, como la del  inmortal Carlos Santana. Este era el elan en que se inscribió el estilo de Herrera.

El “nuevo periodismo” oaxaqueño

Son los años del Nuevo Periodismo, el nuevo evangelio estilístico según Tom Wolfe. Pero Wolfe, Rex Red, Norman Mailer, Truman Capote y Gay Talese reiventan el periodismo escrito en inglés y publicado en Estados Unidos. ¿Cómo supo de él Juan Herrera?  Me refiero a ¿cómo conoció la novedosa estructura gramatical y el desenfreno lingüístico que le caracterizó al Nuevo Periodismo? Porque lo empleó en sus colaboraciones con el diario Oaxaca Gráfico, periódico conservador de la época que sí se atrevió a publicar algunos de estos escritos aquí incluidos. Seguramente por decisión de doña Arcelia Yañiz, su amiga y promotora, con quien se carteaba, aunque vivían en la misma ciudad...
El Nuevo Periodismo daba la espalda a la redacción sosa de la prensa local —no se diga la nacional, pues aun Carlos Monsiváis no llegaba a ser Carlos Monsiváis— liberando al redactor de cartabones, esquemas y férulas costumbristas. El nuevo periodista podría escribir de cualquier tema menor, con tal de que obtuviera una historia verdadera. No era literatura, pues no trabajaba con ficciones, sino con personajes de carne y hueso. Es más, les reflejaba psicológicamente tal como eran, y no tal como el redactor creía que deberían de aparecer en letras de plomo.
Juan Herrera publica en este libro entrevistas que siguen esta nueva escuela en donde los parlamentos o diálogos deben resultar casi casi cinematográficos. En su técnica personal, ha prescindido del cuestionario. Las respuestas reproducidas dejan clara la pregunta que le antecedió, pero nos ahorra leerla. Herrera transcribe sus entrevistas usando de los espacios y renglones en blanco para que sean esas ausencias las que dibujen en la mente del lector la psicología del personaje de que se trata mientras se confiesa campechanamente con el reportero. Y ocurre que sí funciona. Eso era vanguardismo.
Recurre a los sonidos de las palabras para darle energía de juventud a su discurso, sin importarle demasiado su significado. El lector entenderá si es que debe de entender, piensa. Si no, ¿qué importa? De todas maneras quedará intrigado, es decir, tocado por el dardo literario–periodístico–juvenil de Juan Herrera. Es el caso de sus textos titulados Mamas–Ondas–Patines ¡¿Quéeeee?!...
En los sesentas los periodistas norteamericanos “rompían todos los esquemas” estilísticos. Tom Wolf publicó en la revista “Esquire” su artículo titulado “Ahí viene (¡Vruum! ¡Vruum!) Ese Embellecido Cochecito Aerodinámico (¡Rahghh!) Fluorescente (¡Thphhhhh!) Doblando la Curva (¡Brummmmmmmmmm!...”. No es broma. Es historia. Juan Herrera era el único que se atrevía a desafiar al lector local con puntadas o provocaciones o genialidades como Mamas–Ondas–Patines... Contrario a lo que la mayoría de periodistas convencionales pensaban, esa libertad irreverente e imaginativa del Nuevo Periodismo atrapaba lectores, antes que espantarlos... Claro está que en usa, pero ¿qué ocurría en Oaxaca? ¿Cómo eran recibidas estas colaboraciones? ¿Quiénes las leían? ¿Cómo pasaban por encima del mu–ro–de–los–lu–gaaa–res–co–muuuu–nes tan querido en la prensa oaxaqueña hasta el día de hoy?
Si hubiera cronistas sesenteros y setenteros de la contracultura oaxaqueña sabríamos más del “feedback” de la obra periodística de Juan Herrera.
No quiero cansar más al lector, pero sé que los cuentos herrerianos también suenan a melena y cuello mao; a París, a jazz y a boite. A través del diseño gráfico quisimos que el lector se metiera de narices en la estética op–art de la época en que este libro debió haber sido publicado y no se pudo.  
Los escritos literarios y periodísticos merecen ser disfrutados ahora que vuelven a circular, dada su calidad. Ya dejo a los antologadores profesionales hacer su trabajo para perfeccionar sus estudios y ediciones futuras. Solo me queda agradecer a mi querido maestro Javier Sánchez Pereyra por habernos conservado estos papeles, sabedor de que un día se publicarían y harían justicia al espíritu indomable de Juan Herrera, su gran amigo.




sábado, 12 de diciembre de 2015

LA PALABRA REUNIDA. ANTOLOGIA BÁSICA DE VICTOR DE LA CRUZ EN "LAS 15 LETRAS/UABJO"

Se publicó y presentó a los lectores el pasado 3 de diciembre en el Salón Casino del Teatro Macedonio Alcalá, Ciudad de Oaxaca, el libro antológico del escritor juchiteco Víctor de la Cruz, recientemente fallecido, que titulamos en español LA PALABRA REUNIDA y en zapoteco DIIDXA BIDOPA STI.

Publicamos ahora su índice, el texto de Presentación y uno de sus ensayos, para que el lector pueda conocer mejor tanto al autor como a la edición, cuya portada es la siguiente y muestra a la iguana, que es a la vez alimento e ícono de la cultura zapoteca del Istmo. El color obedece a la idea de que se trata de las aguas del manantial de Laollaga, pequeño y remoto pueblo que quizás aparezca en algún mapa y en donde Víctor halló refugio, paz e inspiración. Cerramos esta entrada con el texto de guillermo petrikowsky yeyes –su "sancho panza"– incluido en la separata donde se recogieron varias anécdotas y sucedidos curiosos ocurridos en el trato cotidiano con De la Cruz y contados por sus propios protagonistas. La portada es la siguiente:


La edición se debe a los afanes de Manuel Matus Manzo, que se encargó de antologar la parte literaria; Francisco José Ruiz Cervantes hizo la parte ideológico-política, de donde tomamos el texto "Las Razones de Juchitán"; Margarita Salazar Canseco, que se ocupó mayormente del texto introductorio; Carlos Sánchez Silva, que metió mano en las cuestiones históricas y lingüísticas y el que esto escribe, que hizo la edición, impresión y encuadernación.

En reuniones que tuvimos decidimos en grupo incluir textos escogidos que reflejaran los intereses intelectuales y sentimentales de Víctor de la Cruz. El resultado es un panorama muy amplio y profundo. Para animar al lector a acercarse a esta obra antológica ponemos el índice:

Contenido 

Presentación
Eduardo Martínez Helmes
Rector de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca
7

Introducción
9

Diidxa bidopa sti... La palabra reunida...

del poeta
15

del historiador
29

del musicólogo
53

del arqueólogo
61

del antropólogo
85

del politólogo 
103

del periodista
123

del polemista
139

del lingüista
149

Curriculum Vitae y listado mínimo de su obra bibliográfica,
hemerográfica y conferencial
183


Viene ahora el texto de introducción, que dibuja el escenario completo y al detalle:

INTRODUCCIÓN

La palabra de Víctor de la Cruz Pérez se nos ha de quedar con la perseverancia del tiempo, ya sea como poeta o como defensor de su lengua, como ensayista o como crítico —en el sentido más amplio del término—, como historiador o como literato, como intelectual indígena y amante de la cultura en la que nació, y que se convirtió en el leitmotiv de la mayor parte de su obra. O como el intelectual que se encargó de introducir lo cultural al discurso político, reivindicando así las ideas étnicas de los zapotecos.
Desde nuestra casa de estudios, la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, y en particular desde el Instituto de Investigaciones en Humanidades, hacemos un sentido traslape en este abecedario de títulos para poner especial énfasis a la letra “M” de nuestra Colección “Las Quince Letras”, pues, como un merecido homenaje al investigador y académico Víctor de la Cruz recientemente fallecido, los miembros del Cuerpo Académico “Historia, Literatura y Cultura de Oaxaca siglos XVI-XXI”, en colaboración con el Mtro. Claudio Sánchez Islas, tomamos la decisión de hacer un cambio repentino tanto en el orden de estas “Quince Letras” como del autor a quien le correspondía el turno. Cabe señalar que el siguiente número de esta colección pertenecía a la letra “L”, misma que será aplazada para acomodar en su lugar, por adelantado, la letra “M”, pues por casualidad —o por alguna inescrutable necesidad— la ilustración de esta grafía contiene una iguana, icónica figura istmeña que bien puede representar no sólo la muy amada patria chica de nuestro autor en cuestión, sino al propio autor.
Quizá sea necesario aclarar que el dedicarle un número a Víctor de la Cruz en la colección “Las Quince Letras” no es únicamente por la alta estima en que se le tuvo, sino por la vasta y original obra que salió de su pluma para cumplir con los rigores de la academia universitaria. Víctor fue un humanista en todos los sentidos, pues su producción abarcó muchas de las disciplinas que forman el cuerpo de las humanidades clásicas: literatura, filología, etnografía, arqueología, lingüística, historiografía, periodismo, traducción, música, entre muchas otras. Por si fuera poco, usó para expandirse en estas disciplinas lo mismo el español que el zapoteco. Este bilingüismo le permitió forjarse un muy particular camino en la vida intelectual, en un país que dista mucho de llevar sus lenguas indígenas a una preferencia en la Silla de la Academia Mexicana de la Lengua, lugar que, sin embargo, Víctor de la Cruz Pérez alcanzó. 
Que una antología es caprichosa, lo es, no hay duda. ¿Por qué este texto sí y este otro no? Esa fue nuestra pregunta al integrar este volumen. Sin embargo, decidimos que la selección —no poco minuciosa— fuera por géneros para así poder abarcar los trabajos más representativos —desde nuestro punto de vista—, tratando de rescatar esa mirada que tenía hacia la extensa cultura zapoteca, la prehispánica y la contemporánea. En conclusión, esta selección trata de mostrar el trabajo de Víctor de la Cruz en todas sus facetas. Y por qué no decirlo, nosotros también ensayamos con sus ensayos.
Con el fallecimiento, comienza el ineluctable proceso del olvido, de la valoración o incluso, del mito. Nuestro amigo Víctor de la Cruz cesó su presencia el 9 de septiembre de este año 2015, a poco menos de un mes de cumplir 67 años. Nació el 26 de octubre de 1948 en Juchitán. Nació con su lengua, el zapoteco. Escribió con palabras–nube a la flor y a la historia; refutó al tiempo y a los sueños; estudió y pensó lo que los binnigula’sa’ dijeron y dejaron. Y ello es lo que nos ha ofrecido en una singular herencia escrita. 
Decía haber salido de Juchitán hacia la ciudad de México luego de la secundaria, con dos trajes muy bien hechos por sastres locales. Contaba que su madre le puso un alto para que no fuera músico, circunstancia que lo marcó; siguió cantando sólo para estar alegre, y luego hizo investigaciones sobre música y su memoria le prodigó el conocimiento de la música regional y nacional.
Apuntó a la escritura desde el primer momento de su partida de Juchitán al centro cultural del país, la ciudad de México. Todos lo conocimos primeramente como poeta, y de cierta manera como activista: un intelectual crítico de sus circunstancias; hombre de cultura, que lo mismo componía un poema que escribía para un periódico o traducía algún texto al zapoteco. Claro que también su enorme mérito fue haber fundado y dirigido la revista Guchachi’Reza, la Iguana Rajada, revista cuya primera edición vio la luz a mediados de los años setenta del siglo pasado y de la mano del pintor Francisco Toledo. Dos décadas de trabajo continuo hablan de esta publicación que tuvo la capacidad de juntar a una cantidad considerable de historiadores, literatos y artistas plásticos de la talla de Vicente Rojo. 

La revista oaxaqueña Guchachi’Reza (Iguana Rajada) constituye un caso verdaderamente excepcional entre todas las revistas culturales editadas en la provincia mexicana. […] combina el enfoque regional con el enfoque de una “minoría nacional” […] El contenido de sus contribuciones, generalmente muy breves (cada entrega, cuidadosamente presentada, reúne en 24 o 28 páginas aproximadamente una docena de textos), puede agruparse en tres grandes áreas temáticas. […] La primera se centra en la presentación de documentos históricos ligados al istmo oaxaqueño, su población y los sucesos de trascendencia ocurridos en esta región. […] Un segundo grupo de textos se refiere a la lucha intelectual y política contra las formas actuales de opresión y dominación. […] [en] el tercer grupo de textos, […] se confrontan visiones del mundo, de la vida y del hombre. […] Guchachi’Reza no es solamente un elemento interesante e importante para lectores de otras partes de nuestro país, sino también y sobre todo un estímulo para buscar caminos paralelos. 

Como se puede apreciar, en este pequeño extracto de un artículo que publica Esteban Krotz en la revista Nexos, Guchachi´Reza está considerada como única en el país; además, aún no ha perdido vigencia: hoy día se puede consultar en internet, plataforma muy merecida a Guchachi , y en este tenor, hacemos segunda a lo que en su momento señaló Krotz:

…merecería una difusión más amplia y, ante todo, recursos suficientes para la investigación socioantropológica que la alimenta. Así podría constituirse en el foro de un auténtico intercambio cultural, marcado por los intentos de regeneración crítica de culturas subalternas en su enfrentamiento con las culturas dominantes y sus esfuerzos de apropiación destructiva.

De este modo es como De la Cruz se dio a la tarea de abrirse a otras regiones revitalizando el discurso indígena. Fue en esa etapa en que varios de los que hoy integramos este Cuerpo Académico comenzamos a colaborar con él. Víctor de la Cruz Pérez obtuvo el grado de doctor por la Universidad Nacional Autónoma de México, bajo la tutela del Dr. Miguel León–Portilla (y miembro emérito de la Academia). Acontecimiento inusitado por el valor a la cultura, al habla, a la tradición oral. Un reconocimiento desde todas nuestras lenguas originarias que, sabemos, son una riqueza entre los oaxaqueños; igual que para la literatura, el arte y la creación. La cereza del pastel fue haber alcanzado el más alto mérito intelectual a nivel nacional: ser nombrado miembro en la Academia Mexicana de La Lengua por sus aportes a la lengua española y zapoteca. Especialmente al zapoteco del Istmo de Tehuantepec, y a la escritura bilingüe.
Los pueblos en general respetan y reconocen a sus personajes, por su voz y sus hechos, que sobresalen en sus diferentes actividades de su lengua, su cultura, su arte y su historia, porque con ello elevan su espíritu y dicen lo que son. No siempre en México sucede esto, pero entre los binnizá la tradición dicta que así sea, los impulsa y ellos se esfuerzan por corresponder, y así el tiempo se encarga de mantenerlos en nuestra memoria. 
Nuestro autor comenzó como poeta, y esta antología abre sus páginas de esta manera. Elegimos diez poemas, entre ellos el que más lo identifica: Cuando con tus ojos busques /ya no me encontrarás/. Sentido poema “desamoroso” que advierte una tajante distancia, cuando eso tenga que ocurrir. Cierra esta sección el poema El tren, mismo que nos llevará por las siguientes estaciones de esta antología. La siguiente parada es una muestra de su labor como historiador; en ella incluimos la introducción al extenso trabajo que elaboró sobre el general Charis, personaje que, en palabras de Víctor, “jugó un papel fundamental en la unificación ideológica y movilización popular de los zapotecos del sur del Istmo por rescatar su territorio étnico en manos de los carrancistas”. Esta introducción es inédita. Da cuenta de la actualización constante de datos y análisis con que enriqueció aquel libro que publicó en 1989 sobre el tema, pero corresponde al manuscrito que queda a la espera de una segunda edición.
Continuando con esta travesía intelectual, es indudable que su gusto por la música, particularmente la del Istmo, lo llevó hasta el afamado Chu Rasgado, autor de una de las más célebres canciones del repertorio popular oaxaqueño: “Naela”. En este texto, Víctor nos advierte sobre la existencia de otras canciones de este compositor, conservadas inéditas, para que no sufran la suerte de “Naela”, la cual ha sido adjudicada a otro autor. 
La siguiente estación de este recorrido, es su visión como antropólogo, misma que avala en este texto, también inédito, que es una ponencia que preparó para la presentación del libro Panorama arqueológico: dos Oaxacas, coordinado por Marcus Winter y Gonzalo Sánchez Santiago. En este texto, que leyó en público el 18 de julio de 2014, hace hincapié en los aciertos de estas investigaciones, pero también señala las fallas tanto de carácter arqueológico como ético respecto al ensayo que considera doblemente polémico: “La cueva del Rey Kong Oy”, afirmando el desfase temporal en el que sitúan los hallazgos localizados dentro de estas cuevas, por un lado, y, por el otro, la difusión en el ciberespacio —sin el consentimiento de los mixes de San Isidro Huayapan— de fotografías de las esculturas contenidas en la cueva.
Pitao Peeche: Dios jaguar de los zapotecos es nuestra siguiente parada, donde podremos disfrutar su punto de vista antropológico en una disertación sobre la influencia del arte olmeca en la evolución de la máscara del jaguar de los dioses de la lluvia mesoamericanos: Chac de los mayas, el Tajín del norte veracruzano, el Tláloc de la altiplanicie central y el Cociyo de Oaxaca. Explica cómo los atributos del dios jaguar Pitao Peeche, dios tutelar de los binnigula’sa, están presentes en el dios de la lluvia Pitao Cociyo.
Y, en este mismo tenor, también elegimos su texto Ti Libana Nucaachi’Lu, un discurso matrimonial escondido, en donde transcribe y traduce del zapoteco al español la letra de una canción que versa sobre una ceremonia matrimonial zapoteca donde le dan el humo de copal a dios, explicando este acto como esotérico o literario de los binnigula’sa, lo que le hizo buscar más sobre los sermones matrimoniales tradicionales, encontrando éste donde no lo esperaba: en la memoria de su padre.
Su visión como politólogo la encontramos en Las razones de Juchitán. Retomando las palabras de Francisco José Ruiz Cervantes: “escrito con pasión y desde una perspectiva clasista, De la Cruz sostiene que los acontecimientos en Juchitán tienen una raíz añeja, que la rebeldía de los zapotecas del Istmo no es algo que surja de la noche a la mañana, sino que viene de lejos…” 
La siguiente parada advierte a Víctor de la Cruz en su fase de periodista, con una sabrosa entrevista que sostiene con el pintor Rufino Tamayo, donde se puede apreciar el amor que sentía Tamayo por la cultura istmeña. También incluimos dos breves crónicas: una donde narra su viaje a Tuxtla y otra donde cuenta una noche de juerga con el músico Jorge Fernando Hernández, que fuera la penúltima para el músico. Cierra esta sección su disquisición sobre El pajonudo, para pasar al Víctor polemista donde acepta el reto hecho por don Andrés Henestrosa, paisano suyo, para traducir al español un poema de “dificilísima interpretación”. Al responder al buscapiés De la Cruz hecha mano de la retórica clásica. La elegancia y contundencia de su respuesta hizo brillar como pocas veces la polémica entre dos zapotecas sobresalientes. La traducción “dificilísima” se desenreda en las manos del lingüista, pero se torna en oro en las del poeta, prueba de su dominio tanto del diidxazá como del español.
Y para la última estación elegimos al Víctor lingüista con el discurso que pronunció al ingresar a la Academia Mexicana de la Lengua: Las literaturas indígenas mexicanas, mismo que fue respondido por el Dr. Miguel León–Portilla, donde ambos hacen hincapié en que las literaturas indígenas aún no han sido aceptadas como parte de la literatura y cultura mexicanas. 
Con el ánimo de facilitar al futuro estudioso de la vida y obra de nuestro autor publicamos el Curriculum Vitae y listado mínimo de su obra bibliográfica, hemerográfica y conferencial, con datos aportados en su gran mayoría por él mismo, a manera de prontuario, pero también nos deja ver la extensión de sus intereses intelectuales. Sin dejar de mencionar nuestra relación como amigos y cofrades, incluimos un breve anecdotario, en donde también se encuentran las aportaciones de otros amigos y contemporáneos suyos, donde cada uno, de puro corazón, sacamos de nuestra memoria —o de nuestros archivos del correo electrónico— una pequeña parte de la convivencia que tuvimos con Víctor. Así, reunimos nueve textos que desnudan lo chispeante de su carácter. Anexamos estos textos como una separata al libro. 
En resumen, Víctor de la Cruz Pérez es un poeta y un humanista a la altura de una cultura nacional. Este reconocimiento se lo damos por su vasta obra original, por su muy particular estilo literario que quedó impregnado en sus escritos y porque celebramos su largo andar por la rigurosa vida académica. Por eso le brindamos un homenaje con este florilegio correspondiente al tomo M de “Las Quince Letras”. Su discurso cierra esta antología, pero para nosotros abre el corazón de la palabra. Ojalá que el viento lleve a las flores este murmullo, y esta vez florezcan por quien ha dicho de ellas muchos versos, y a nosotros nos prodigue su hálito. De los muchos homenajes nosotros optamos por lo escrito, lo que al hermano le parecería bien: leer su obra en torno a las islas de los libros.


Oaxaca de Juárez, Oaxaca. Noviembre, 2015.

Leamos ahora uno de sus ensayos más leídos en el debut de los años ochentas y apreciado por la claridad que ofreció sobre la rebeldía  política juchiteca en un momento en que la sociedad de esa ciudad chocó de frente con el Estado nacional, que contratacó a través de los medios de  comunicación en una inolvidable y canalla ofensiva de desprestigio hacia los juchitecos. Víctor puso en claro su espíritu históricamente contestatario con el siguiente tenor:

Las razones de Juchitán

Fuente: Cero a la izquierda, suplemento cultural 
del periódico Hora Cero, Oaxaca, Oax., año II, No. 35,
21 de diciembre de 1981, pp. 4-6.




Presentación: En esta ocasión dedicamos íntegro el espacio de Cero a la izquierda al ensayo que Víctor de la Cruz nos entregara recientemente.
Escrito con pasión y desde una perspectiva clasista, De la Cruz sostiene que los acontecimientos en Juchitán tienen una raíz añeja, que la rebeldía de los zapotecas del Istmo no es algo que surja de la noche a la mañana, sino que viene de lejos. Creemos que en estos momentos en que la burguesía istmeña despliega sus gastados pendones, la publicación de este trabajo es algo necesario, urgente.
La Redacción.


Plantear la cuestión de Juchitán en términos puramente políticos es empobrecerla demasiado, que es a lo que han querido reducirla las autoridades y los voceros del sistema vigente. Plantearla exclusivamente  a partir de las categorías clásicas del marxismo de lucha de clases o problema nacional es aún no acabar de comprenderla, porque en realidad tiene elementos para analizarla a partir de ambas categorías conjuntamente; es decir: no plantearla a partir de una y después desde la otra. El enfoque que nos puede llevar a la comprensión de la interrogante tiene que ser dialéctico, combinando los dos puntos de vista. Sin embargo, el manejo del concepto “nación” en estos casos conlleva muchos riesgos, porque algunas veces se usa como sinónimo de estado, y en la teoría marxista no se llegó a profundizar en el mismo, definiéndosele más bien negativamente por contraposición entre “nacionalismo burgués e internacionalismo proletario”; así, con lo cuestionable que resulta este último al chocar con una realidad más terca en Asia y Europa, la nación abarca una amplia gama de grupos humanos con diferencias cuantitativas y cualitativas entre sí. Esta imprecisión ha hecho que también los grupos indígenas americanos rechacen encuadrarse en dicho concepto, como en el caso de los indígenas colombianos reunidos en el VI Congreso del Consejo Regional Indígena del Cauca: “El concepto de ‘Nacionalidades Indígenas’ contrasta con la posición de los indígenas que ven cómo: ‘la lucha que se lleva a cabo no debe aislarse de las luchas de los demás sectores explotados”.
El concepto grupo étnico o etnia, proveniente de la literatura antropológica, me parece el adecuado para designar a lo que habrá sido la “nación zapoteca” en la época prehispánica, de la cual formaban parte los zapotecos o binnizá de Juchitán. Y así, en este acercamiento a la cuestión juchiteca, la base del análisis será al grupo étnico, en el cual se tratará de rastrear el origen histórico de la lucha de clases como factor de transformaciones revolucionarias, hasta llegar a la comprensión de la situación actual.
A reserva de profundizar alguna vez en la situación social de la nación zapoteca, las contradicciones que había en ella, las consecuencias de éstas y el papel que pudieron haber desempeñado en la crisis que sufrió esa cultura que dio fin a su período clásico; se puede decir ciertamente que los zapotecos del siglo XVI que encontraron los invasores españoles no formaban una sociedad igualitaria. Dicha sociedad estaba estratificada y la formaban por lo menos cinco estamentos, categoría sociales o “linajes” como los llamó fray Juan de Córdova en su Vocabulario: En la cúspide de la pirámide social estaba el linaje de señores grandes, llamados en zapoteco tijocoquij o simplemente coquí; seguía el “linaje de señores como caballeros” llamados tijajoana; después el “linaje como de hidalgos” que se llamaban tijajoánahuini o tijacollóba; enseguida el linaje de populares o labradores: Tijapéniquéche; y al final una especie de cimiento de la pirámide, “que a poco y nada subió”, al cual metafóricamente se nombraba tijacicanicalayña.
La invasión española simplificó la estratificación social de la nación zapoteca. Después de desbaratarla junto con su cultura y destruir algunas pirámides de piedra que encontraron, los españoles subieron a la cima de la pirámide social como opresores de  todos los zapotecos a quienes explotaron como vasallos, ya sea del rey o de Hernán Cortés, sin importarles su categoría social anterior.
Las difíciles condiciones a las cuales tuvieron que enfrentarse los grupos étnicos mesoamericanos a partir del momento de la consumación de la invasión española, y al hecho de que las relaciones de un pueblo con otro estuvieran en manos de los españoles, hicieron que los pueblos indígenas se replegaran en sí mismos y se desligaran de sus vecinos, aliados y parientes; dedicado cada uno por su lado a reunir tributos, defenderse de la política colonialista y defender sus tierras comunales.
“En esa forma, a pesar de los cambios demográficos y de las congregaciones y reducciones a que se forzó a muchas poblaciones indígenas, la política española en relación a la administración y gobierno de las comunidades indígenas fue muy clara: fomentó la vida comunitaria autártica y autocontenida. [...] Esa política fragmentó a la sociedad indígena y aisló estructuralmente a cada una de las pequeñas comunidades, originando en principio su lucha creciente a través del tiempo por el reconocimiento como una unidad política en sí, que prolongándose hasta la actualidad nos da una realidad de 572 municipios en el Estado de Oaxaca, según el censo de 1960.
Los zapotecos de Juchitán no fueron la excepción en estos casos. Entre 1603 y 1604 se les congregó con los de Ixtaltepec en San Jerónimo Ixtepec. En la tercera década del siglo XVIII se sabe que no tenían tierras. Se las había arrebatado fray Francisco García de Toledo, cura de Tehuantepec, quien alegaba que eran de cofradías dedicadas a ciertos santos; y no comunales, “dejándolos perecer sin poder sembrar cacao ni otros de los fructos de el país con que se mantienen y pagan los tributos”.
El 6 de diciembre de mil setecientos treinta y seis iniciaron los Juchitecos formalmente la batalla legal por la restitución y titulación de sus tierras comunales, asesorados por un tal licenciado Manzano y encabezados por el gobernador y alcaldes del pueblo: Bernabé Nicolás, José Sánchez y Lorenzo de la Cruz, respectivamente. Dieciséis personas dieron su testimonio ante las autoridades de la Real Audiencia de la Nueva España, en el sentido de que las tierras eran de comunidad y de que aproximadamente veinte años antes se habían quemado los títulos en la casa del escribano al incendiarse el pueblo; entre los testigos que comparecieron en el juicio de información se encontraban indios zapotecos y mulatos ixtaltepecanos en mayoría, indios huaves de Santa María y San Dionisio del Mar, españoles residentes en la región; y aún había más, pero el gobernador y los alcaldes los consideraron suficientes para que les fueran restituidas sus tierras y bienes de comunidad.
Aunque de las constancias del juicio se desprende que los juchitecos cultivaban cacao, esto no quiere decir que las tierras y las condiciones climatológicas de Juchitán en aquel entonces fueran favorables para ese cultivo; si lo cultivaban se debía la imposibilidad de conseguirlo en la costa chiapaneca, porque los excedentes que obtenían en sus tierras y en el mar —si es que tenían excedentes— iban a dar a las arcas reales y de la iglesia; y porque, si no todo, por lo menos la mayor parte de las cosechas del cacao del Soconusco eran embarcadas a España para que sus majestades y amigos tomaran chocolate.
El diferente grado en que cada pueblo asimiló la colonización española hizo que Juchitán se distanciara de Tehuantepec; pues mientras en el primero, por sus condiciones ambientales inhóspitas, hubo poca afluencia española y por lo mismo la colonización fue débil; en el segundo, por sus mejores condiciones ambientales, la población europea fue numerosa, levantándose una barrera de poder y cultura hispánica que acabó por cortar casi por completo toda comunicación entre los juchitecos y los zapotecos del valle de Oaxaca. Y si a lo anterior agregamos que para los juchitecos actualmente Oaxaca se hace presente sólo como agente del ministerio público, policía judicial, policía rural (azules), juez, recaudador de rentas, agentes de tránsito; es decir, impuestos y represión, las relaciones por el lado oaxaqueño no resultan nada agradables.
“Después del reflujo de la irrupción conquistadora, quedó en el Istmo una limitada presencia española y una población indígena muy disminuida”; esto último por efecto de la despiadada explotación a que fueron sometidos los indios y las epidemias que les contagiaron los españoles. Las autoridades indígenas, según Tutino, de simples intermediarios entre los españoles y las comunidades “se convirtieron con frecuencia en ganaderos, ingresando en la economía española para mantener su categoría superior dentro de la sociedad indígena” en el lapso que va de 1560 a 1740, mientras la mayoría de los indígenas tendría tierras suficientes para cultivar. Este supuesto risueño panorama tal vez fue el de Tehuantepec; pero en Juchitán precisamente al final de ese período los indios zapotecos ya habían sido despojados de sus tierras, las cuales luchaban por recuperar, y no podían dedicarse a sus cultivos, porque el cura ministro de Tehuantepec no los dejaba en paz a pesar del juicio de restitución y titulación que habían promovido y ganado, y las penas que se le imponía a mediados de 1737 para que los tratara con consideración.
La relativa marginalidad colonial que habrían gozado los indios de Tehuantepec no la gozaron los juchitecos como hemos visto; más aún se agravó su situación con una segunda irrupción hispánica mucho más numerosa que entró en la región con motivo de la introducción del cultivo en gran escala de la cochinilla y el añil, destinados a los mercados textiles europeos.
Los juchitecos, que no conocieron la estabilidad en la tenencia de la tierra que supuestamente gozaron los zapotecos tehuantepecanos, al iniciarse la vida independiente del país no vieron disminuir sus problemas, al contrario: aumentaron los enfrentamientos con el eje formado por las elites de comerciantes oaxaqueños tehuanos al ser vendidas las Haciendas Marquesanas, que colindaban con sus tierras, por los herederos de Hernán Cortés al milanés Esteban Maqueo. Los juchitecos que a fines de la colonia manejaban su propio comercio de telas y sales que llevaban hasta Guatemala, con el inicio de la independencia y la creación del nuevo estado de Oaxaca fueron despojados de sus salinas, las cuales se concedieron en monopolio para su explotación a un tal Francisco Javier Echeverría. El robo de su ganado por los administradores de las Haciendas Marquesanas, despojo de sus tierras y salinas, impuesto de capitación, en fin la presión y la represión de la vallistocracia hicieron a los juchitecos rebelarse al mediar el siglo XIX contra las autoridades estatales, encabezados por José Gregorio Meléndez. 
La versión que da Benito Juárez García, el gobernador del estado, de los acontecimientos en su Exposición al Congreso del Estado el 2 de julio de 1850, es la siguiente:

Sería largo describiros el estado de inmoralidad y desorden en que desde muy antiguos tiempos han vividos los moradores de Juchitán. Bien sabéis sus grandes excesos, no se os ocultan sus depredaciones bajo el régimen colonial y los atentados cometidos contra los agentes del Gobierno español. No ignoráis que en el tiempo del Gobierno central, se burlaron de la fuerza armada que el poder general destinó para reprimir sus crímenes, derrotándola y causándole pérdida, burlando a sus jefes y despreciando a sus autoridades locales. Testigos habéis sido de estas escenas de sangre y de horror…

Desde que me encargué del Gobierno en 1847, comencé a recibir nuevas quejas de los dueños de las salinas y de las Haciendas Marquesanas, reducidas a que los vecinos de Juchitán, a pretexto de que les pertenecían estas fincas, los hostilizaban incesantemente robándoles las sales, matándoles sus ganados y causándoles toda clase de perjuicios. También recibía quejas de las autoridades sobre que el pueblo de Juchitán se negaba al pago de la capitación, protegía al contrabando de los efectos que se introducían por el rumbo de Chiapas, y que entregados sus vecinos a la embriaguez y a la vagancia, no sólo vivían en el desorden, sino que prevalidos de su número se burlaban de las autoridades que intentaban corregirlos.

Benito Juárez, el indio oaxaqueño, el indio zapoteco, no sólo defendía a las instituciones que sobre la vida de los indios habían levantado los conquistadores, no sólo validaba los despojos de los bienes de sus hermanos y el impuesto de capitación que le cobraban los españoles; en nombre de semejantes actos y en defensa del “derecho” de conquista de los invasores perseguía a los zapotecos de Juchitán. ¿A título de qué Hernán Cortés, sus herederos de Monteleone y Terranova y el comprador Esteban Maqueo se hicieron dueños de las tierras de los zapotecas del Istmo? “El Marquesado surgió dentro de los lineamientos de la encomienda como la autogratificación que se dio Cortés a los méritos ganados en la conquista”. Si las salinas costeras del Pacífico no habían tenido nunca antes un propietario, ¿por qué entonces sólo debía explotarlas un extraño llamado Francisco Javier Echeverría y no sus originales usufructuarios, los zapotecos y los huaves? “El gobernador Juárez se veía presionado también por los mercaderes oaxaqueños propietarios de las Haciendas Marquesanas”.
¿Por qué debían seguir pagando los zapotecos un impuesto establecido por invasores? En el año de 1844 el partido de Juchitán pagaba al gobierno del estado 1,916.0 reales por conceptos de impuestos de capitación, mientras que el partido de Tehuantepec teniendo el doble de la población sólo pagaba 1,367.6 reales.
Por luchar contra su situación colonial después de la “independencia” los juchitecos vieron incendiado su pueblo el 19 de mayo de 1850. Juárez lo explicó al ministro de Relaciones Interiores y Exteriores de México, quien le había pedido explicaciones, en los siguientes términos:

Este (incendio) fue causado por los fuegos de las tropas que batieron al faccioso Meléndez, comunicado a algunos jacales por la acción del norte que soplaba y concluido con la desaparición de este fenómeno. Las casas de Juchitán son de palmas, los fuegos de fusilerías y artillería obraron a las orillas del pueblo, sitio que el enemigo eligió para batirse, y estas circunstancias y la del viento dominante no podían producir otro resultado.

Quien conozca Juchitán, o quiera conocerlo, ha de saber que el “norte” sopla en la llanura ístmica de octubre a febrero “y marzo otro poco”; de abril a septiembre el calor y la falta de aire son igualmente temibles. Pequeñas mentiras de los héroes. ¿No del benemérito heredó la familia revolucionaria su forma de gobernar y su lenguaje para explicar la represión? José C. Valadés contesta a nuestra interrogante:

Sin poder acercarse, pues, al porvenir, Juárez no previó los abusos de autoridad que se podían suceder en el país. La autoridad que se dio a sí mismo y que legaría a otros presidenciados en nombre de la paz y la estabilidad del Estado, no pudo ser más efectiva.

Este insistir sobre el principio de autoridad que constituyó una palmaria enajenación de los derechos democráticos, se acentuó al pasar el poder a manos del general Porfirio Díaz; ha corrido rutilante a través de los presidenciados llamados revolucionarios, con el grave mal de que la praxis del principio juarista no se convirtió sólo en un modo de gobierno, sino en el meollo mismo del Estado Mexicano.

La conclusión a la cual llega John Tutino de que: “Los juchitecos aprovecharon la debilidad de las elites durante la guerra con Estados Unidos para resarcirse de la invasión de su control secular sobre un recurso natural” tampoco parece estar suficientemente documentada; porque, de haber sido este el factor más importante para el estallido de la rebelión, la oportunidad de los juchitecos para resarcirse de los daños que les causó la represión juarista no tardó en presentarse con la invasión francesa. Los zapotecos de Juchitán, San Blas Atempa y los otros pueblos indígenas que los acompañaron en el levantamiento de 1849, no sólo combatieron en la causa de la república en las filas de Porfirio Díaz valientemente, también ganaron una batalla el 5 de septiembre de 1866, decisiva para que las fuerzas reaccionarias e invasores no continuaran su marcha hacia los estados del sureste como Chiapas y Tabasco, cuando en el país no había ninguna autoridad y Juárez fue arrinconado con su carruaje en Paso del Norte.
Los juchitecos esperaron hasta que se disipara totalmente la tormenta de la intervención francesa para continuar sus reclamaciones sobre la propiedad comunal de las salinas, a principios de 1868, ante el ya presidente de la República Benito Juárez por conducto del gobernador del Estado, Félix Díaz, y recurriendo a las influencias del general Porfirio Díaz, en cuyo ejército habían combatido a la reacción del eje Tehuantepec Oaxaca y a las fuerzas imperialistas. Pero a estas alturas los indios ya habían sufrido una agresión aún más grave proveniente de los próceres liberales: el decreto de desamortización del 25 de junio de 1856, que no sólo desbarataba para bien los bienes de manos muertas del clero; para mal desmembraba la propiedad comunal de los indígenas, dejándolos indefensos ante la voracidad del capitalismo primitivo mexicano.
A las viejas cuentas que tenía el país independiente con los indios se había agregado una más. Los juchitecos no querían perder la calidad comunal de sus tierras, para lo cual acuden al “influjo y los buenos sentimientos” del general Porfirio Díaz a favor de los ocursos que el municipio... dirige al presidente de la república. Por otro lado quieren aprovecharse de los impuestos que tenían que pagar, solicitando se les conceda “el permiso de seis años de capitación para obras de beneficencia pública”. Benito Juárez, presidente de la República, rectificó lo que había hecho como gobernador del estado en el caso de las salinas, resolviendo a favor del pueblo de Juchitán la propiedad de las lagunetas en litigio desde noviembre de 1843. Los juchitecos se sienten agradecidos a Díaz por la parte que tomó en el negocio.
Para mediados del año de 1870 los juchitecos querían otra vez su separación del estado, como habían estado un tiempo antes de la constitución de 1857, aunque sea con las armas en las manos, porque no se resignaban a pagar el viejo impuesto de capitación “como por las circulares que dicen que no se tocan las campanas y otros puntos más delicados”, tal como previene Apolonio Jiménez a Porfirio Díaz, a quien pide consejos como persona de confianza para que le diga “relativamente” lo que debe hacer en lo particular, “y a más el pueblo de Juchitán está muy sentido por el C. Gobernador porque lo ven muy desconocido, sin ningún mérito por sus servicios prestados a la causa nacional”. Díaz no hace caso a la carta de Jiménez. Más tarde los juchitecos se levantarían en armas contra el gobernador Félix Díaz, quien los reprime a sangre y fuego incendiando otra vez Juchitán y roba al santo patrón del pueblo, San Vicente Ferrer. El Chato Díaz hizo que los juchitecos buscaran otra vez su separación del Estado de Oaxaca, no secundaran a su hermano en el Plan de La Noria en su mayoría y se volvieran lerdistas cuando Porfirio Díaz se levantó en armas con el Plan de Tuxtepec.
Siguiendo la causa de Porfirio Díaz con el Plan de La Noria el Chato perdió la gubernatura del estado; la alianza de juchitecos y blaseños bajo las órdenes de Benigno Cartas le dio alcance en enero de 1872, en donde Apolonio Jiménez lo ajustició, cobrándole los daños que había causado a Juchitán. Díaz comenzó su dictadura en el país teniendo a la mayoría de los juchitecos en la oposición y aquellos que lo siguieron, derrotados en Buenos Aires cerca de Arriaga, Chiapas, se exiliaron en Tehuantepec, donde permanecieron hasta mediados de mayo de 1877 cuando pudieron regresar en paz a Juchitán, una vez que Díaz se arregló con la mayoría del pueblo reconociendo a sus autoridades y los juchitecos reconocieron al Plan de Tuxtepec.
La ley de desamortización del 25 de junio de 1856, que atacó el sistema de tenencia de la tierra indígena, benefició a los descendientes de los inmigrantes europeos que habían llegado a Juchitán a mediados del siglo XVIII para dedicarse a la explotación de los colorantes textiles cultivados en el Istmo; y la unión, mediante el matrimonio o simples concubinatos, de estos comerciantes extranjeros con los comerciantes zapotecos originó, aparte del mestizaje biológico, un proceso de aculturación de los europeos, quienes fueron asimilados por la sociedad juchiteca; mientras que en el seno de ésta se acentuaba un proceso de diferenciación clasista. Producto típico de este tipo de relaciones fue Rosendo Pineda, hijo de un francés de apellido Delarbre y Cornelia Pineda; y ejemplo del orgullo de esta nueva clase social extranjerizante son las dos “velas” o fiestas que dedican las familia Pineda y López para lucir su diferencia de clase y rivalidades étnicas, en lugar de las tradicionales fiestas de origen prehispánico, como Guzebenda, Guelabe’ñe’, Igú, etcétera. Fue esta minoría aburguesada la que permaneció fiel a Porfirio Díaz en sus levantamientos de La Noria y Tuxtepec, de 1871 y 1876; derrotada en Buenos Aires, Chiapas, y exiliada en Tehuantepec hasta mayo de 1877, fue tomando el poder político en Juchitán en el transcurso del porfirismo con la ayuda de su hijo predilecto Rosendo Pineda, conocido como el “eje de diamante” de ese régimen. Miembros de esta elite se dirigieron a Porfirio Díaz, apenas éste asaltó el poder, para criticar a las autoridades locales, pedir el regreso de los exiliados en Tehuantepec y algo más congruente con su posición de clase, pero en contra de su comunidad: consideran despojo la restitución de las salinas al pueblo juchiteco, solicitando al dictador que se devuelvan a la “honrada” familia Echeverría a la cual consideran víctima de las autoridades municipales.
Conocidos como “los científicos” en el país los porfiristas formaron el “partido verde”, que en 1882 se encontraba ya en armas contra la tiranía porfiriana. El jefe político del distrito, coronel Francisco León, reprimió a los juchitecos insumisos desterrándolos a distintas partes de la república, pero principalmente a Quintana Roo y Valle Nacional, Oax. Los juchitecos seguían con la carga del impuesto de capitación, con el problema de las tierras y las salinas y en 1911 una gota más volvió a derramar el vaso. Electo gobernador del estado Benito Juárez Maza, hijo del benemérito, apenas estrenado el nuevo gobierno de Francisco I. Madero después de treinta años de dictadura, aquél comenzó su gobierno reafirmando el viejo estilo de su padre, que había continuado Porfirio Díaz. Nombró como jefe político de Juchitán a Enrique León, sobrino de aquel Pancho León que había hecho construir el palacio municipal a punta de pistola y había desterrado o enterrado a tantos inconformes. Los juchitecos no soportaron más y el 2 de noviembre de 1911 se levantaron en armas encabezados por el licenciado José F. Gómez, un miembro de la burguesía zapoteca quien dando la espalda a su clase se decidió a luchar por las reivindicaciones de su comunidad.
Asesinado Che Gómez el 5 de diciembre del mismo año de 1911 cerca de Rincón Antonio, hoy Matías Romero, por órdenes de Benito Juárez Maza, cuando el líder se dirigía a la ciudad de México para dialogar con el presidente Madero y plantearle las demandas juchitecas, sus seguidores, divididos en varios grupos, siguieron merodeando en los alrededores de los pueblos del Istmo o peleando como soldados en las facciones que había en el país, hasta que Heliodoro Charis Castro tuvo la virtud de agruparlos e incorporarlos a la facción obregonista. A partir de la década de los años veinte hasta el 26 de abril de 1964 en que murió el general Charis, éste fue indiscutiblemente el líder más importante de los juchitecos. Para que le fuera reconocido su grado y los de sus seguidores, Charis negoció con el obregonismo hecho gobierno, y en vez de levantar las viejas demandas de la comunidad las mediatizó, negoció o reprimió. Los problemas agrarios y de las salinas fueron ocultados o desvirtuados y la rebeldía de los juchitecos se redujo a la cuestión del ayuntamiento municipal. Por lo menos querían nombrar a sus autoridades locales, pero también esto se les negaba. En 1931 el gobernador del estado, Francisco López Cortés, impuso como presidente municipal a Juan Cheno en contra de la voluntad popular y la del general Charis, quienes sostenían a Fidel Sandanga. Ante la intransigencia del gobernador por reconocer al presidente por ellos electo, los juchitecos se levantaron en armas encabezados por dos jóvenes profesionales de la medicina, Roque Robles y Valentín S. Carrasco. Sin ninguna experiencia militar ni la esperada ayuda del general Charis, el levantamiento fue rápidamente reprimido y asesinados los dos médicos el 21 de mayo de 1931.
Apenas murió el viejo general el gobierno de Adolfo López Mateos destapó la caldera antes de que estallara, y así, el 17 de junio de 1964, dictó la resolución sobre reconocimiento y titulación de bienes comunales de Juchitán y los otros pueblos con quienes tenía problemas de límites. Esta vez quienes reaccionarían ya no serían los zapotecos pobres, sino los ricos aliados con extranjeros que habían aprovechado la corrupción y complicidad de la “familia revolucionaria’’ para acaparar las tierras comunales y monopolizar la explotación de las salinas. Se formó un comité llamado de pequeños propietarios con asesoramiento legal e influencia en el Distrito Federal y entre las autoridades locales se organizó una campaña para engañar a los juchitecos diciéndoles que el gobierno les iba a quitar sus tierras; surgieron líderes populistas con lenguaje seudorregionalista que aprovecharon la coyuntura para ascender en la escala económica, política y social; se controló finalmente el problema en forma momentánea con la llegada al poder de Gustavo Díaz Ordaz y su ínclito Jefe del Departamento Agrario, don Norberto Aguirre Palancares. En su visita al istmo el candidato se hospedó en la casa de un médico de la burguesía regional, aprovechando la oportunidad “los pequeños propietarios” se le pusieron de rodillas, le presentaron bellas juchitecas ataviadas con el típico traje regional y grandes centenarios colgándoles entre los protuberantes pechos. Conmovido hasta las lágrimas, don Gustavo Díaz Ordaz ordenó a su súbdito agrario que extendiera títulos a los comuneros el 22 de febrero de 1966, se implementara una nueva vela llamada Layú, fiesta organizada con gastos del erario público y siendo su primer mayordomo el mismísimo presidente de la república. Salió perdiendo la comunidad y ganaron, claro, la burguesía local y extranjera; porque, aparte de que se les reconoció la ilegítima posesión de las tierras acaparadas, fueron quienes manejaron el dinero para la celebración de la “fiesta de la tierra” durante los tres años en que hubo “mayordomo” con dinero del pueblo.
1964 marca el inicio de la bonanza de los neolatifundistas: “Sobre el cauce del río Tehuantepec, un ejército de obreros y maquinaria pesada levantó una hermosa represa hoy llamada “Benito Juárez” —ironía del destino, que costó mínimamente cuatrocientos cincuenta millones de aquellos pesos y terminada en 1964—. Con los títulos en las manos extendidos por la familia revolucionaria para la familia revolucionaria, con el poder municipal y el comisariado de bienes comunales en los brazos, con el Banco de Crédito Rural a unos pasos; todo parecía marchar viento en popa sobre las lubricadas y modernas ruedas de la agricultura capitalista: se tomaron o dieron en arrendamiento por unos cuantos pesos las tierras de los zapotecos sin crédito, los presidentes municipales construían sus casas o la de sus amantes en lapsos que variaban de tres años a tres meses, los agricultores norteños o locales metidos en el negocio levantaban cosechas de arroz y sorgo, y con los bolsillos repletos de dinero se iban o quedaban para invertir en casas, terrenos, granjas, etcétera. Pero abajo de la pesada maquinaria estaba el campesinado sin tierras o con tierra, pero sin dinero para cultivarla, quienes se quedaban con la sal que subía a la piel de la tierra en los arrozales; se quedaban con las deudas municipales, los impuestos, las espaldas dobladas en las salinas. Casi diez años duró la bonanza antes de que surgiera la COCEI en 1973, producto de la inconformidad histórica de los zapotecos, y ahora la alternativa de lucha para la recuperación de las tierras, las salinas y la cultura en manos de una burguesía extranjera o extranjerizante.

Finalmente publicamos solo uno de los testimonios de sus amigos. Escogimos el de Guillermo Petrikowsky porque pinta de cuerpo entero no sólo a Víctor, sino también a Petrikowsky, poeta y periodista hoy dedicado en su natal Juchitán a reparar radiadores automotrices que llegan a sus manos con la lengua de fuera, pero una de las almas más nobles que han habitado las tierras zapotecas:


guillermo petrikowsky reyes

Instinto de pájaro


—Iremos a Ixcuintepec —dijo Víctor, acomodando sus trebejos en las maletas.
—No conozco esa ruta —contesté. —Espero no perdernos.
—No te preocupes, tengo el sentido de orientación como el de un pájaro —contestó.
Mientras la plática oreaba el ambiente, Víctor acomodaba en las maletas, cámara, productos naturistas para todos los males y dolencias —reales e imaginarios—, fármacos prescritos, libretas y otras menudencias para un viaje que sólo duraría un día. Pero, como todo hombre previsor, se proveía de productos indispensables contra cualquier contingencia: botanas, bocadillos, golosinas, cervezas, vinos, refrescos, galletas, enlatados.
—Procuremos irnos lo más temprano posible. Hay que pasar a la casa de Laollaga para dejar instrucciones a la señora que la cuida, para cuando regresemos —indicó Víctor.
Subimos las cosas a la land rover y me despedí.
A las cinco de la madrugada del día siguiente, partíamos hacia Ixcuintepec. 
El viaje serviría para comprobar algunos datos para un ensayo que estaba escribiendo, comentó.
En Laollaga dejó las aludidas instrucciones.
Desayunamos en Guevea de Humboldt. Y después de abastecernos con suficiente combustible, continuamos el viaje. Rodó el vehículo sobre una carretera de terracería en buen estado. Un clima agradable. Una naturaleza pródiga. Y pocos señalamientos carreteros. 
En un cruce de caminos, advertimos: 
—Memoricemos, para no desviarnos, al regresar.
Llegamos a buena hora a Ixcuintepec. Recorrimos algunos lugares.
Cubierto su objetivo, buscamos un sitio donde comer para, de inmediato, regresar.
La comida, acompañada de  generoso vino, provocaron la natural somnolencia en Víctor, quien, ya en ruta de regreso, cabeceaba. Y sorbeteaba el vino, para no sucumbir a los encantos del sueño, arrullado por la marcha del land rover.
Perdí el rumbo. Cuando le pregunté qué lado agarrar, en la encrucijada, contestó: “el izquierdo”. Obediente y creyendo en su pajaruno instinto de orientación, aceleré la marcha.
Media hora después en medio de otro paisaje, llegamos a otra población. 
—¡Víctor, despierta, agarramos otro camino!
—¡Ja, chambón!. Te dije que veníamos mal! Date la vuelta y, ahora sí, tomas hacia la izquierda…
Nos quedamos viendo y, al unísono, nos soltamos una estruendosa carcajada.


septiembre 23. 2015. juchitán, oax.

Los editores solicitamos a sus amigos hacer el retrato hablado del Doctor Víctor de la Cruz y enviárnoslo para esta edición. Se publicaron en un librito adjunto que resultó muy ameno. Memo petri (kowsky), por cierto, jamás usa mayúsculas en sus textos... lo aclaramos para que no vayan a reclamarnos nada en tan interesante edición que pertenece a la afamada colección Las Quince Letras,  vehículo [todoterreno] bibliográfico del Cuerpo Académico "Historia, Literatura y Cultura de Oaxaca siglos XVI-XXI" perteneciente al Instituto de Investigaciones en Humanidades de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.  
Por cierto, todo aquel que desee tener este libro, puede solicitarlo directamente con ellos, en su domicilio de Av. Independencia 901, Centro Histórico de la Ciudad de Oaxaca, ya que los libros se hacen para los estudiantes de las preparatorias de la UABJO, con objeto de brindarles elementos de lectura interesantes y sólidamente académicos.