Por Claudio H. Sánchez Islas. Oaxaca, Oax.11 de abril de 2026
§ 1
– ¿Ha pensado escribir sus memorias, doctora?, le pregunté a bocajarro la última vez que nos vimos en su casa de Av. Pino Suárez, casi esquina con Abasolo. Fue unos meses antes de la imprevisible pandemia, cuando ella venía a México al menos un par de veces al año. Por su reacción supe que habría pasado la idea por su corazón pero también adiviné que ella no sabría cómo exactamente abordar un relato en primera persona, cronológico y sentimental, siendo una científica social tan auto severa consigo misma. La etnología que había aprendido en las aulas de la tradición académica francesa la había llevado a observar y platicar con pasión ilimitada con indígenas oaxaqueños, árabes del Magreb, africanos, vietnamitas y cambodianos, pero a la hora de ejercer el autorretrato, esa misma disciplina le había petrificado la pluma en un témpano de hielo metodológico del que no se atrevió a liberarse, así fuera literariamente. En corto, en cambio, en la charla cara a cara, era chispeante y cálida.
Me lo explico pues había cursado la especialidad en una época de oro no solo de las ciencias sociales francesas, sino de la Sorbona misma, además portaba como una marca de hierro candente en la piel su formación de abogada desde el ICAEO, éste también en una época de brillantez magisterial. El hecho de haber sido agente del ministerio público y defensora de oficio le abrió las puertas del infierno que es la injusticia donde se arroja a los marginados, particularmente a los indígenas monolingües, sean triquis, tacuates, chatinos o kjemeres de Camboya. Tenía todo para escribirnos su increíble vida desde el corazón, pero al mismo tiempo, tenía todo para enfriarlo desde el cerebral escrutinio de su misión en la vida: indígenas marginados y mujeres sin escolaridad ni oportunidades.
El aura académica sorbonesca la seguía a donde iba. Cuando llegaba por estas tierras se regaba la especie y su agenda se llenaba de recepciones amistosas y de viajes a los pueblos. En los huecos que le quedaban libres pensaba en nuevos libros y ya que había fraguado un plan editorial me llamaba por teléfono para citarme en su casa a analizar lo que traía entre manos. Solo un par de veces me visitó en mi oficina de Colón 605.
Estaba yo ante la primera oaxaqueña doctorada en La Sorbona de París, universidad legendaria desde el siglo XIII. Fue una etnóloga de la escuela francesa clásica de la segunda mitad del siglo XX, que llamó la atención porque había elegido temas que antes nadie había visto con su mirada de ella, maternal y empoderada. Ella tenía la fuerza intelectual de un buldozer académico en ese campo inexplorado en Oaxaca, si bien el objeto de su estudio en poco tiempo comenzó a perder la inocencia comunal, el conocimiento de su tradición mitológica y la aquilatación de su identidad histórica, incluida las leyes de la costumbre, jamás escritas si bien plausibles, también criticables, pero lo primero era conocer su existencia viva en paralelo a la “justicia actualizada” que pudiera ejercer el estado nacional. Sus pueblos estudiados en Oaxaca presentaban un problema al parecer irreversible: a raíz de ir haciéndose migrantes forzados por la precariedad de su cuna, a los indígenas les hizo querer ser “el otro”. Lo fueron logrando rápidamente asimilándose a leyes ajenas, costumbres impropias, hábitos neoculturales, porque donde un paisano triunfaba en EEUU jalaba a más y más y más y todos no dejaron sino en la melancolía sus tradiciones. Sus descendientes nacidos fuera de las comunidades, fueron empañando la importancia de las costumbres del mundo rural a donde ya no pertenecían, por elección o por recibir una escolaridad extranjera. Pero en los tiempos de entonces ella llegaba hasta sus municipios incómodamente alejados y comenzaba una tenaz excavación en su alma agrícola–rural. De todo tomaba notas, grabaciones, fotos, nombres, fechas, mitos, que luego de una etapa de reflexión y conclusiones les explicaría y les dejaría con la boca abierta. Por eso la apreciaron tanto, porque les contaba quiénes habían sido...
§ 2
De joven debió haber sido una mestiza guapa y con aplomo. Única mujer en un aula oaxaqueña de machos “alfa” que jamás publicaron un libro de buen calibre (la excepción que encuentro es un libro póstumo de sociología de lo oaxaqueño por Fernando Gómez Sandoval). Su generación de ex alumnos del Instituto estuvo llena de compañeros que ocuparon las parcelas de la academia, el gobierno, la política partidista del PRI y los bufetes particulares. Sin embargo alguna ayuda le habrían aportado, quizá a la hora de publicar el resultado de sus investigaciones.
De tez morena, pelo muy negro y recogido, nariz elegante y proporcionada a sus ojos y boca, labios sinuosos de mestiza que pronunciaban el español con cierto acento francés, olvidaba una que otra vez el vocablo mexicano correcto que quería emplear y acababa champurreándolo con el galo. Su francés tenía el mismo eco de castellanismos incrustados. Mediría 1.60 m o poco menos, pero tenía un ego expandido cultivado en la racional urbanidad del barón de Haussmann, un modernizador ilustrado que demolió el París medieval y le modernizó con los aciertos que hoy justifican a la Ciudad Luz.
Carmen Cordero, nacida en 1931, apenas siete meses después del terremoto que sumiría en tinieblas a su natal ciudad criolla, había hecho carrera en el Instituto de Ciencias Artes, entonces coto exclusivo de varones, seguramente con mil limitaciones materiales, pero con los mejores maestros posibles de entonces, todos de formación intelectual afrancesada, aunque portando las “pelucas y casacas” del nacionalismo revolucionario. Si París nació de la cabeza de Haussmann las fiestas del Lunes del Cerro fueron una creación surgida de los intelectuales de la ciudad de Oaxaca de entonces, formados en el ICAEO, en la Normal y en el Seminario. Fue como la urbe de Oaxaca veía risueñamente a los indios de sus regiones. Carmen nunca dejó de ver al indígena porque ella era precisamente una citadina, por lo tanto su mirada era capaz de distinguir que ella era su contraste perfecto, por eso fue más allá del telón de la fiesta popular indígena, o de su servidumbre apenas castellanizada, fue a donde no llegaban sino los pálidos ecos de las bandas de música y halló allí una luz que la deslumbró para siempre: la etnología como herramienta para conocer las costumbres y los comportamientos simbólicos de las culturas arcaicas pero palpitando, fuera en la paz –Oaxaca– o en la guerra –Indochina–.
Era más bien delgada y ágil. Aun a su edad avanzada se decía apta para hacer más trabajo “en campo”. París había deslavado el color cobrizo natural de su tez, pero había acentuado al límite su autoafirmación. Hacía décadas que estaba adaptándose a mundos geográficamente lejanos y acabaría amando a un ciudadano francés. Cuando llegaba a Oaxaca en la primera década del 2000 ya Carteles Editores estaba trabajando a todo tren, pero sabía que era yo hijo del periodista Néstor Sánchez Hernández, defensor de muchas causas indígenas, por eso depositaba su confianza en nosotros. Apenas desempacaba sus maletas y ya la vieja ciudad barroca la llenaba de entusiasmos intelectuales, sin que ella formara parte de una “capillita” de fufurufus. Ella lo que quería era viajar a los pueblos indios, publicar sus últimas investigaciones y le llamaba la atención cómo es que se parecían en algunos rasgos simbólicos las etnias indias nuestras, las antiguas, con las lejanas de Camboya entre las que vivió años en tiempos de zozobra y más tarde las estudió llevada de la mano del mayor experto en la historia y cultura indochina: Lafont. Nuestras charlas se prolongaban porque aderezaba su charla con buenas anécdotas y la enumeración de lugares y personajes que, pensaba yo, alimentarían copiosamente la mente de un escritor de aventuras inverosímiles como Salgari... Y sin embargo eran ciertas. Yo lo sabía porque conocí muchos de los lugares que ella mencionaba y traté a algunos personajes citados por ella, viví fugazmente sus costumbres como reportero y tomaba fotos. Eso que nos era común sostenía nuestros diálogos. El reportero del Oaxaca del siglo XX solía ser un etnólogo amateur y fugaz, si lo deseaba.
Tengo en mi mente algunas fotos que me mostró, donde está con los pantalones arremangados hasta las rodillas platicando sumida en el lodo con campesinos de Vietnam. Probablemente el traductor o su esposo fuera el fotógrafo. Mientras tanto, ella tomaba notas o hacía dibujos. Al fondo, en diversos puntos de los sinuosos surcos otros paisanos del sudeste asiático trabajaban sus arrozales doblando sus espaldas en U, viendo –de reojo– el azul del cielo reflejado en sus cenagales. Todos aparecían usando el mismo tipo de sombrero.
Por mi parte le respondía sus preguntas acerca de cómo se desarrollaba la cultura local, las ediciones que salían y nuestras relaciones con las instituciones gubernamentales de cultura, que ella ya sabía que eran un nido de telarañas, novatos e incompetentes “compadres” o “ahijados” del poderoso en turno. Esa decadencia sin frenos la frustraba siempre. Quizá por eso nunca quiso volver como residente, si bien esta su ciudad al final le abrió sus brazos como un sudario.
No dejaba de comportarse como una académica forjada en el corazón de la Europa de posguerra. Se había casado con un hombre que me recordaba un árbol de pálido follaje, alto, carilargo, seco de carnes y que caminaba siempre a su lado para darle su sombra protectora, llamado Bernard Durand Chastel, cuyo timbre de voz no recuerdo, pues casi no la usó frente a mí. Éste generalmente me abría la puerta de su casa a la oaxaqueña, con pequeñas piezas de alfarería, textiles, muebles de madera, carpetitas y cortinas del estilo de las abuelitas y libreros con puertas vidriadas, de pared a pared. De ellos extraía carpetas, cuartillas, fotos que me mostraba. Supongo era parte de un más amplio acervo que, opino, debería ahora ser resguardado por una institución académica universitaria. En sus piezas interiores seguro tendría más documentos. Pude ver libros que incluso yo había impreso para alguna institución y que prefirió no llevarse a París.
Su casa era estrecha. Tenía un medio patio con columnas toscanas de cantera (quizá antiguas), pero no me convencían de que pudiera ser una casa original. Acaso fue el tercer patio de una propiedad que tuvo que ser dividida pero la reconstruyó buscando recuperar su aire antequerano. Sus muros eran todos color blanco y tenía una servidumbre entrada en años, fiel a su carácter y modos, particularmente los del marido cuya sonrisa jamás apareció en ese lugar mientras yo estuve por allí. Al centro, una semifuente de cantera –no original– y al fondo su recámara con las puertas abiertas de par en par para su mejor ventilación, a falta de ventanas. Por eso la vi desde lejos. La sala de recibir estaba entrando a mano izquierda, con los libreros y credenzas llenos de papeles que ya dije. A veces nos sentábamos bajo su portal de tres lados, a causa del calor. Ella se emocionaba contándome y yo me emocionaba oyéndola. A don Bernard no le interesó nunca que su esposa hablara con un editor local de temas locales, pues jamás se sumó a la charla. Me parecía extraño, porque su padre fue Hubert Bernard Chastel, quien fue condecorado con el Águila Azteca por ser un productivo Director de la Sociedad Benéfica Franco Mexicana, Suiza y Belga (1978–1990). El presidente de Francia le concedió la Legión de Honor y fue Senador de la 5a. República francesa por muchos años. Fue don Hubard quien se mudó a Indochina a servir al protectorado francés que era entonces. Eso habría hecho que el joven matrimonio Durand–Chastel–Cordero–Avendaño se fuera más de una década a vivir a Camboya y a Vietnam, que entonces eran reinos y etnias en conflicto económico y cultural con sus colonizadores Francia y Japón, pero además, desgarrándose entre las ambiciones de comunistas chinos y capitalistas occidentales. Las guerras civiles de esas naciones acabarían por convencerlos de retornar a París, donde Carmen retomaría su interés en estudiar en la Sorbona. Tenía una vida llena de experiencias fuertes, pero su carácter le permitía soportarlo todo y aprender del entorno donde estuviera, mientras su marido se dedicaba a mantener el flujo de hule natural desde esas tierras del extremo oriente hacia la industria llantera en Francia, una tarea que le exigía habilidades de diplomático y de comerciante. Tenía más vínculos con México que los que uno hubiera pensado, pues pasó parte de su juventud en la capital del país.
Un día le pregunté porqué había elegido la Conchinchina para hacer estudios etnológicos. La razón fue el amor a su esposo que tenía su empleo allá. La doctora Cordero me dijo que había sido un importante enviado francés encargado de gerenciar la producción hulera. Gracias a ese floreciente negocio donde su esposo ejercía su trabajo, ella había podido vivir en Vietnam y en Camboya por años, pero no como turista y tampoco sin sobresaltos debido a la creciente inestabilidad política de la región pues la guerra caliente duró entre 1967 y 1975 y se le encimó la de Vietnam que acabó dividiendo a ese país en dos territorios rivales, como Alemania, como Corea.
Nunca llegó como una potencial etnógrafa a secas. Para empezar, la relevancia diplomática/comercial de su marido hacía que la pareja fuera hospedada en palacios y casas burguesas. Compartían mesa y tertulias con reyes y príncipes, embajadores y ricoshomes, toda la aristocracia y la nobiliaria que conformaban la corte misma de aquel inestable reino de fantasía, danzas hipnóticas y trajes de brocados que violentas revoluciones y guerras civiles apagarían con balas y cuchilladas, hambre y ruina. Pero eso vendría después. Doña Carmen parecía mantenerse siempre sobre una alfombra mágica, por encima de la realidad de su territorio e historia, de su atraso socieconómico y sus bellezas arqueológicas, arquitectónicas y urbanísticas. No porque turisteaba, sino porque su mirada sociológica le hacía meterse a profundidad a ciertas comunidades a entrevistar a sus pobladores, llevando guardias y salvoconductos con todo tipo de lacres y timbres, si bien llegar al interior del país no solo era riesgoso, tenía una lengua ininteligible para ella –tanto como el triqui y el tacuate– sino que había que vencer caminos de herradura, junglas densas y senderos mitad lodo mitad serpientes cruzándolas. La sorpresa llegaba de pronto con sus vestigios arqueológicos que aparecían a lo lejos o a la vuelta del camino, como Angkor Wat (sugiero buscar imágenes en intenet), un Teotihuacan camboyano. Ni el clima ni las sabandijas la hicieron rendirse en pos de su curiosidad. Doña Carmen se me convertía en un personaje como Sandokán y eso fue lo que me fascinó y me llevó a hacerle aquella pregunta a bocajarro, mientras me invitaba un agua de limón.
Lo que al matrimonio Durand–Cordero Avendaño les habría las puertas de las tertulias más animadas –así me las imagino– eran los relatos oaxaqueños que salían de la boca de doña Carmen, para ser escuchados por reyes, reinas, príncipes herederos, embajadores y artistas indígenas vietnamitas y camboyanos, creo recordar. Doña Carmen era la forma viva del tlahtolli de turquesa, ese glifo que emana de la boca del narrador como si exhalara un perfume hechicero. Allí sí doña Carmen daba rienda suelta a sus vivencias pues Oaxaca resultaría para sus anfitriones tan exótica e increíble como para ella estar allí y comprender que había ciertos parecidos intraculturales que sentía que debía estudiar más a fondo. Era como oírle contar Las Mil y una Noches oaxaqueñas... solo que flotando en los espejos de agua de los lodazales de arroz de Camboya y expandiéndose como el aroma de la romdoul, esa preciosa flor amarilla que empujaba como entre algodones a Buda hacia el “no/deseo” de las pasiones humanas. Lejos de las aulas de la Sorbona y próxima a la puerta del Nirvana, no tenía porqué ceñirse a ninguna metodología de pizarrón y sin embargo, estaba recibiendo a cambio información etnológica e histórica local muy valiosa, de labios de la clase letrada –educada en Francia– que conformaba esas cortes indonesias.
§ 3
Doña Arcelia Yañiz cayó antes que yo fascinada de esos relatos que escuchaba de su propia boca y que quizás conoció muchos años atrás mediante un intenso carteo que habrían sostenido, pues ya era una periodista hecha y derecha, unos años mayor que ella. ¿Qué oaxaqueña había estado por tierras tan lejanas, tan distintas, tan exóticas y... y con similitudes. Pero eran indígenas asiáticos ya inquietos por la presencia de los aires revolucionarios de independencia y atraídos por el comunismo radical de los Kjemeres rojos, unos trogloditas de una crueldad sin límites a quienes los maoístas les habían lavado el cerebro con cloro y estropajo.
Nuestra gran periodista se subía con ella a su alfombra mágica y se emocionaban juntas hasta el éxtasis. Se lo platicaba a mi padre, don Néstor, por eso yo escuchaba de los fantásticos viajes de Carmen que se comprobaban viéndole usar aquí el típico nón lá, el sombrero de bambú cónico vietnamés, de dos aguas. Se lo contaba a quien le prestara oídos, pero logró algo más concreto doña Arcelia: se dedicó a ser su promotora literaria hasta lograr que se publicara su primer libro en Oaxaca (impreso en CDMX): Un estudio del derecho consuetudinario en Tlacolula, que llamó mucho la atención entre la élite intelectual, la política y quizás un poco menos entre la académica, pues no había aquí más estudios que los que impartía la Universidad Autónoma Benito Juárez: derecho y medicina... y quizás el Seminario, que ya no era un foco intelectual sino una vela con poca parafina. Las ciencias sociales como la etnología llegarían formalmente años más tarde. Si mal no recuerdo Gloria Ruiz de Bravo Ahuja –esposa del gobernador que luego fue secretario de la SEP– intentó innovar la academia provinciana fundando el IISEO, pero ¿alguien recuerda algo de tan promisorio como fugaz esfuerzo? Luego llegó el Instituto de Investigaciones Sociológicas a la UABJO.
§ 4
FONAPAS –institución pública federal– se encargó de imprimir ese libro apaisado en la Ciudad de México, pero lo hizo circular gratuitamente en la ciudad de Oaxaca. Un libro interesante, pero de formato impráctico. Volvió a decidirse por esa forma apaisada de libro cuando escribió sobre el Lienzo posthispánico de San Juan Chicomesúchitl, sierra Juárez, tema que nos entretuvo horas a ambos, hasta que cayó la noche y escuché “toser” al marido a mis espaldas. Fin de nuestro informal simposio.
La doctora Cordero Avendaño de Durand era muy celosa a la hora de recibir el crédito. Exigía que su ristra de apellidos apareciera en su nombre en portada. En ese aspecto no dejó de ser una mexicana en París. No aceptaba un “Carmen Cordero” a secas. Eso revelaba uno de los aspectos que más me intrigaban de ella. Yo no llegaba a los diecinueve años cuando ya había conocido su fama, pero no la traté sino cuando rebasaba yo los cuarenta y la traté durante la pandemia y la post por teléfono, hasta un par de meses antes de su muerte, que me tomó por sorpresa.
Era amena, pero ponía en práctica monólogos circulares que daban cuenta del valor de sus investigaciones y de la necesidad de publicar sus libros: “–He cedido mis derechos autorales al Gobierno del Estado, con tal de que publiquen mis investigaciones. Yo no cobraré un solo centavo. Usted me las tiene que imprimir”, me decía una y otra vez. Así ocurrió y el Instituto Estatal Electoral que dirigía Cipriano Flores Cruz le tomó la palabra y le sufragó al menos tres ediciones. No tenían que ver exactamente con el asunto electoral contemporáneo, pero sí con los usos y costumbres que ejercen a su manera la costumbre de mandar y obedecer, de los derechos y las obligaciones. El primero de ellos fue “La Vara de Mando”, con una bella portada en marrón sobre el que destacaba una foto de un bastón de mando con su listón tricolor empuñado contra el cielo azul. La foto la tomó Ariel Mendoza Baños. Si mal no recuerdo se hizo una reimpresión años más tarde. Explicaba allí que el bastón de mando tenía antecedentes como símbolo de poder de los coquis mesoamericanos. De acuerdo, pero el bastón tal como se ve hoy es también español y si le agregamos un listón tricolor se vuelve en automático republicano e independentista. Un símbolo político del poder, de la autoridad y de su legitimidad jurídica que adoptaron los pueblos indígenas oaxaqueños, herencia de los cabildos españoles.
Luego conocí el libro de sus investigaciones sobre el derecho cosuetudinario de los Triquis (Miguel Ángel Porrúa Editores le publicó ése y otros libros), en la versión en español. La traducción al francés le dio renombre a su trabajo en el claustro académico parisino. A partir de allí, sus investigaciones fueron preferentemente bilingües. En todos ellos aparecía expresada una gratitud reiterada a su mentor, el profesor Dr. Pierre-Bernard Lafont (1926-2008), director de la École Pratique des Hautes Etudes IVe Section del Institute de Sciences Historiques et Philologiques de la Université de la Sorbonne, corazón del Barrio Latino de París. El Doctor Lafont fue un personaje relevante en su tiempo. Experto en el catolicismo medieval francés, se inclinó por escribir la historia de las naciones de Indochina, que eran protectorados franceses y productores de una enorme cantidad de recursos naturales, entre otras las especias que fascinan en la cocina francesa. Era el patriarca académico de un grupo muy selecto de sus alumnos, entre los que contó a su pupila Carmen Cordero Avendaño de Durand, innovadora, rigurosa, esforzada, metódica y puntual… y para entonces más parisina que el queso Brie.
Ese edificio de la Sorbona, que ahora es solo un hermoso salón para titulaciones doctorales, fue antaño el escenario que pisó Carmen Cordero Avendaño para defender ante decenas de académicos sus tesis sobre lo que había escrito del Derecho Consuetudinario o de Usos y Costumbres del Pueblo Triqui. Era joven, me contó, y le temblaban las piernas y se le cerraba la garganta del pavor de pasar al Aula Magna de la Sorbona para sostener sus conocimientos y conclusiones. Fue entonces (en los 1970’s) que desde detrás del acceso al estrado el Dr. Lafont la fue empujando con decisión hasta que la dejó sola frente a todos esos ceñudos varones, pues mujeres no había y extranjeras menos. No viendo sino a aquellos como a “molinos de viento” arremetió con toda su inteligencia y pasó la prueba con sobrados méritos. Desde entonces no sería la misma ni como joven pasante del doctorado ni como mujer. Su temperamento se templó y pudo meterse a las comunidades indígenas muy equipada académicamente. Quién sabe cómo le hizo, porque siendo mujer tuvo que vérselas donde solo el varón tenía voz y voto, pero fue como si los pasara a cada uno por el confesionario, porque les iba sacando las palabras una tras otra y conforme más les jalaba la lengua, más remota era la historia que escuchaba, hasta que se fundía con el mito fundacional de la etnia investigada. De eso se enorgullecía. Había sido inédita su apreciación del mundo entre mágico–chamánico–católico–cósmico de sus estudiados. Allí radicaba su prestigio académico. En lo alto de ese follaje estaba el nido de su orgullo.
Casi nada sabía de los sucesos cotidianos de Oaxaca, excepto por lo que le comunicaban familiares y amigos cercanos. Oaxaca no aparece jamás en las páginas de Le Monde ni Le Figaro voltea a verla. Sin embargo sí estaba enterada del deterioro ecológico de Hierve el Agua, de que se había convertido en el botín disputado por un “caín” y un “abel” que reñían por la lana que cobraban por acceder a lo que se convirtió en una mina de oro para las agencias que organizan tours. A Carmen Cordero le hervía la sangre cuando supo que habían convertido en chapoteadero con paisaje lo que fue un sitio de rituales de pedimento de lluvia en el lejano pasado. Ahora “sus indígenas”, ante quienes siempre se mostró maternalista, no tenían más interés que en estirar la mano y coger las monedas de la tarifa que ellos impusieron a los turistas por ver el santuario que sus ancestros consideraron ombligo causal de su universo. Carmen Cordero veía cómo se enfrentaban entre sí, con saña, y lo peor era saber que el gobierno estatal, en lugar de actuar a favor de la preservación de un santuario prehispánico, se sumó al apetitoso ingreso de turistas con esa tesis de “progresismo económico” que siempre se sacan de la manga, sin escribir antes las reglas de tales futuros ingresos, que acaban por dividir a todos y a no dejar contento a ninguno. Hierve el Agua se convirtió así en un negocio privatizado a favor de dos comunidades indígenas que pelean por el monopolio de “su administración”, sin medir las consecuencias que pueda tener el turismo de masas consumistas en ese territorio proclive a la sequía, cuyo equilibrio ecológico está prendido con alfileres, pues no es una cascada de agua, sino de gotitas de ella petrificadas de tan arcaicas.
Hizo lo que mejor sabía hacer: estudiar, analizar, reflexionar y concluir en el estudio histórico y etnológico de ese pequeño punto detrás de Mitla, sin pasar por alto su contexto arqueológico. Si algo le distinguía era su trabajo en campo, minuciosamente registrado, grabado y fotografiado por ella. Carmen poseía la escuela francesa especialista en ese tipo de estudios, así que yo le publiqué “Cerros Sagrados...” donde analiza los cerros que circundan a Hierve el Agua y en donde cubiertas por la maleza aparecen serpientes de piedra de cientos de metros de longitud, lo que confirmaba sus tesis acerca de la sacralidad de aquel manantial a cuentagotas. Un segundo libro se lo dedicó solo a Hierve el Agua, el “templo mayor” de los cerros sagrados de los alrededores. Una foto de Alejandro Echeverría, muy bella, ilustró la portada. Se veía en escorzo la formación mineral que las gotas de agua fueron labrando por años, como lágrimas secas en el rostro de la impresionante montaña/retablo.
Luego reimprimí sus investigaciones sobre el derecho cosuetudinario de los Tacuates “El derecho consuetudinario indígena en Oaxaca”, tanto en español como en francés, luego “Quelques similitudes entre les civilizations Khmère, Aztèque et Maya”, que fue presentado en París y luego divulgado en Camboya, tanto en la versión en español como en la traducción al francés, que le dio renombre a su trabajo en el claustro académico parisino. El estudio comparado de las civilizaciones le había sido aplaudido por Claude-Lèvi–Strauss (1908-2009), el prefacio se lo escribió su gran amigo el príncipe de Camboya Sisowath Samyl Monipong (1941-2020) y en Oaxaca le había sido de gran ayuda en la preparación del mecanuscrito Carmelita Fernández Mondragón, a quien le da las gracias en las primeras páginas. A partir de allí, ella, quien había ido a conocer las plantaciones de hule, fue reconocida como embajadora cultural de Camboya y le fueron obsequiados cantidad de objetos tradicionales y algunos arqueológicos de aquella civilización, con los que ornamentó su casa de París. Haberla arrojado al ruedo el doctor Lafont hizo que en cada publicación apareciera un agradecimiento hacia su maestro: lo había hecho su amuleto bibliográfico de la buena suerte.
Se enorgullecía de haberse ganado la confianza de las más respetadas autoridades de los pueblos que estudiaba, al grado de que le mostraban sus códices originales, que ella retrataba. Había sido inédita su apreciación del mundo entre mágico–chamánico–católico–cósmico de sus estudiados. París le dio las herramientas metodológicas con que escribiría una decena de libros, teniendo que echar mano de toda la bibliografía en francés que hubiera de esos temas, pues ediciones oaxaqueñas las habría poco tiempo después salidas de las investigaciones de los Doctores Alicia Barabas y Miguel Bartolomé, del INAH-Oaxaca.
Es por eso que su archivo, fototeca y biblioteca eran su orgullo. Pero ¿cómo donarlo a México? ¿Cómo cargar un par de contenedores y mandarlos sobre el mar hasta Oaxaca? No existe ninguna oficina estatal ni municipal que ayude a los estudiosos en ese punto, ni siquiera a los cronistas de sus barrios. Aun no existe un refugio de bibliotecas particulares de intelectuales locales que sean salvados de la violencia de su saqueo y la desaparición en algún basurero de los alrededores.
Hablamos por teléfono en diciembre de 2025, y noté que su frustración era creciente. ¿A donde irían a parar los apuntes, fotos, diagramas, manuscritos, cuadernos de campo y demás que fueron sus herramientas para los estudios que hizo en Oaxaca, Camboya, Vietnam, etcétera?
Era ya una anciana solitaria pues su marido había muerto años antes. Su casa de París, que me hubiera gustado conocer, debió haber estado repleta no solo de libros y documentos, sino de piezas arqueológicas de la antigua Indochina, que funcionarios y mandamases importantes les donaban como gesto amistoso… y quizás para salvarlas del saqueo por las constantes revoluciones y golpes de estado en que vivieron por décadas.
Me preguntaba ella qué podía hacer con eso, porque no quería dejarlos en París. Una universidad de Chiapas se había ofrecido –de palabra, me dijo– adoptar todo su acervo y hacerle un edificio para mantenerlo como un Acervo de Investigaciones especiales, pero ella en el fondo de su corazón quería que eso se lo dijeran en Oaxaca. Nunca sucedió. Sus compañeros del Instituto ya estaban muy ancianos o jubilados como para meterse en un embrollo desconocido. Su esposo, experto en transacciones internacionales, ya había marchado. El Dr. Lafont también. No quería donárselo a un particular, pues quería una institución pública, como la UABJO quizá, como depositaria del trabajo de su vida entera. No sucedió. O más bien no lo sé… No sé qué será de sus colecciones personales de París y de Oaxaca, pues no le conocí descendientes.
Hablamos por teléfono dos horas en enero de 2026. Estaba deprimida. Yo era la oreja en que ella quería vaciar sus temores de vejez y sus muinas por los estragos físicos que se nos acumulan por el tiempo vivido. Así que una catástrofe la aterraba bastante: Su casa entera sería rematada a algún anticuario o echada a un contenedor de basura, imaginaba. Debió haber sufrido ese espectro como una pesadilla bajo el horripilante invierno parisino.
Desde el otro lado de la línea le dije que fuera a la embajada de México y expusiera su caso. Quizá a través de la valija diplomática pudieran retornar algunas cajas con sus documentos. Me contaba que tenía piezas arqueológicas de Camboya y Vietnam, que les habían sido regaladas al matrimonio, hasta que explotó la guerra de liberación contra Francia seguida de las guerras intestinas. El matrimonio retornó a París y las colocaron en su casa, convirtiéndola en un “gabinete de curiosidades”, gracias a ella. Además, mientras el marido se ocupaba de la logística y los negocios, ella se introducía entre la ruralidad del sur asiático y fue descubriendo las similitudes que había en cuanto a mitos, símbolos y costumbres entre las sociedades camboyanas, las aztecas y las mayas. Le publiqué aquel libro breve pero sustancioso de ello. Si aquí hubo una serpiente emplumada, en Camboya también, me contaba… Si aquí hay montañas sagradas como Monte Albán, Angkor Wat es la montaña de montañas sagradas camboyana. Ese libro fue otra estrella más en su frente académica. Pero todo ese valor cultural enfrentaba un futuro de incertidumbre para ella.
El problema se le complicaba día tras día. Me daba la impresión de que la salud mental de doña Carmen estaba divagando sobre su destino inmediato, que había algo que le impedía entrar en acción y salvaguardar sus archivos. Se había tardado demasiado en tomar esa decisión que debe hacerse en la plenitud de la madurez de nuestra voluntad… pero ninguno lo hacemos, es verdad.
–Tiene usted dos opciones, le dije. Dónelos a la Sorbona o traiga a Oaxaca lo que pueda. Las piezas arqueológicas entréguelas en la embajada de cada país y parta de una vez para acá.
–Pero es invierno y se acerca la navidad. Nadie me va a hacer caso, me contestó. Además son muchas cosas las que necesito repatriar.
–¿No hay un colega que le ayude?...
No lo había. No me dió nombre niguno. Nos despedimos prometiéndonos que buscaríamos alguna probabilidad. Yo habría pensado en la Hemeroteca, que fuera el conservatorio de sus archivos académicos y personales, pero como se sabe, la Hemeroteca no tiene expertos en eso. La UABJO puede que prefiera hacer un estadio a levantar una biblioteca de bibliotecas contemporáneas. La Biblioteca Pública Central, ya ausente doña Arcelia Yañiz, no tiene en qué caerse muerta. Ella había pensado en el IAGO, pero Toledo ya había fallecido. Total, un horizonte con puros ceros. Fue entonces que busqué por internet mudanceros internacionales y hallé varios. Tomé el contacto de uno y se lo mandé por el whatsapp. Era mejor que ella que sabía lo que tenía y lo que quería se los explicase, pues no parecía que esa mudanza fuera económica ni la típica de un menage de casa, pero la empresa de mudanzas prometían ponérselo dentro de su casa en Oaxaca, sin un rasguño, pagando lo que hubiera que pagar o descartando lo que no pudiera sacarse del país. Nunca recibí contestación de que hubiera recibido esa información. El celular, la computadora, el internet no los dominaba. Supongo que a sus 94 años de edad le sería riesgoso salir a mancharse los pulmones con el gris y helado invierno de París y buscar asesoría en la embajada nacional.
§ 5
Francisco José Ruiz Cervantes me informó de su fallecimiento. Otra fuente también me confirmó tardíamente la noticia. No estuve en su velación. No sé como ocurrió, si hubo algún ritual indígena porque creo que ella se lo merecía.
Pero no todo naufragó, porque quedan sus libros, muchos de los cuales le imprimí yo. Otros Miguel Ángel Porrúa, otros más el IEEPO, otros el gobierno del estado, el Instituto Estatal Electoral... Anexo a esta entrada una lista que se publicó en 2019 de esos títulos.
Durante la última llamada le insistí en si tenía apuntes biográficos. Me dijo que quizá. Le prometí que yo le editaría sus apuntes biográficos, para ver si así me escuchaba, se despabilaba un poco y lograba salir del laberinto emocional donde se hallaba. No. Nada funcionó. Nunca. En ninguna de las ocasiones que charlamos componiendo el mundo y pasándonos uno que otro chisme. Me temo que murió desconsolada y viendo un Oaxaca empinado en su auto decadencia. Los sucesos del 2006 le dolieron siempre. Su generación, compuesta por decenas de mujeres y hombres intelectualmente brillantes, fracasó en el instante de tomar consciencia de sí mismos y describirnos su tiempo, las ideas de su época, los sentimientos de su generación, lo que les frustraba y lo que los impulsaba. Muchos tuvieron los medios para hacerlo, ya fuera escribiendo, pintando, componiendo, etcétera.
Quizás por eso gustan tanto las casas viejas que huelen a humedad en todo el Centro Histórico: porque todas guardan silencio… y polvo. De un modo u otro, somos hijos del Comala/Oaxaca rulfiano. No es un reproche. Es mi lamento personal.
Falleció el 1 de marzo de 2026 en esta ciudad de Oaxaca. La periodista Soledad Jarquín Edgar es la única que en vida le hizo una semblanza, que publicó en su libro de 2014 “Mujeres de Oaxaca” pero también publicó el muy documentado y sentido obituario que debe leerse en https://semmexico.mx/creo-que-mis-ojos-y-todo-mi-ser-quisieron-profundizar-ese-mundo-carmen-cordero-avendano/
Yo solamente he querido recordar sus investigaciones publicadas. Dejó en la orfandad miles de notas, cuadernos, fotos, apuntes, libros, folletos, reportes, correspondencia. Ojalá de entre todos ellos, alguno alcance a llegar por estas tierras, hallando el origen de su origen.
Descanse en paz, tan estimada doña Carmen Cordero Avendaño de Durand.












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