El 15 de enero de 2026 se presentó en el salón El Guaje, de La Proveedora, el libro que tiene este mismo título, en su edición impresa.
Participaron Guillermo Quijas-Corzo, director de Proveedora y de la iditorial internacional Almadía, el Director del Instituto de Investigaciones en Humanidades de la UABJO, historiador Francisco José Ruiz Cervantes y el ex director de Carteles Editores, Claudio Sánchez Islas, también coordinador de las dos ediciones, la digital y la impresa. El siguiente es el texto que él leyó a la concurrencia.
A los profesores don Ventura y doña Emilia, con cariño.
Cada pixel, cada pequeña fibra de papel en este libro, cada vocal dibujada con tinta, y hasta los cerrados labios de las letras hache, son como una fruta madura del árbol de la vida. Quien lo lea apreciará su jugo mitad recuerdos, mitad gratitud hacia los profesores Emilia Morales Páez y Ventura López Sánchez. Merecen nuestro deleite de evocarlos pues por décadas nos entregaron sus fatigas e ilusiones para construirnos una patria chica mejor que la que ellos recibieron. Sus hechos su sumaron a aquella brisa fuerte por la consolidación de una sociedad que tenía en el concepto más alto a la voz patria. Patria era educar al analfabeto urbano, patria era castellanizar al monolingüe rural, patria era poner un cuaderno y un lápiz en las manos de cada infante, un libro práctico en la de sus profesores, una pelota de básquetbol entre los jóvenes, un compás y una regla en las del profesionista. Por su naturaleza intangible, la patria es un proceso social idealista, donde no se necesita invitación para sumarse a su construcción. Se necesita voluntad enérgica, convicciones mutuas, manos a la obra sin parar, sin pedir ni recompensas ni medallas, ni homenajes ni aplausos. Doña Emilia y don Ventura pertenecieron a esa generación que nos formaba con el buen ejemplo y tuvimos mi compañera de vida Martha Vila, y todos quienes escribimos estas páginas, el privilegio de haberlos tratado personalmente. Otros de su misma talla lograron que sus personas brillaran, pero don Ventura y doña Emilia, en cambio, le concedieron mayor importancia a servir a los escolares, profesores y viandantes, con entusiasmo y perseverancia, así lloviera, tronara, o relampagueara. Tan es así, que la veterana Proveedora Escolar sigue cumpliendo esa misión.
Sí. Este es un libro sentimental no solo porque esté compuesto mayormente de memorias de quienes colaboramos en su composición, sino por la ejemplaridad de los hechos que se leen en sus páginas y se aprecian en sus fotografías. Sin ficciones nos recuerda que cada hijo de esta tierra, que hierve de montañas y valles fértiles, tierras y aguas; florecieron diversas civilizaciones sobre su tierra, que fueron posibles por la participación de miles de manos, de mucho ingenio y destreza, pero de entre ellos, algunos sobresalieron por sus dotes humanas, intelectuales, profesionales. Sí, en efecto, este es una edición sentimental que contiene una multitud de gratitudes. Lo releo y me recuerda a aquel salón de la primaria Abraham Castellanos en mis primeros días de clases, donde la algarabía de los muchitos apenas podía ser contenida por la joven profesora cuya misión era enseñarnos las primeras letras, sus sonidos y sus formas, su orden y su cautivadora sonoridad: ...Ese oso así se asea, a mí me mima mi mamá... etcétera, que era el alimento de nuestro imparable wiri-wiri.
Volvamos a los colaboradores de esta edición. El rol biográfico de nuestros protagonistas lo resolvió con soltura y buena prosa Abel Ruiz López. Años atrás habíamos hablado de la intención de hacer este libro. Hoy, estimado Abel, convertimos en un libro digital y uno impreso aquel anhelo y te agradezco el hermoso trabajo que realizaste y el préstamos de fotos domésticas que lo ilustran, como la gallarda foto de la portada.
Es también de remarcable el testimonio de Cipriano el Güero Rojas, pues nos presenta a través de una entrevista que me concedió, contestándome con el corazón en la mano, la sintonía que establecieron su idealismo de joven campesino y la madurez del hombre que había dejado el azadón por el pizarrón y se le mostraba en su plena consciencia social y lleno de planes.
Dos autores a quienes invité a colaborar no pusieron reparos, a pesar de lo delicado de su salud que apenas les dio tiempo de conocer la versión digital: el geógrafo Luis Rodrigo Álvarez y el periodista Ismael Sanmartín Hernández, quien nos daría el que fue el último artículo de su vida. Mientras que el historiador y director del Instituto de Investigaciones en Humanidades de la UABJO, Francisco José Ruiz Cervantes buscó y nos proveyó el obituario que escribiera y publicara en la revista Acervos el doctor en economía Anselmo Arellanes, a quien el profesor apoyó para hacer el semanario Cambio, fugaz casa de la intelectualidad de los 1990’s.
En aquel semanario Cambio participó el antropólogo Manuel Esparza, autor de una docena de libros magníficos, así de historia virreinal como de genómica y antropología, además articulista de pluma muy contundente, que no quizo pasar por alto este libro sentimental y nos escribió un breve in Memoriam.
El arqueólogo Gilberto Hernández Díaz, autor y divulgador de la historia novohispana oaxaqueña, autor de otra docena de libros, se sumó con su relato. Pero en un primer momento se entretuvo en regañarme por haber dejado pasar tanto tiempo antes de reconocer con un libro el valor social de don Ventura. Tiene razón su coscorrón, no lo niego. Gilberto nos narra cómo se fue hasta Yutanino, a cumplir una petición del profesor.
Cierra esta relatoría sinóptica el testimonio íntimo de Guillermo Quijas, fundador de la editorial Almadía, nacida entre estas paredes en 2005, pero actualmente con extensiones en Latinoamérica y España. Guillermo Quijas–Corzo López es nieto de los profesores Emilia y Ventura. Le conocí cuando abandonaba ya la infancia. Él, desde el ambiente familiar observaba y aprendía el modo como ambos abuelos le mostraban con hechos su actitud vitalista y su rectitud en el proceder hacia el bien común, que son lecciones que solo se pueden aprender unicamente en otro libro: el de la Vida. En estas páginas queda su testimonio también.
Pero además de recuerdos hay la serenidad y la introspección de sus autores, quienes las escribieron con entusiasmo y seriedad. Hay silencios reflexivos, sonrisas entusiastas, nostalgias de paisajes, preocupaciones por problemas que nos brincaron en su momento y la sensación de haber hecho lo correcto, lo que se necesitaba hacer, aunque no fuésemos conscientes de ello, sino una vez que vimos que el tiempo voló y voló.
Hubieron de pasar muchas desventuras y venturas antes de que brillase con luz propia el profesor Ventura, cuyo nombre quedó tutelado por el día en que nació, el de San Buenaventura, en un muy lejano poblado que lleva el nombre de un mártir cristiano: San Sebastián Yutanino. Sebastián sirvió de tiro al blanco de flechadores del paganismo romano en decadencia. Yutanino, aunque no se sabe de cierto, debió haber sido una antigua guarnición mixteca de los tiempos del Señor 8 Venado Garra de Jaguar. Abel Ruiz, coautor con dos interesantísimos textos en este libro, la describe como un paraíso entre las montañas. El periodista Ismael Sanmartín, nuestro coautor, nos escribió cómo siendo un joven reportero del diario Noticias, de aquellos que usaban aun pantalones acampanados, un día que visitó esta librería halló y compró un ejemplar escrito por un poco conocido periodista polaco cuya deslumbrante prosa le convencería absolutamente de su vocación de reportero. Sí, muchos hallamos perlas que nos cambiaron la visión de la vida entre sus muchos libros.
Aunque el profesor Ventura fuera un hombre cuyo pensamiento fue labrado en el fervor patrio del “nacionalismo revolucionario”, había una base anterior en su proceder ético que provenía de más lejos, del humanismo cristiano, con que debió haberse refundado a Yutanino por los dominicos para quienes San Sebastián es ejemplar, pues siendo romano, sacrificó su vida por una verdad superior. Entre las tareas de aquellos frailes misioneros se enseñaba la sencillez del espíritu, la paz exterior e interior, la educación, el sacrificio personal por la comunidad, etcétera. Aunque Ventura no manifestaba signos de religión alguna, sí lo hizo doña Emilia, su esposa. Eran tan diferentes que sin embargo formaban las dos caras de una misma moneda. Nunca dejaba de aprender uno del otro; nunca se negaban una opinión, una valoración de situaciones, un sincero sentimiento. De cunas sociológicas completamente opuestas, ambos abrazaron lo que ya había postulado antes José Vasconcelos, el papel del profesor como un misionero, aquel mendicante que desempeñaba sus convicciones venciendo todo tipo de obstáculos. En la intención de Vasconcelos, se trataría de misioneros laicos, modernos, que forjarían una patria renovada desde sus cimientos, es decir desde la infancia bien escolarizada, una moderna, alfabetizada, lecto/escritora, que llegaría a ser trabajadora y honesta: la pareja revolucionaria que no olvidaría sus tradiciones, sino que desarrollaría nuevas a partir de las heredadas. Es el caso del profesor Ventura, a quien debemos la iniciativa y puesta en marcha de la Feria del Libro de Oaxaca, la asistencia a diversos autores para que sus libros pudieran ser impresos y vendidos a través de la Proveedora Escolar, su actitud de escucharte pacientemente, la actitud de mostrarte siempre su mano solidaria. Una frase resume su utopía del servicio magisterial: “Libros para todos”. Es concisa, es universal. Me recuerda una frase de un autor que fue todo un polémico best seller del siglo XVI, apenas estrenada la imprenta tipo Gutenberg que serviría para hacerle ediciones masivas de libros diversos: Erasmo de Rotterdam, que escribió este adagio: “En el estudio no existe la saciedad”. En otras palabras, en toda sociedad, en toda época, el libro es el mejor alimento, el que no debe faltarle a nadie, de allí que nuestro personaje lo viera con nitidez de manantial: “Libros para todos”.
En cuanto a mí, el lector ya se enterará de mis renglones al leerlo, pero es fácil deducirlos: Martha Vila, mis trabajadores, mis máquinas y mis energías, mostraban el impulso de darles las gracias a doña Emilia y don Ventura porque a través de su trato y de la relación mercantil con la Proveedora Escolar, Carteles Editores pudo posarse en tierra firme y avanzar tierra adentro en el mundo de los libros oaxaqueños y qué mejor que hacerles uno que los retratase para el porvenir, porque a mí me parece que ahora, que navegan ya en el sereno cielo de la historia oaxaqueña, sus almas, sus trabajos, sus convicciones profesionales, siguen creciendo en significación y pueden ser un paradigma para muchos, un modelo que al ser conocido rendirá frutos.
Concluyó la reflexión sobre esta bella relación amistosa y profesional en un libro polifónico, a la vez digital e impreso, donde la calidad de las voces que se sumaron a mi convocatoria, nos dieron un resultado mejor que el imaginado. Más libros de este corte podríamos estar haciendo y modificar el rumbo de Oaxaca.
Lo más difícil fue hallarle el título porque deseaba yo unir en una metáfora el apego del profesor Ventura a la tierra donde él trabajó desde su infancia, a sus útiles para los alumnos, a sus apoyos a las aulas y profesorado y su certidumbre de la necesidad del libro como herramienta civilizatoria. El profesor Ventura se esforzó por décadas para que sobre nuestras cabezas se estacionara el mejor clima bibliográfico, uno fertilizador de ideas y proyectos. Por eso le vi, simbólicamente, como el profesor que hacía llovernos cuadernos y libros para todos.
Gracias maestra Emilia, gracias profesor Ventura. Gracias Guillermo por tu iniciativa de imprimir esta edición tras la cual Carteles Editores cierra también el ciclo de su existencia.
Ellos lo lograron. Lo hicieron bien. Claro que sí. ¡Bravo!
Claudio H. Sánchez Islas.
Oaxaca, Oax. 15 de enero de 2026.



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